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Russell Levin tiene el pelo oscuro, una voz uniforme y es de talla más bien pequeña. No destaca por nada en particular, pero se transforma una vez está dentro de su galería. Ahí, rodeado de cientos de obras de fotógrafos célebres norteamericanos –la mayoría en blanco y negro–, habla con entusiasmo y profundo respeto de todo lo que tenga algo que ver con la fotografía.

No puede esconder sus sentimientos. Relata situaciones, nombres y obras de referencia. Ha tratado con algunos de los más conocidos autores de Norteamérica, pero no hay vanidad en sus modales. Ya me había advertido que su local era un pequeño caos, pero una vez vistas las imágenes que cuelgan de sus paredes, uno no puede estar más de acuerdo con él cuando afirma que es al menos “un caos maravilloso”.

Por mucho que uno tenga la autoestima por las nubes –no es mi caso–, entrar en una galería de cuyas paredes cuelgan copias originales de Ansel Adams, Edward Weston, Henry Gilpin, Roman Loranc, John Sexton o Bruce Barnbaum hace que uno comience a entrar en contacto con la cruda realidad: siempre habrá más oferta que demanda y muchos menos espacios para exponer que imágenes disponibles. Aun así, el trato que me dispensa Russell es exquisito en comparación con un buen número de galerías que en nuestro país empezaron no hace tantos años a colgar obra fotográfica de sus paredes.

©Fernando Puche
© Fernando Puche

Él es el primer galerista al que tengo el placer de visitar y parece no tener prisa alguna, al menos en lo que se refiere al visionado de mi obra –copias originales, libros, revistas…–. Afirma con convicción no cansarse nunca de ver imágenes, y esto se reflejaba claramente en su avidez por devorar visualmente todo lo que voy extrayendo y desempaquetando de mi maleta.

Una vez visto todo, entonces la conversación deriva hacia las diferentes formas de comercializar la obra, las tácticas utilizadas por las diferentes galerías, el problema de las ediciones abiertas o la apreciación norteamericana y europea de la fotografía de naturaleza. Incluso sin firmar ningún contrato ni dejar apalabrada ninguna venta en concreto, Russell se explaya en consejos sobre qué galerías visitar –en función del interés artístico y el tipo de obra que yo muestro–, cómo actuar en cada caso y la valoración de las copias.

Incluso sin vender una sola fotografía, una única visita como ésta es más productiva que cinco años de silencios por parte de numerosas galerías españolas. El galerista, en este caso, no es un dios al que rendir tributo, sino el intermediario entre el cliente y el artista y, por tanto, el que mejor puede aconsejar a ambos sobre tamaños, valoraciones, materiales, gangas o alternativas.

Por todo ello, el conocimiento que él o ella puedan haber atesorado no es solamente la pócima secreta para lograr su enriquecimiento, sino más bien información valiosa que al compartirla revierte en beneficio de todos: el artista porque aprende a seleccionar, presentar y comercializar mejor su obra, y el cliente porque ese conocimiento sobre materiales, autores en alza, valoraciones y procesos le permite profundizar más y mejor en el complejo mercado del arte.

El galerista se asegura con sus consejos que el material que reciba será más maduro y estará mejor elaborado, y un contacto más próximo con los destinatarios de las obras generará en estos últimos un conocimiento más profundo de lo que significa coleccionar arte, entendiendo que para ello está bien disponer de información además de una cartera llena de billetes. Además, los autores que son bien recibidos, tratados y aconsejados por los propios galeristas –adquieran o no sus obras– sienten que pueden confiar en ellos y dejan de ver el mundo del arte como ese círculo cerrado, inaccesible y oscuro que a veces se pretende fomentar.

©Fernando Puche
©Fernando Puche

Mientras en nuestro país un buen número de galerías exponen obra fotográfica de tamaños desmesurados –y por ello a precios astronómicos–, sólo al alcance de cuentas bancarias con muchos ceros –léase organismos oficiales, empresas y particulares de familias adineradas–, muchas de las galerías de la Costa Oeste dedicadas a la comercialización de obra fotográfica disponen de cantidades elevadas de copias de 11×14 y 16×20 pulgadas a precios que oscilan entre los 100 y los 400 dólares, lo cual las hace asequibles para casi cualquier bolsillo y perfectas para potenciales coleccionistas en busca de sus primeras adquisiciones. Sueño con llenar mi casa con fotografías originales de algunos de los autores que cuelgan de la pared. Algo me susurra al oído que ya tendré tiempo para ello. Ahora toca mostrar lo que soy capaz de hacer.

Curiosamente, Russell Levin no me pide ningún tipo de currículum. Ninguna pregunta acerca de dónde he expuesto, premios obtenidos o artículos publicados. No se interesa por las medallas; él quiere ver obra, saber qué hago, cómo compongo, qué elijo fotografiar y de qué manera lo plasmo en la imagen. No quiere saber de mi vida; quiere verla reflejada en las fotografías que exhibo y estas son las que le sirven para decidir si mi trabajo es merecedor o no de su confianza.

Afortunadamente, algunas de mis imágenes captan su atención; hablamos de precios y tamaños y quedamos en que se lo va a pensar. Al despedirnos le advierto que volveré en un par de semanas; él se ríe, pero sé por experiencia que ciertas barreras hay que empujarlas varias veces antes de que se abran. De todas formas, uno de los mejores aprendizajes que he obtenido en todos estos años de pasión fotográfica es precisamente a no malgastar mis fuerzas, es decir, a saber hasta dónde puedo aporrear una puerta y cuándo hay que dejarlo para dedicar la energía a otra cosa. Es, además de un asunto de supervivencia, una cuestión de salud física y mental.

Me marcho de Monterey (California) con la convicción de que antes de regresar a casa volveré a visitar a Russell. No ha pronunciado un no rotundo, no me ha devuelto las copias con cara de circunstancia y no ha pronunciado la famosa frase “ya te avisaré yo”. He gastado mis ahorros en este periplo y quiero agotar hasta el último cartucho. No me perdonaría regresar a casa pensando que no hice todo lo que pude.

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Fernando Puche
Siempre dice que si tuviese que vivir de sus fotos estaría debajo de un puente. Quizá por eso comenzó a escribir libros y artículos sobre fotografía y, como no, sobre sí mismo. Se empeñó en leer todo lo que podía sobre creatividad para descubrir que se había pasado buena parte de su vida persiguiendo a sus héroes e intentando ser como ellos. Para descubrir también que crear una obra medianamente original es mucho más difícil de lo que parece. Él asegura que está en ello.

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