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Acaba de ponerse a nevar en Reno. Después de haber aterrizado a principios de mes en San Francisco rozando los veinticinco grados, el contraste hace este viaje aún más pintoresco. Mientras veo cómo la nieve se va depositando en algunos rincones, se sucede interminable el tráfico de furgonetas, minibuses y limusinas que de forma gratuita llevan a los recién llegados a alguno de los innumerables hoteles-casino de la ciudad.

Reno, la hermana pequeña de Las Vegas, se beneficia igualmente de una legislación permisiva que ha convertido al Estado de Nevada en sinónimo de juego, apuestas y precios libres de impuestos. Los vehículos utilizados por los propios casinos prometen, a través de una decoración llena de color, chicas en bikini y máquinas tragaperras, una inmersión en el reino de lo supuestamente prohibido. A menudo nada parece más atractivo para el ser humano que aquello que parece rozar la ilegalidad.

Es verdaderamente inusual estar en Reno cuando no tienes ni la más mínima intención de apostar un solo dólar. Ni siquiera de echar un par de monedas en alguna de las numerosas máquinas tragaperras que atraen a los locales de juego a numerosos extranjeros seducidos por la “música del dinero”.

Resulta extraño dirigirse a las montañas cuando no vas ni a caminar, ni a esquiar y ni siquiera a fotografiarlas. Es insólito recorrer más de quinientas millas y pasarse dos días enteros metido en autobuses para enseñar tus fotos. Uno debe ser muy obsesivo y estar muy seguro del material que lleva encima. Uno ha de estar un poco loco o un poco harto. Yo reúno todas estas características; así que el viaje me lo tomo como otra locura.

Elvis sigue vivo... al menos en el imaginario estadounidense, © Fernando Puche
Elvis sigue vivo… al menos en el imaginario estadounidense, © Fernando Puche

No me queda más remedio; sobre todo cuando el autobús que me lleva a Bishop, cuarenta y cinco minutos después de haber iniciado la ruta, hace una parada de una hora para comer, dejándonos en tierra, curiosamente, junto a uno de los mayores casinos de Carson City. La parada no es casual; antes de descender el mismo conductor nos aconseja el menú de la propia casa de juego. Yo he preferido dar un largo paseo, sobre todo teniendo en cuenta que tenemos aún por delante cuatro horas de viaje. Paradojas del transporte público: un trayecto de tres horas y media convertido en una agonía de seis.

Quizá debido a la baja temperatura el paseo me despeja y sirve para poner mi imaginación a trabajar. Una de las ventajas, por cierto, de no tener con quien conversar. En realidad no conozco Mountain Light Gallery –mi siguiente cita–, pero la recreo en mi cabeza con sus paredes repletas de fotografías a gran tamaño de Galen Rowell, su fundador. Me veo recorriendo las diferentes salas y deleitándome con las copias de sus imágenes más icónicas.

Me emociono solo de pensarlo. La cascada “Cola de Caballo” al atardecer, el arco iris sobre el palacio Potala en Lhasa, el valle de Owens, el monte Everest visto desde el monasterio de Rongbuk, la masa de hielo glaciar bajo el K2, el Valle de la Muerte, nubes lenticulares a punto de arder, el río Merced en invierno, las Torres del Paine… He visto tantas veces esas mismas obras en libros suyos, que no puedo esperar el momento de ver las copias en su propia galería.

Vuelvo a la realidad sosteniendo entre mis manos una especie de bocadillo de pollo, lechuga y mayonesa. Si alguien no echa de menos la comida de su madre en Norteamérica es que no tiene sentido del gusto. En los innumerables garitos que venden comida rápida en Carson City la oferta culinaria es prácticamente la misma. Menús diseñados para paladares infantiles con sabores que pasan de la hamburguesa al sándwich y de éste a la pizza. Ensaladas hipercalóricas para acompañar platos extragrandes de pasta y refrescos hiperazucarados para regar pedazos de Brownie de tres dedos de grosor coronados con una bola de helado de vainilla del tamaño de una pelota de tenis.

En realidad, el objetivo no es nutrirme sino inducir un plácido sueño que ocupe, si fuese posible, el resto del trayecto hasta Bishop, mi próximo destino. Dormir como una manera de escapar del tedio de viajes interminables a bordo de autobuses con poco o ningún encanto. Si la fotografía es esto, hay que ser muy cabezota para seguir queriendo ser fotógrafo.

Cartel luminoso de un motel.
Cartel luminoso de un motel.

La llegada a Bishop no es nada idílica excepto por la enorme alegría que me produce bajarme del autobús, sentir de nuevo mis piernas y saber que estaré al menos un par de días sin subirme a uno de esos trastos. El pueblo es feo y el día está nublado. Encuentro un motel barato en poco tiempo y salgo a ventilar mis pulmones y desentumecer el cuerpo. No hay nada que ver. Calles rectilíneas que se cruzan en ángulo recto y tiendas que ofrecen las cosas habituales en una población mediana del interior. Jardines bien cuidados, ventanales sin cortinas y banderas de Estados Unidos en cuatro de cada siete casas. El patriotismo, parece ser, viene de fábrica. Lo único excitante es acercarse a la galería donde tengo cita para el día siguiente y fisgar a través del escaparate. Como no me atrevo a entrar, me emociono viendo a través del cristal de la calle unas pocas obras de gran formato. Las he visto impresas tantas veces en las páginas de algunos libros que verlas aquí, “en vivo”, me produce una emoción difícil de describir.

Para mi desgracia el escaparate se acaba pronto. Y eso que es grande; casi quince metros lineales divididos entre dos calles. Lo recorro de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. Hago un amago mental de entrar y presentarme diciendo que al día siguiente tengo una cita concertada, pero al final retrocedo y sigo observando las fotos desde fuera como si fuese otro turista más. Las inseguridades afloran en los momentos decisivos. No hay nada heroico en pedir un plato de lasaña en un país que no es el mío, pero me tiemblan las piernas cuando tengo que entrar, pronunciar mi nombre, decir que soy fotógrafo y mostrar mi obra. Intento ponerme en situación mientras me alejo rumbo al motel.

Dicen que es bueno visualizar lo que uno desea que ocurra. Aun así, yo prefiero no hacerme demasiadas ilusiones. Mañana es el día y no puedo quitármelo de la cabeza porque finalmente tendré que empujar la puerta, plantarme allí delante y pronunciar las palabras mágicas: “My name is Fernando Puche, I am photographer and I have an appointment.

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Fernando Puche
Siempre dice que si tuviese que vivir de sus fotos estaría debajo de un puente. Quizá por eso comenzó a escribir libros y artículos sobre fotografía y, como no, sobre sí mismo. Se empeñó en leer todo lo que podía sobre creatividad para descubrir que se había pasado buena parte de su vida persiguiendo a sus héroes e intentando ser como ellos. Para descubrir también que crear una obra medianamente original es mucho más difícil de lo que parece. Él asegura que está en ello.

2 Comentarios

  1. Interesante artículo a modo de diario. Lo que comenta al final sobre vivir de sus fotos, no lo dice él sólo, también lo comenta el fotógrafo Ciuco Gutiérrez en una entrevista, que ‘vivir de la fotografía, viven cuatro o malviven de ella’. El que otrora fuera un oficio tan bonito… Triste.

  2. No nos dejemos llevar por la melancolía. Si no podemos vivir de la fotografía, hagamos de esta una actividad placentera, que nos llene, que nos enseñe a mirar y a conocernos a nosotros mismos. Un auténtico camino de crecimiento personal. Si no nos da dinero, al menos que nos proporcione algo de sabiduría y otro poco de placer.

    Gracias por el comentario.

    Fernando Puche

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