Bishop es tal y como lo describe la guía de viaje, es decir, una pequeña población perdida en medio de las montañas. Lo de perdida es un decir, puesto que es atravesada por la autopista 395, pero el adjetivo cobra sentido cuando me encuentro atrapado en el pueblo de Galen Rowell sin posibilidad de salir en transporte público los próximos tres días. Estar sin coche, lo comprobaré mucho mejor más adelante, es una anomalía y por ello los autobuses no realizan las rutas habituales durante el fin de semana. Obviamente, no ganarían ni un dólar con cuatro turistas despistados como yo.

Sin embargo, este pequeño contratiempo no merma mi ánimo; salir de este pueblo no deja de ser una preocupación secundaria. Resulta curioso que lo que más tiempo me va a llevar durante todo el viaje no será enseñar mis fotos sino las innumerables horas pasadas dentro de un autobús y los múltiples trasbordos efectuados con el fin de poder enlazar las distintas poblaciones de la ruta prevista. Retrasos injustificados, colas eternas para sacar los billetes y esperas tediosas para consultar horarios que parecían modificarse según algún algoritmo diabólico. Añadir, además, las combinaciones de última hora para lograr mis objetivos y poder estar en las citas concertadas a la hora convenida. No pasa nada; yo lo elegí así.

En un pueblo cualquiera de la "América Profunda", © Fernando Puche
En un pueblo cualquiera de la “América Profunda”, © Fernando Puche

El encuentro estaba fijado meses atrás y aun así me aproximo a la Mountain Light Gallery con más miedo que vergüenza. A veces te creces y a veces menguas como los protagonistas de algunos tebeos. Se supone que me esperan, pero es precisamente en esos momentos cuando la inseguridad, la mía, se hace tan grande como el mismísimo Everest. De repente, mis fotos ya no parecen tan buenas. Incluso antes de enseñarlas ya tengo ganas de salir corriendo. Me miro y me veo raro: un fotógrafo arrastrando una maleta roja en medio de un pueblo en el que apenas hay transeúntes. Ciertas personas me miran desde sus coches. No dejo que me acobarden; dirijo la mirada al frente y sigo por las aceras desiertas como si conmigo no fuera la cosa. Solo respiraré aliviado cuando llegue a la galería y atraviese sus puertas.

Mountain Light es precisamente el título de uno de los libros más celebrados de Galen Rowell, aunque el título completo es Mountain Light. In search of the dynamic landscape. En busca del paisaje dinámico, de la luz que dura unos pocos minutos, de un mundo natural que satura nuestras retinas. En busca de visualizaciones, de paisajes imposibles y una celebración absoluta de la belleza. En busca de la naturaleza primigenia, de colores fantásticos y de animales perdidos. Yo he intentado encontrar alguna de esas cosas para poder atraparlas en mis fotografías, pero ahora toca otra cosa: en busca de alguien que quiera hacer de trampolín para mi obra.

Portada del libro de Galen Rowell "Mountain Light"
Portada del libro de Galen Rowell “Mountain Light”

Incluso habiendo fijado la cita con varios meses de antelación, todo está preparado para mi llegada. Les suena mi nombre y lo tienen anotado en la agenda. Justin Black, me dicen, está esperándome. Me preguntan si me apetece algo y me hacen pasar a una salita contigua. Sé que parece tonto, pero me siento importante. Esa sensación tan maravillosa que uno siente –seguramente en el ADN de cualquier ser humano– cuando te prestan atención y te sientes valorado, escuchado, tenido en cuenta. Nos damos la mano y tomamos asiento. Las primeras palabras que salen de su boca me dejan perplejo: “Cuéntame tu historia.” La verdad es que no sé por dónde empezar.

Justin –el responsable del área expositiva de la galería– no me defrauda; cumple todas las expectativas que yo había albergado desde el comienzo del viaje. Escucha mis palabras, mira detenidamente las fotografías, pregunta sobre algunas de ellas, hace dos grupos y me explica qué le atrae de uno y qué no le gusta del otro. Pensando que me encuentro en uno de esos momentos de “ahora o nunca”, le pregunto por la posibilidad de exponer el primer grupo de imágenes en Mountain Light Gallery. Me dice que tiene todo ocupado para los dos próximos años, y de mi boca sale sin pensar un “no me importa” que suena más a súplica que a juicio desinteresado. Justin sale de la sala y vuelve a los pocos minutos con una agenda en la mano. Podría ser en junio de 2009. Digo que sí inmediatamente sin saber dónde estaré dos años después y que pasará con mi vida. No son momentos para dudar: todo o nada.

¿Alguien puede pedir más? Salgo de la galería realmente satisfecho, pero no quiero dejarme llevar por la euforia. El cuerpo me pide dejar la maleta en el motel y ponerme inmediatamente a dar saltos de alegría, pero la cabeza, más conservadora, racional y precavida, pide prudencia. Dos años es mucho tiempo, me digo. En Madrid ya me han dicho varias veces cosas parecidas para alejarme de más de una sala. ¿Y si cuando vuelvo a contactar con ellos no saben nada? ¿Y si luego resulta que se habían equivocado y ha de ser mucho más adelante? Es la leche. Yo soñaba con que me ocurriese algo parecido, y cuando lo vivo no puedo disfrutarlo.

Curiosamente, en mis talleres de fotografía pongo mucho énfasis en el peligro que representan las propias expectativas para nuestro proceso creativo. Sin embargo, ¿hay persona que pueda evadirse de ellas? ¿Puede alguien no esperar nada de un viaje que lleva preparando meses y en el que visita otro continente con sus mejores imágenes dentro del equipaje? Yo esperaba todo lo que se podía esperar de semejante aventura: el cielo. Si hubiese esperado menos, nunca habría realizado el viaje.

Fernando Puche
Siempre dice que si tuviese que vivir de sus fotos estaría debajo de un puente. Quizá por eso comenzó a escribir libros y artículos sobre fotografía y, como no, sobre sí mismo. Se empeñó en leer todo lo que podía sobre creatividad para descubrir que se había pasado buena parte de su vida persiguiendo a sus héroes e intentando ser como ellos. Para descubrir también que crear una obra medianamente original es mucho más difícil de lo que parece. Él asegura que está en ello.

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