Volver a Yosemite en 2007, diez años después de mi primera visita, significa algo muy especial, incluso viniendo sin equipo de fotos. Es verdad; en esta ocasión soy un fotógrafo sin cámara, ni trípode, ni fotómetro. Solo vengo a mostrar mi obra y todo peso añadido supone una carga innecesaria.

Así pues, no existirá una sola imagen de este viaje. Ni un solo documento gráfico que pruebe que durante un mes de mi vida decidí perderme junto a mi obra buscando un sueño. Precisamente porque la memoria es frágil y el tiempo desgasta los recuerdos, solo los hechos que plasmo aquí quedarán como la única prueba de semejante viaje. Las imágenes que perduren en mi mente serán, con toda seguridad, una combinación de sensaciones, deseo y nostalgia.

En 1997, llegar aquí supuso visitar por primera vez uno de los santuarios sagrados para una gran parte de los fotógrafos de naturaleza norteamericanos. Estar aquí fue como estar en el ojo del huracán, en el mismo lugar donde Ansel Adams y otros muchos habían realizado algunas de sus imágenes más conocidas.

Aquel año, una mañana de finales de agosto, llegué al valle de Yosemite tras recorrer en bicicleta buena parte de Canadá y de la Costa Oeste de Estados Unidos. Después de ascender el Tioga Pass –a 3.000 metros sobre el nivel del mar– la ranger de la caseta de entrada me recibió con un sonoro aplauso y una sonrisa de oreja a oreja. «Eres un campeón«. No era para menos: después de tres meses pedaleando, atravesar la entrada del parque fue como una catarsis, por fin podía descansar unos días en el hogar de quien, más de tres décadas atrás, había afirmado que «una gran fotografía es aquella que expresa plenamente lo que uno siente, en el sentido más profundo, sobre lo que está siendo fotografiado.» Nadie lo podría haber dicho mejor.

Llegar por primera vez al valle de Yosemite fue como aterrizar en el centro del mundo, y no exagero. Para un fotógrafo que había crecido con las obras de numerosos paisajistas norteamericanos, estar rodeado de semejante escenario natural suponía un momento muy importante de la vida, y yo me había preparado a conciencia para la ocasión.

Además de ropa, algo de comida, una tienda de campaña, un saco de dormir y algunos repuestos, las alforjas de mi bicicleta contenían un trípode, una cámara de formato medio, tres objetivos, un par de filtros y carretes suficientes para dar rienda suelta a mi impulso creador. La semana que pasé allí me sirvió para confirmar que el escenario era tan grandioso como ciertas imágenes que en él habían creado algunos de mis héroes de la fotografía.

El valle de Yosemite desde Tunnel View, © Fernando Puche
El valle de Yosemite desde Tunnel View, © Fernando Puche

En 2007, y con estos recuerdos dando vueltas en mi mente, afronto la entrada en la Ansel Adams Gallery como un regalo: la visita a este impresionante Parque Nacional un maravilloso día de abril en el que la primavera comienza a embellecer un entorno que va resurgiendo de las últimas nevadas. Sin embargo, una sensación extraña me invade y que tiene que ver, imagino, con el hecho de venir sin cámara y el temor a mostrar mi propia obra en uno de los templos de la fotografía de paisaje. Parece ser que hay cosas que no cambian con la edad.

La verdad es que no sé cómo entrarle a Glenn Crosby, el comisario de la galería. Puesto que no he recibido respuesta alguna a ninguno de los correos que le envié, se me hace difícil presentarme. Imagino que en realidad no deseaba verme. Yo, desafiando a todos mis fantasmas, me planto allí y merodeo un buen rato mientras me aproximo al mostrador como quien estudia una partida de ajedrez. Cuando por fin me planto delante de él me quedo mirando su frondoso pelo blanco y sus gafas de intelectual. Este hombre, me digo a mí mismo, ha visto cosas que yo nunca veré. Él habla primero: ¿Qué deseas?

Le digo cómo me llamo e intento no trabarme en una descripción escueta y rápida de por qué estoy allí. Afortunadamente parece recordar el nombre –resultado de insistir una y otra vez–, puesto que a continuación se disculpa por no haber respondido a mis mensajes. Así, para romper el hielo, le digo que, puesto que no he recibido ninguna contestación por su parte, he decidido ir personalmente a visitarle. Él se ríe, pero si Yosemite me recibe con un cielo sin nubes, una temperatura plenamente primaveral y un buen número de árboles mostrando sin rubor sus primeras flores, Glenn Crosby no se anda con rodeos: la galería no tiene espacio físico para albergar la obra de ningún otro fotógrafo. Su cara, sin embargo, no modifica el aspecto de hombre de las montañas bonachón.

Además, representar a un fotógrafo no estadounidense supondría un conflicto con el Trustee of Ansel Adams y, para terminar de dejarlo claro, hay demasiados fotógrafos de naturaleza norteamericanos buscando un hueco donde colgar sus imágenes. De hecho, en un principio rehúsa ver el material que llevo encima. Simplemente, me dice, es imposible. Alegando falta de tiempo y la imposibilidad de abandonar su puesto de trabajo, me ofrece en última instancia que le enseñe mi trabajo allí mismo, es decir, encima del mostrador y en medio del gentío que diariamente abarrota la galería. Literalmente, me muero de vergüenza.

Años atrás me habría resignado y sin mediar palabra habría aceptado la derrota asumiendo que todo estaba perdido y que no merecía la pena gastar ni un ápice de energía. Pero esta vez, después de cargar con una muestra de mi mejor trabajo fotográfico y unos cuantos libros por el norte de California, digo que sí. A continuación, me dispongo a ir abriendo sin dilación caja por caja intentando no pensar demasiado en las personas que, alrededor del mostrador, pululan con curiosidad.

Al final, y aunque la decisión parecía claramente inamovible, Glenn comienza a pasar imagen tras imagen, comenta las que le parecen más interesantes y terminamos hablando de diversos libros y de algunos fotógrafos que ambos conocemos –él personalmente, yo de oídas–. Con la cita llegando a su fin le regalo dos de mis libros. Él se sorprende, pero le digo que es para que no se olvide de mí. Teniendo algo mío, le digo, es más fácil que me recuerde cuando vuelva a contactar con él, a lo cual Glenn no tiene más remedio que asentir con la cabeza justo antes de despedirnos.

El valle de Yosemite desde la orilla del río Merced, © Fernando Puche
El valle de Yosemite desde la orilla del río Merced, © Fernando Puche

En vez de salir de allí cabizbajo, lo hago feliz de haber podido mostrar mi trabajo sin que nadie me haya mirado de forma extraña o como si fuese un estorbo. Contento de haber puesto los pies de nuevo en un local que solo me inspira buenos pensamientos y mejores paisajes. Será que soy un romántico y sigo pensando que cada vez que piso la Ansel Adams Gallery hay una luz que me ilumina, incluso aunque no puedan –o no les dé la gana– representarme. En un intento por avanzar dentro de mi carrera fotográfica lo que estoy haciendo en realidad es acercarme a los orígenes de mi obra, ahuyentar algunos fantasmas e intentar entender que este periplo puede ser una maravillosa excusa para conocerme mejor como fotógrafo y como persona.

Sigo pensando que la visita ha merecido la pena. Conocer de primera mano a algunas de estas personas que dirigen galerías dedicadas a la fotografía en Estados Unidos es una lección que solo puede aprenderse arriesgando tiempo y dinero en una aventura que muchos calificarían de auténtica locura. Yo, sin embargo, estoy satisfecho. Las respuestas negativas, como los interminables desplazamientos en autobús, son parte de un viaje que abarca mucho más que la mera captación de imágenes y su posterior exhibición.

Sé que volveré a llamar a esta puerta, que volveré a escribir a Glenn Crosby, que le recordaré mi visita en algún otro momento ahora que le ha puesto cara al fotógrafo español a quien nunca contestó. Al fin y al cabo, esta visita de cuatro horas a Yosemite es una inversión a largo plazo –o eso espero–. La vuelta en transporte público me permite echarle de nuevo una ojeada a algunas de las maravillas que atraen a más de tres millones de visitantes al año. El Capitan, Half Dome, Glacier Point, Bridalveil Falls… Yo, desgraciadamente, solo puedo divisarlas desde el interior del autobús que me devuelve al pueblo de Merced. Apenas hay tiempo para el deleite visual; el viaje debe continuar.

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