Decíamos en el primer artículo de esta miniserie que la realidad que capta el fotógrafo es indisociable de sus paisajes interiores y citábamos a dos filósofos –al español Juan Arnau y al polaco Henryk Skolimowski–, quienes entendían que el grado de conocimiento establece los límites del cosmos en que vivimos y, por tanto, ese universo que percibimos “ahí fuera” no es independiente de nuestra actividad mental. Se puede discrepar o no de estos argumentos, pero los planteamientos un tanto resbaladizos que a veces utiliza la filosofía no se sustentan en este caso sobre elucubraciones metafísicas, sino en el trabajo de numerosos científicos. Juan Arnau, por ejemplo, es también astrofísico, así que algo sabe del tema.

A mí me gustó mucho cómo quedó el primer artículo, pero quizá necesitaba un apoyo algo más racional y menos abstracto. Por tanto, manos a la obra.

Un número nada desdeñable de biólogos evolutivos, químicos moleculares, neurocientíficos y psicólogos cognitivos, entre otros, llevan años estudiando y descubriendo cómo funciona la percepción humana. Y una de las cosas que han averiguado es que, puesto que el mundo exterior es complejo y genera demasiados estímulos, la evolución no ha producido sistemas de percepción que capturen con exactitud la realidad circundante porque, entre otras razones, transferir esa cantidad ingente de información hasta el cerebro –donde casi todo está conectado– sería muy complicado y terriblemente lento. La realidad es demasiado compleja como para procesar todos esos datos a una velocidad adecuada.

Por eso la evolución, que no es tonta, ha diseñado unos sistemas de percepción especializados en capturar y procesar solo una pequeña parte del mundo sensorial (la que es más útil para nuestra supervivencia). Así pues, lo que percibimos no es un reflejo exacto del mundo. Podría decirse que somos insensibles a la mayor parte de las señales externas. Y precisamente porque los sentidos nos ofrecen una percepción muy limitada y ambigua, existen las interpretaciones, los matices, la subjetividad y, afortunadamente, el arte.

Tenemos entonces que las células receptoras de los sentidos captan únicamente una porción escasa de la complejidad y riqueza de nuestra realidad más próxima. El cerebro, a su vez, ha de procesar esos indicios y dar una respuesta lo más rápida posible. Tengamos en cuenta que podemos estar jugándonos la vida. Y para poder filtrar, interpretar los mensajes y construir una representación estable del mundo en el que vivimos, nuestro cerebro está diseñado para seguir una serie de esquemas internos que, en cierta forma, son comunes a todos los seres humanos. Existe, pues, una tendencia genética a operar a través de modelos previos y a formar hábitos de manera que, una vez que hemos hecho algo varias veces, no tengamos que volver a reinterpretar las indicaciones, sino que procedemos de manera mecánica.

Fernando Puche "explorando" la costa vasca, © Julen Juaristi
Fernando Puche “explorando” la costa vasca, © Julen Juaristi

Ello supone un ahorro de energía enorme y la posibilidad de una respuesta mucho más rápida. Estos esquemas y modelos previos funcionan a modo de moldes –generados en nuestra cabeza– donde encajan las señales sensoriales que nos llegan. De hecho, cuando llega por primera vez un impulso, este se almacena para que sirva de guía en el reconocimiento de ese mismo o de otros estímulos en el futuro, pues se intuye que este análisis tiene lugar comparando la impresión que llega con la información previamente guardada en forma de recuerdos. Así, la memoria juega un papel decisivo puesto que conforma una especie de fichero no solo de experiencias vividas, sino también y sobre todo, de gustos, querencias, prejuicios y obsesiones.

El cerebro, en ese afán congénito por no desperdiciar ni un ápice de energía y posibilitar respuestas rápidas a los requerimientos del entorno, da prioridad a las ideas, los mensajes o las imágenes que coinciden con alguno de los moldes ya establecidos. No es que desechemos todo aquello que no conocemos, sino que, en un principio, hay cierto rechazo a lo desconocido frente a la tendencia innata de dar prioridad a lo que nos es familiar. Tiene lógica: la supervivencia también depende de que nos aferremos a lo que funciona, a todo eso que ya hemos aprendido y da resultado, a las cosas que podemos hacer mecánicamente sin darle más vueltas. En este sentido, el cerebro, dejado a su aire, es muy poco creativo pero muy bueno ahorrando energía.

Como indica el comunicador científico José Viosca, también investigador del CSIC, queda mucho por conocer respecto a cómo se reconocen las imágenes, pero de momento se sabe que estos esquemas –intrínsecos a nuestro propio cableado neuronal– son casi todos aprendidos durante la vida. Y es que al nacer no disponemos de muchas capacidades perceptivas, las cuales se van adquiriendo a lo largo de los años. Puede afirmarse por tanto que el recurso más importante que utilizamos para navegar por el universo es nuestro propio aprendizaje. Por eso la experiencia personal tiene tanta relevancia en la manera en que descubrimos el mundo. Al final, lo que percibimos es siempre una combinación entre lo que hay fuera y los recuerdos almacenados.

El enorme valor del aprendizaje reside en que proporciona esos esquemas con los que necesita trabajar el cerebro –y hacer de la realidad algo manejable y entendible– y que orientan el reconocimiento y la comprensión de los estímulos. De esta manera, la información acumulada guía la percepción como un molde donde encajan, o no, las impresiones sensoriales. Además, al reconocer y entender lo que nos llega, tenemos que esos modelos que dirigen la percepción nos ayudan a darle un significado concreto a todo ello. Un significado que es dependiente de dónde vivimos, cómo nos hemos educado y qué pensamos, por ejemplo, de la vida o el amor.

Atardecer en La Pedriza un día de luna llena © Fernando Puche
Atardecer en La Pedriza un día de luna llena © Fernando Puche

No se trata entonces de que el cerebro sea vago, que a veces lo es, sino que necesita recibir, filtrar, interpretar y responder en milésimas de segundos y no puede andarse con tonterías. Le llega poco, lo que falta se lo inventa según lo aprendido, lo encaja en los esquemas almacenados y responde de una forma u otra según cómo ajusten los nuevos datos en lo ya conocido: con satisfacción, con recelo o con todo el abanico de reacciones intermedias posibles.

Así pues, el conocimiento aprendido dirige y encamina la percepción, de manera que es sencillo hacerse una idea de la gran influencia que tienen en nuestro proceso perceptivo las expectativas, pues conforman el mecanismo psíquico que refuerza, o no, una acción. Solo hay que pensar en cómo experimentamos un mismo sabor según estemos hambrientos o saciados. La percepción es todo menos un proceso pasivo por el cual las señales externas son captadas por los sentidos y transferidas al cerebro. Nada de eso; el mundo que vemos no se graba en el cerebro igual que una fotografía. Se graba, a su manera, bastante o muy poco deformado en función de un baremo muy exigente de preferencias y desprecios.

Así es entonces como el cerebro “construye” el mundo en el que vive, que no es obligatoriamente el que existe “ahí fuera”. Y lo “fabrica” a través de un aprendizaje concreto en un entorno social y cultural determinado. Por eso los fotógrafos buscamos lo conocido, lo que ya hemos visto, aquello que nos resulta familiar y, por supuesto, placentero. ¿Y cómo nos influye todo esto emocionalmente? Dejemos las emociones para un próximo artículo donde echaremos un vistazo a ese fascinante mundo que componen los sentimientos.

Pero vamos a terminar a lo grande, con una cita del gran filósofo griego Aristóteles: “Nada hay en el entendimiento que no estuviese antes en los sentidos”. Como veis, todo esto viene de lejos –concretamente del siglo I a.C.–, y es que en la antigüedad ya intuían que todo lo vivido condiciona y muchas veces determina el resultado de la percepción.

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