En la guerra, saber discernir entre el bien y el mal lo es todo. Pero a veces esa dicotomía es más difícil de interpretar de lo que nos imaginamos. Cuando falla la empatía, es habitual encontrar situaciones de desplazamiento, tanto social y moral como físico. Una de las pocas formas de darnos cuenta de que eso existe y es palpable es que nos lo cuenten, y de eso se han encargado el periodista Guillermo Abril y el fotógrafo Carlos Spottorno en su último trabajo; «La Grieta«, editado en español por Astiberri.

La intención de denuncia y la recogida de testimonios de primera mano es clave para el desarrollo del libro. © Carlos Spottorno / Guillermo Abril
La intención de denuncia y la recogida de testimonios de primera mano es clave para el desarrollo del libro. © Carlos Spottorno / Guillermo Abril

Es cierto que la avalancha de información relacionada con el problema de los refugiados que recibimos diariamente por parte de los mass media se está convirtiendo cada vez más en una vacuna capaz de insensibilizar al espectador ante estas situaciones. Si padecemos una «enfermedad» –en este caso, los conflictos bélicos y sociales acaecidos últimamente– lo mejor es vacunarse con pequeñas dosis de realidad que no hacen sino normalizar el asunto. Ahora bien, cuando queremos documentarnos acerca de la cuestión de los refugiados con una información sin filtros, real y contada desde la experiencia propia, las opciones son mucho menos numerosas.

«La Grieta» nace de la necesidad de contar la realidad actual en las fronteras de la Unión Europea. Tras recibir un encargo en 2013 para El País Semanal, Spottorno y Abril decidieron emprender un viaje que les llevaría a recorrer los bordes exteriores que enclaustran la UE. Y lo más lógico es empezar por lo cercano; la frontera de Melilla. Situada en un limbo entre África y Europa, el protagonismo mediático reciente de la ciudad se debe a la construcción de la famosa valla fronteriza que impide -o al menos, lo intenta- la entrada irregular de seres humanos en España. Allí, Spottorno y Abril son testigos del trabajo de la Guardia Civil en el paso de Beni Enzar así como de la situación en la que viven los refugiados en el campo de acogida que tiene la ciudad, irónicamente situado a escasos metros de un pulcro campo de golf.

El escabroso humor negro del que son testigos Spottorno y Abril en un cuartel de la Guardia Civil en Melilla © Carlos Spottorno / Guillermo Abril
El escabroso humor negro del que son testigos Spottorno y Abril en un cuartel de la Guardia Civil en Melilla © Carlos Spottorno / Guillermo Abril

«Esto es Europa«, afirma Guillermo Abril. El humor negro de los funcionarios y los testimonios de personas que han intentado alguna vez cruzar la valla y no han podido a causa de las graves laceraciones que les causan las concertinas contrasta con las caras de felicidad de los recién llegados. Recordemos que en 2014 aún no existía un flujo tan intenso de inmigración como en estos días, y muchas de las personas que llegaban a tierra europea lo hacían pensando que su periplo había acabado, que una vida nueva les esperaba con los brazos abiertos y con la promesa del sueño europeo de felicidad, sanidad y tranquilidad. Una breve visita a tierra africana nos permite ver las condiciones en las que viven los que habitan los campamentos cercanos a la valla, dispuestos a jugarse la vida saltándola en la primera ocasión que se les presente.

Fragmento de "La Grieta" © Carlos Spottorno / Guillermo Abril
Fragmento de «La Grieta» © Carlos Spottorno / Guillermo Abril

La siguiente parada –ya en febrero de 2014– será en la región de Tracia, que aglutina las fronteras de tres países: Grecia, Bulgaria y Turquía. Al visitar un centro de primera acogida en Grecia, la desilusión florece en los reporteros españoles ante el hermetismo informativo de los funcionarios que actúan de guías. Las prohibiciones de hablar con los internos, con los trabajadores de las ONG’s que allí operan o fotografiar los rostros de los residentes serán un habitual durante casi todo el viaje. Para esa fecha, Grecia había cerrado el tránsito de inmigrantes, y Bulgaria mantenía su constante vigilancia ante la posibilidad de una entrada masiva de refugiados.

Paso fronterizo entre Turquía y Bulgaria © Carlos Spottorno / Guillermo Abril
Paso fronterizo entre Turquía y Bulgaria © Carlos Spottorno / Guillermo Abril

Las similitudes entre estas fronteras y la de Melilla son más que palpables. Las instalaciones se asemejan entre sí, incluso se respira la misma sensación de inquietud en los centros de vigilancia. Pero de nuevo la decepción vuelve a aparecer. Lo que en un principio iba a ser una demostración real de un rescate se traduce en una simulación teatral con los agentes búlgaros como protagonistas. La opacidad informativa vuelve a estar presente, pero la bofetada de realidad les sobreviene con la llegada a Harmanli, un pequeño pueblo cercano a la frontera con Turquía en el que se da cobijo a 900 personas. Como si se estuviera creando una sociedad desde cero, la normalidad con la que allí se ejercen oficios o se practican deportes impacta sobremanera.

Los reporteros españoles sufrieron a menudo el hermetismo informativo de los ejércitos, presenciando simulaciones de rescates en lugar de rescates reales © Carlos Spottorno / Guillermo Abril
Los reporteros españoles sufrieron a menudo el hermetismo informativo de los ejércitos, presenciando simulaciones de rescates en lugar de rescates reales © Carlos Spottorno / Guillermo Abril

Con el objetivo de ser testigos de un rescate en alta mar, Spottorno y Abril viajan hasta la costa de Lampedusa, en Italia. Allí será donde graben el vídeo que posteriormente ganará un World Press Photo, un reportaje que bautizaron como «A las puertas de Europa«. Entre cementerios de barcos que algún día fueron la esperanza de inmigrantes en busca de una vida mejor, en las conversaciones se oye hablar sobre las mafias, siempre presentes en problemas como éste. Tras conversaciones con directivos de Frontex y una escueta –y restringida– visita al centro de acogida de Mineo, por fin reciben autorización para presenciar un rescate en alta mar. Aunque las inclemencias del tiempo hacen que sea difícil llevar a cabo la operación, finalmente consiguen efectuarla.

Ante el éxito del primer reportaje y la inmediatez informativa con la que se ha de responder en este tipo de casos, El País Semanal encarga, año y medio más tarde del primer periplo, un segundo reportaje a la pareja formada por Spottorno y Abril. Spottorno se encuentra en la frontera entre Hungría y Serbia, y los principales países que forman el acuerdo Schengen empiezan a cerrar sus fronteras ante el aluvión de refugiados sirios provocado por el terror de DAESH y la proclamación de su califato. Los refugiados llevan tanto tiempo escapando de la guerra que en sus caras se atisba comprensión, resignación y paciencia.

Sin embargo, no todas las noticias iban a ser malas. La colaboración de ONG’s, voluntarios y residentes de la zona es cada vez más numerosa y otorga una nota positiva entre tanto caos. Jugar con los niños mientras los padres descansan es una tarea tan divertida como reconfortante, pero pronto el viaje volverá a su senda oscura. La sombra de una nueva Guerra Fría amenaza las zonas cercanas a Rusia, y la anexión de Crimea no hace otra cosa que tensar más el ambiente. El siguiente país a visitar será Lituania, donde la OTAN ejerce maniobras. Spottorno y Abril se citan allí en noviembre de 2015, tan sólo dos días después de los atentados de DAESH en París.

Fragmento de "La Grieta" © Carlos Spottorno / Guillermo Abril
Fragmento de «La Grieta» © Carlos Spottorno / Guillermo Abril

Temiendo un futuro cercano a su pasado, los militares lituanos que acompañan a los dos reporteros son recios y arrogantes, pero están contentos de defender a su país. Convencidos de que Rusia les invadirá más tarde o más temprano, practican ejercicios de entrenamiento con un enemigo ficticio al que, en un alarde de originalidad, han tenido a bien llamar «Redland«. Cuentan con la colaboración de facciones del ejército canadiense y americano. De hecho, estos últimos son los que están al mando. Han llegado hace poco tiempo, pero su influencia en el resto de militares de la zona provoca que la sensación del estallido de una segunda Guerra Fría sea aún más real.

El miedo a la ocupación rusa también se deja ver en Polonia, el siguiente país que visitará la pareja de reporteros españoles. En el ambiente aún se respiran recuerdos de la Segunda Guerra Mundial, más si cabe en la zona a la que llegan: Kaliningrado. Allí los refugiados que llegan no son en su mayoría sirios, sino georgianos, kazajos, tayikos y otros musulmanes de alguna antigua república soviética. Conciben Europa como «una frontera del mundo peligroso al mundo seguro«. «Aquí respetáis la vida. No os matáis.«, confiesa una madre que acaba de dar a luz en un hospital polaco. Mientras tanto, la sensación de tranquilidad se hace más notable a medida que avanzan hacia el norte.

Asombra la normalidad que en algunos casos se apodera de los centros de acogida de refugiados © Carlos Spottorno / Guillermo Abril
Asombra la normalidad que en algunos casos se apodera de los centros de acogida de refugiados © Carlos Spottorno / Guillermo Abril

Tras visitar Narva (Estonia) y prepararse para las bajísimas temperaturas que les esperan, la sensación dubitativa de la población sobre si los estonios serán o no el siguiente pueblo invadido por los rusos se hace patente. Con una población de origen ruso en la mayoría de los casos, es uno de los últimos reductos con aroma soviético de la Unión Europea. Les espera una última parada en Finlandia, que pondrá fin al reportaje.

Con más de 1.300 kilómetros compartidos en frontera con Rusia, Finlandia alberga lo que se conoce como la última frontera de la UE, más allá del Círculo Polar. Una nación –la finlandesa– de escasa población, pero que se erige como la cuarta en solicitudes de asilo.  Un vuelo militar les permitirá sobrevolar la frontera con Rusia, allí donde el frío mata. Poco después, la visita a centros de acogida fineses en los que la educación a los niños refugiados y el cuidado de los mismos son las prioridades, hará ver un rayo de luz entre tanta sombra.

"¿De verdad esto es Europa? Estábamos mejor en Siria." Un funcionario kurdo se queja de las condiciones en las que han de vivir en los campos de acogida © Carlos Spottorno / Guillermo Abril
«¿De verdad esto es Europa? Estábamos mejor en Siria.» Un funcionario kurdo se queja de las condiciones en las que han de vivir en los campos de acogida © Carlos Spottorno / Guillermo Abril

«La Grieta» es la constatación del desmembramiento de Europa a través de sus fronteras. Es la afirmación de la inoperancia de los gobiernos para poner solución a un problema como éste. Pero también es una historia de educación social, de solidaridad y de denuncia. Cuando algo se está resquebrajando por momentos, lo normal es que surjan grietas. Y sólo la actuación humana puede remediarlo. Pero el desconocimiento, el temor y los prejuicios raciales y sociales hacen que esas grietas sean aún más profundas. Podemos notarlo en el auge de la islamofobia. En los resultados de elecciones que parecen más bien sacadas de un cuento de terror que de una realidad del siglo XXI. En las vallas que se erigen para separar países. Son las fisuras que se abren frente al sueño europeo.

Las maravillosas imágenes de Carlos Spottorno forman una conjunción perfecta junto a los textos de Guillermo Abril. Desde luego, «La Grieta» es un trabajo hecho con corazón y cariño, con voluntad de denuncia y con ganas de concienciar sobre un problema de tamaña magnitud. Disfrútenlo.

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