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Pocos fotógrafos han sido tan influyentes en la fotografía contemporánea como los que formaron parte de esa mítica exposición celebrada en 1975, en la George Eastman House de Rochester, bajo el título de “New Topographics: Photographs of a Man-Altered Landscape (Nuevas Topografías: Fotografías de un Paisaje Alterado por el Hombre)”. Se trataba de Robert Adams, Lewis Baltz, Bernd y Hilla Becher, Joe Deal, Frank Gohlke, Nicholas Nixon, John Schott, Stephen Shore y Henry Wessel, Jr.  Efeméride señalada en el calendario fotográfico como punto de inflexión en torno a la imagen paisajística, y su proyección formal y conceptual.

© David García-Amaya
© David García-Amaya

Nada volvió a ser igual. Los idealizados paisajes y las majestuosas puestas de sol eran cosas del pasado romántico de la fotografía, y ahora el ser humano necesitaba darse de frente con la realidad que nos había tocado vivir. Un mundo donde el capitalismo y la sociedad de consumo habían tejido una red alienante, formada por interminables complejos residenciales, de idénticas estructuras, destinados a albergar núcleos humanos de felices consumidores de todo tipo de productos industriales. Desde ese momento, los intereses paisajísticos en la fotografía americana y europea se extendieron, de los grandes espacios naturales, a las periferias de las ciudades y a los complejos industriales, incluyendo a los productos de consumo y a todo lo que de alguna manera sirviera para explicar el mundo contemporáneo.  El paisaje “divino” fue sustituido por el paisaje “real”, donde primaba lo banal y lo cotidiano.

Lewis Baltz Monterey, de la serie The Prototype Works, 1967 Copia en gelatina de plata 20 x 25,2 cm Galerie Thomas Zander, Colonia © The Lewis Baltz Trust
Lewis Baltz – Monterey, de la serie The Prototype Works, 1967
Copia en gelatina de plata – 20 x 25,2 cm
Galerie Thomas Zander, Colonia © The Lewis Baltz Trust

Si hace cuatro años, pudimos disfrutar de la obra de uno de los autores más emblemáticos de esta generación, Robert Adams, en el Museo de Arte Reina Sofía, ahora desembarca en Madrid el trabajo de Lewis Baltz (California, 1945-París, 2014). Y lo hace en un espacio no tan magno, pero sí el que se está ganando año tras año el mérito de ser el recinto de las grandes exposiciones fotográficas de Madrid, la Fundación Mapfre.  Hasta el 4 de Junio albergará la primera retrospectiva del artista norteamericano tras su fallecimiento en 2014, comisariada por Urs Stahel, y recogiendo alrededor de 400 fotografías, que suponen un repaso a toda su trayectoria.

Eso sí, para contemplar esta exposición, recomiendo llegar limpio, por una parte. Y no me refiero a la limpieza corporal, deseable en cualquier caso, sino a la mental. Han sido tantos los fotógrafos contemporáneos que han usado las mismas pautas estéticas y temáticas, que hay un déjà vu continuo durante las partes más reconocidas de este paseo por la obra de Lewis Baltz. Incluso con obras que no hubieras visto antes, hay esa permanente sensación de analogía. Los motivos protagonistas de las imágenes, la manera de componer y la forma de situarse con la cámara, llevan siendo una constante a nivel internacional durante estos últimos 40 años.

Y, por otra parte, es una exposición densa, en el buen sentido de la palabra. Densa de matices, de lecturas, de interpretaciones, de acercarte a las imágenes, muchas de ellas en pequeño formato y en mosaicos numerosos, y detenerte, leer su disposición, su narrativa, su lugar dentro del conjunto…  Requiere ese esfuerzo, esa predisposición por parte del espectador a tomar parte activa en la contemplación, y no ser un vehículo pasivo de mero deleite estético. Sí, los amantes de la manida frase de “si necesitas explicar una fotografía, es que es mala”, por favor, absténgase de ir. Seguro que aprovecharán más su tiempo aplicando una búsqueda en Instagram con la etiqueta de “sunset” o “beautifullandscape”. Eso sí, olvídense también de visitar los grandes museos de arte contemporáneo, que están llenos de gentes como Baltz.

El recorrido sigue un orden cronólogico, intercalado con obras posteriores, con el objetivo de producir un diálogo entre las diferentes etapas artísticas de Lewis Baltz. Y es que la evolución en lo formal y en el proceso creativo a lo largo de su carrera resulta llamativa. Comenzando con una  perspectiva más puramente fotográfica en los comienzos de su trayectoria durante la década de los 60 y 70, con imágenes directas, objetivas, documentales y en blanco y negro, hasta las obras que llegan a partir de 1989, año que es señalado como el comienzo de su segunda etapa, donde todo es más experimental, en colores saturados y mostrado en grandes formatos. Pero siempre, con un discurso coherente, adaptándose conceptualmente en cierta manera a la tecnología y el desarrollo del sistema del que se nutre,  pero en una línea que siempre nos habla del control, del poder y de la alienación del ser humano. Ser humano que encontramos ausente físicamente de toda su obra, salvo en alguna de sus últimas creaciones, pero que está siempre presente tanto en sus actos como en sus respuestas.

© David García-Amaya
© David García-Amaya

En la primera parte del itinerario encontramos su trabajo más seminal. La mayoría de estas imágenes siguen la misma pauta estética, con un tamaño habitual de papel de 20x25cm, presentadas en redes de decenas de fotografías, y tomadas con película  6 ASA, lo que da cuenta del detalle y la precisión con la que trabajaba el artista norteamericano. Así, comenzamos con “The Phototype Works” (1967-1976), serie que parte de su etapa estudiantil en el San Francisco Art Institute, donde Baltz se nutre de esa corriente del arte contemporáneo estadounidense que busca en lo simbólico su razón de ser. De esta forma, en su conjunto menos definido, los objetos y detalles se yuxtaponen a la arquitectura de su California natal, siempre con un punto de nostalgia, y sin esa dosis más aséptica que contemplaremos posteriormente. Este inicio es una especie de cajón de sastre donde podemos observar ya su interés por las texturas, la geometría y la abstracción.

A partir de 1969, comienza su etapa más reconocida con Tract House (1969-1971), donde ya perfila su objetivo desde un punto de vista más frontal, más directo, siendo la arquitectura urbanística la gran protagonista. 25 fotografías de un complejo residencial en proceso de construcción junto a una autopista, como tantos miles y miles que se construyeron en la década de los 60 y los 70 en Estados Unidos, y que también llegaron a Europa posteriormente. Como en toda su obra de esta época, las imágenes huyen de la estilización, de cualquier barroquización estética, y se nos presentan más como una labor de investigación analítica e impersonal. Tal y como afirma Lewis Baltz en el catálogo editado con motivo de la exposición: “El elemento popular que me interesaba no era el de la estética de la instantánea, sino el de las fotografías comerciales de estilo documental, la clase de fotografías que pueden verse en el escaparate de una inmobiliaria: alta resolución, sin artificio y muy distantes”.

En The New Industrial Parks Near Irvine (1974) dirige su cámara hacia ese otro gran protagonista del “infradesarrollo” arquitectónico: los polígonos industriales. Edificios funcionales, minimalistas y baratos, que se ubican por decenas en los extrarradios de las grandes ciudades y que tanto han atraído a los fotógrafos contemporáneos. Lewis Baltz marca la senda con un sentido de la composición impoluto, jugando con las líneas, con la geometría, con la imagen arquitectónica, y descontextualizando los fragmentos sin un referente humano. Con seguridad es la serie que más satisfará a los que vayan buscando lo puramente fotográfico, entendido desde un esquema aferrado a la historia del medio.

© David García-Amaya
© David García-Amaya

En las siguientes series que podemos ver a continuación, Maryland (1976), Nevada (1977) y Park City (1978-1980), se centra en la modificación del paisaje, casi desde una posición topográfica, explorando el entorno, y documentando el cambio que se va produciendo sobre el mismo de una manera minuciosa, hasta el punto de llegar a anotar en algunos casos de forma exhaustiva el lugar y la dirección del espacio fotografiado. Un espacio que ya no es el paisaje que hemos entendido como tal, producto de la propia naturaleza, sino el que el ser humano está construyendo y modificando a su antojo.

En Continuous Fire Polar Circle (1986), Near Reno (1986-1987) y San Quentin Point (1981-1983) ya no busca tanto el paisaje, como elemento receptor de la transformación humana, sino, en una escala más baja, los desechos y el caos producidos por la misma evolución. Vertederos y espacios de basuras vistos igualmente con su ojo escrutador, con ese bisturí que Baltz posee, examinando con detalle el entorno, con gran precisión.  Y en Candlestick Point (1987-1989), la última serie de esta primera etapa, contemplamos las primeras imágenes en color, conviviendo con otras en blanco y negro, dentro de ese conjunto de imágenes con el que el artista norteamericano entiende sus obras interesado por el todo, pero dando el suficiente peso a cada pieza.

© David García-Amaya
© David García-Amaya

Aquí finaliza esa primera fase del recorrido creativo de Lewis Baltz, que ocupa, eso sí, más de la mitad del espacio expositivo de la Fundación Mapfre, y que seguramente para los aficionados a la fotografía será la más reconocible, ubicada dentro de los parámetros de ese movimiento generacional que fue New Topographics. Pero, como señalamos al principio, entre las series que hemos comentado, e interactuando como contrapunto, en un sentido de diálogo, contraste y comunicación, encontramos piezas de sus proyectos posteriores, que con esa orientación estética tan radicalmente diferente, provocan un inevitable choque visual en el espectador. Una etapa, que, como suele suceder en muchos artistas, comenzó con un giro vital de Baltz. En 1989 abandona desencantado Estados Unidos para vivir en Francia. Y, a partir de ese momento, el paisaje, el blanco y negro, y la forma de entender la fotografía que le había acompañado, son apartados casi de una forma extrema.

Lewis Baltz Piazza Pugliese, de la serie Generic Night Cities, 1992 Copia en cibacromo montada sobre aluminio 250 x 125 cm Colección del Stedelijk Museum, Ámsterdam © The Lewis Baltz Trust
Lewis Baltz – Piazza Pugliese, de la serie Generic Night Cities, 1992
Copia en cibacromo montada sobre aluminio – 250 x 125 cm
Colección del Stedelijk Museum, Ámsterdam © The Lewis Baltz Trust

El color, muy saturado, el gran formato y las impresiones en cibachrome conformarán exteriormente sus obras a partir de ahora.  Todo es intenso, visualmente potente, como las imágenes publicitarias y las luces de neón que nos intentan atrapar con mensajes, como otra manera de conformar el entorno y como una fase más en la evolución de esa sociedad que describió  en las décadas pasadas. Los mensajes siguen siendo intensos, muchas veces crípticos, y de nuevo reclaman la atención de una manera activa. El conjunto se nos presenta como casi hipnótico, con unas dimensiones en alguno de los casos que convierte en claustrofóbico el espacio de la Fundación Mapfre, que en verdad no está dotado con unas dimensiones excesivas para algunas exposiciones. En algunas de las piezas, con varios metros de ancho, echamos de menos una mayor holgura que nos permita retroceder para ver la obra en su totalidad. En Generic Night Cities (1989-2000), Piazza Sigmund Freud (1989) y Rule without Exception (1988), Baltz habita un ambiente desconocido hasta ese momento. Ya no es la periferia de las grandes ciudades, o los centros industriales, sino que se traslada a espacios más tradicionalmente urbanos, que son ahora el tema formal de sus creaciones. Pero aparecen ocultas en la noche, descontextualizadas y deshumanizadas.  Las imágenes ya no se nos presentan tan directas y austeras, sino que hay un mayor grado de artificiosidad en los colores y en la forma de jugar con la cámara. En cambio, Sites of Technology (1989-1991) es una búsqueda ecléctica de lugares o elementos de poder y control, sean las cámaras de videovigilancia o edificios simbólicamente potentes como los de la Organización Europea para la Investigación Nuclear (CERN).

© David García-Amaya
© David García-Amaya

La parte más experimental de la exposición, y podríamos decir que más contemporánea, hasta el punto de poder incluirla dentro de ese tan manido término de la postfotografía, es su Power Trilogy, ahondando en el tema del control y el poder sobre los humanos. En la Fundación Mapfre podemos ver las series Ronde de Nuit (1992-1995) y Docile Bodies (1992-1995).  En Ronde de Nuit refleja el poder a través de la vigilancia y la tecnología, y en Docile Bodies, en paneles de varios metros de longitud, contemplamos como los límites del poder se alargan hacia el interior del cuerpo, con inquietantes imágenes de neurocirugía, donde ya el ser humano se encuentra invadido y dominado en su parte más interna.

Al finalizar la exposición, nos encontramos alguno de sus trabajos más sorprendentes. En The Deaths in Newport (1988-1995), recoge un famoso asesinato sucedido en la década de los 50, y lo reinterpreta con imágenes de archivo, hablando sobre la capacidad de manipulación de la imagen según la presentación que se hagan de los hechos. En End to End (2000) le vemos explorando el lenguaje del vídeo, y en Venecia Marghera (2000-2013) se acerca de nuevo al paisaje alterado, y la sostenibilidad del espacio público, esta vez en Italia, en la localidad de Marghera, cercana a Venecia, donde la industrialización ha acelerado su deterioro, con la  convivencia y el contrapunto  de la ciudad de los canales, asolada esta vez por las masas de turistas.

© David García-Amaya
© David García-Amaya

Hacer un resumen de esta exposición tiene tanta complejidad como la poliédrica carrera de Lewis Baltz. Los que vayan buscando al artista, “leyenda de la fotografía” por sus imágenes neutras, en blanco y negro, de paisajes modificados, quedarán desconcertados en la parte de la exposición más contemporánea. Personalmente, me atrae más, y veo más consistentes esos trabajos de los 70 y 80, que todavía permanecen frescos con el paso del tiempo. Pero, de esa etapa posterior, que hay que contemplar con mayor capacidad de reflexión, es admirable observar el talento de un artista para retorcer una y otra vez su visión del mundo, yendo un paso más allá. Siempre con unos conceptos similares, pero intentando profundizar de una  manera progresivamente intensa, caminando haciendo nuevos estratos, incorporando  capas que hay que desentrañar. Les recomendamos que se asomen a esta exposición, seguro que hasta los más escépticos ante este tipo de trabajos fotográficos podrán sacar conclusiones interesantes sobre el mundo que nos rodea.

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David García-Amaya
En su tiempo libre, disfruta de la fotografía. En su tiempo “esclavo”, también. Fotógrafo editorial y documental. Todavía le sigue ilusionando ver sus fotografías asomando en el kiosco de prensa. Por el camino, un blog, alguna exposición, muchos alumnos, varios festivales y un par de premios.

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