A colación de la última edición del concurso internacional Huawei Next-Image 2020 analizamos la importancia de la fotografía amateur en el sector fotográfico, su influencia y derivas contemporáneas, allí donde las fronteras entre aficionado y profesional se difuminan.

Históricamente, la fotografía profesional le debe mucho al terreno aficionado. Afición y profesión no son conceptos excluyentes, más bien interdependientes; se necesitan el uno para el otro. En términos económicos no hace falta ser ningún erudito para comparar el margen de beneficio entre ambos escenarios. El aficionado es –ahora y antes– el gran motor económico de la industria, pero… ¿Cuál es su aportación al lenguaje fotográfico contemporáneo?

¿Quién llegó primero?

Desde sus albores la fotografía fue, entre muchas otras cosas, un pasatiempo caro y nada democrático. Esta caprichosa afición exigía además una serie de conocimientos previos que limitaban su expansión. En seguida despertó el interés de una élite, un reducto de personas muy heterogéneas entre sí –inventores, químicos, ópticos, escenógrafos, artistas, etc.– pero con algo en común: un elevado nivel económico y la escasa necesidad de trabajar para vivir –salvo contadas excepciones que hacen más notables sus esfuerzos–.

En ausencia de profesión declarada, la estética de la imagen fotográfica se fue construyendo gracias al tesón de las personas apasionadas por ese extraño invento que tantas horas consumía, sin ser –en esta temprana etapa– su principal fuente de ingresos.

Otro nexo común es la aparente trivialidad de los motivos fotografiados: escenas plagadas de objetos cotidianos y recuerdos familiares. Una imagen es como una puerta, a veces se cierra a nuestros ojos y solo vemos su superficie. En otras, sin embargo, tenemos la llave cultural para abrir esa puerta y acceder al significado y pertinencia de esa imagen dentro de su contexto. El lenguaje fotográfico, como todo acto comunicativo, no solo ‘se entiende o no se entiende’, también se estudia, comprende y evoluciona al ritmo de la sociedad que lo construye.

"The Open Door", 1844 © William Henry Fox Talbot
The Open Door, 1844 © William Henry Fox Talbot

Con ojos retrospectivos, la fotografía entendida como falso documento podría tener su paradigma por excelencia en 1840 a manos de Hippolyte Bayard, el fotógrafo que murió dos veces. Los debates artísticos posteriores, legitimando o rechazando su veracidad, quedan al instante caducos si atendemos a su cronología. Será el ámbito profesional y los diferentes usos del medio los que establezcan, más tarde, los códigos deontológicos necesarios para cada casuística.

El ahogado, 1840 © Hippolyte Bayard

La subordinación de la técnica al servicio de la narrativa de la imagen quedó patente en todas las asociaciones o clubs –Linked Ring (Londres), Photo-Club (París), Das Kleebatt (Viena), etc.– que abrazaron con fervor religioso el pictorialismo. Esta corriente, la primera específicamente fotográfica con calado internacional, fue empujada por cientos de fieles, en su mayoría aficionados. Sus ecos llegan a nuestros días desde muchas vías. Si aún te parece cuestionable hacer un HDR, imagina la polémica que despertó la técnica de la fotocombinación en pleno siglo XIX, usando varios negativos mediante corta y pega, en el más literal de los sentidos.

Fading away, 1858 © Henry Peach Robinson

Sí, hablamos de imágenes de alto rango dinámico (HDR); esa estética que en sus casos más extremos roza la ilustración. Esta técnica tuvo su auge hace años y ahora despunta en todos los terminales móviles como opción de captura por defecto. Personalmente no nos convence demasiado, aunque tenga ese toque kitsch interesante para algunos proyectos. No obstante, la historia parece decirnos que aquí nadie custodia la verdad absoluta.

Fotos de familia

La famosa democratización de la fotografía tiene, en realidad, varias fases, acompañadas de varios hitos tecnológicos. Los usos sociales de la imagen fueron asimilando la técnica, cada vez más asequible en costes y conocimientos, y ampliaron exponencialmente su difusión.

Retrato de Morando, bailarín de la Ópera, con otro bailarín, Nathan. Tarjeta de visita (frontal). Impreso en papel a la albúmina. 1860-1890. Fotografía de Disderi & Co París, museo Carnavalet.

En 1854, André Adolphe Eugène Disdéri patenta un sistema de positivado múltiple que abarata los costes; las fotografías pasan de ser un producto exclusivo a ser tendencia. Es el comienzo de un rito social donde mostrar(se) y compartir desempeñan un rol fundamental. En verdad, no hubo mejor tarjeta de visita para todo lo que ocurrió después.

En su afán por conservar su legado, el ser humano ha dado forma a todo tipo de colecciones: su afán completista y cierta estandarización comercial terminaron por configurar un contenedor de fotografías encuadernado en formato libro. El paso de la imagen única al álbum fotográfico fue una consecuencia natural que acabó por reclamar su hueco en cada hogar.

Paradójicamente, esta manera de entender la narrativa fotográfica, uniendo unas imágenes con otras bajo un hilo argumental común, es una excelente práctica artística. Obviamente el concepto de serie fotográfica o el contemporáneo fotolibro no nace per se del álbum familiar pero sí ejerce una poderosa influencia. Si queremos rebobinar hasta encontrar el culpable quizás sea el cómic –en su forma más primaria– quien tenga el honor de marcar las bases visuales del arte secuencial. Una disciplina artística, también de consumo masivo, que ahora surge con especial interés en sinergia con el medio fotográfico.

Primera edición del catálogo original de la exposición The Family of Man, 1955 © Valentín Sama

En un salto temporal digno de película de ciencia ficción –somos conscientes de que este es un relato tan parcial como cualquier otro– la fotografía humanista emerge como un salvavidas al que agarrarse en mitad de la tempestad para dar testimonio de la dignidad humana allí donde más se necesita: el periodo de entreguerras y, en especial, tras la Segunda Guerra Mundial. El mundo, saturado de imágenes provenientes de la guerra y sus consecuencias, anhelaba otro horizonte. Un espacio de reconciliación donde imaginar que la vida fuera posible. Partiendo de esta premisa, en 1955 una exposición marcó un hito histórico: el mayor ‘álbum familiar’ creado hasta la fecha bajo un objetivo único, la esperanza.

La arriesgada propuesta expositiva de The Family of Man fue obra del arquitecto Paul Rudolph © Rolf Petersen / The Museum of Modern Art Archives, 1955

El descomunal proyecto The Family of Man tardó más de cuatro años en gestarse; el reto no era para menos. La exposición, a cargo del polivalente Edward Steichen –en aquel momento director del departamento de fotografía del MoMA–, procesó cerca de 10.000 imágenes. Un enorme cuello de botella que dejó como selección final aproximadamente 500 fotografías. La convocatoria internacional recogió las propuestas de 273 fotógrafos/as de 68 países diferentes, la primera muestra de estas características que no estableció distinción alguna entre profesional o aficionado.

Interior del catálogo de la exposición The Family of Man © Valentín Sama

La exposición, reconocida como una de las muestras más importantes de la historia, se inauguró el 24 de enero de 1955 en el MoMA de Nueva York, itinerando después por todo el mundo: Alemania, Japón, Sudáfrica, India, México, Rusia, etc. Tras su restauración en los noventa, fue puesta de nuevo en circulación dentro del circuito expositivo internacional hasta terminar instalada de manera definitiva en el castillo de Clervaux, Luxemburgo –país natal de Steichen–. Desde 2003 forma parte del Programa Memoria del Mundo de la Unesco.

Compartir para recordar

El legado de The Family of Man es contundente: nos unen más cosas de las que nos diferencian y éstas últimas además son nuestra riqueza y biodiversidad. Las 37 temáticas de índole universal planteadas en la exposición –el nacimiento, la familia, el trabajo, etc.– transgredieron todas las barreras para aportar nuevos rostros bajo una mirada única.

© jelens26 / Huawei Next Image 2020

Antes de la ‘era internet’ y de las omnipresentes redes sociales, el sociólogo francés Maurice Halbwachs establecía el concepto de memoria colectiva. Simplificando al extremo: podríamos entender nuestros recuerdos como una colección de fotografías borrosas que son reveladas en el presente, en el acto de rememorarlas, compartirlas en sociedad.

© Mokolayt / Huawei Next Image 2020

Internet, la fotografía digital y especialmente las redes sociales amplificaron la democratización de la fotografía y sus usos hasta límites nunca vistos. Jamás –y esta palabra quedará obsoleta el mismo día de su publicación– hemos tenido más registros fotográficos por segundo. Ante tal magnitud de información parece difícil distinguir la calidad del contenido: topamos con el ansiado engagement que los gurús del marketing digital buscan como piedra filosofal posmoderna que convierta todo contenido en oro.

© Melvin / Huawei Next Image 2020

La hemos mentado en varias ocasiones pero preferimos repetirnos aunque sea por última vez: ‘la tecnología no es buena, ni mala, ni neutral’. La primera ley sobre la tecnología de Melvin Kranzberg expone a la perfección el marco ético sobre el cual se asientan los efectos de las redes sociales.

© Jan Marlo / Huawei Next Image 2020

Aun con esta masificación visual, existen vínculos que, por universales, parecen atemporales. En tiempos tan complejos como los que estamos viviendo las imágenes que llegan a nuestras retinas apelan a las mismas sensaciones que hace 65 años, ese pilar compartido que todo ser humano expone con una mirada, un grito o un gesto contenido.

Huawei Next-Image 2020

Quizás esta sea la forma más extraña –y honesta– para presentar un concurso; quizás este presente también sea lo suficientemente atípico para reconsiderar todas nuestras rutinas. Ojalá todos salgamos reforzados de la experiencia. La convocatoria internacional Huawei Next-Image viene celebrándose desde hace años con una excelente acogida. La presente edición se ve inmersa –irrevocablemente– en mitad de una pandemia mundial sin precedentes, lo que ha configurado inevitablemente las imágenes que la componen, añadiendo una capa de significado y actualidad a las temáticas oficiales: retrato, diferentes perspectivas, fotografía cotidiana, fotografía nocturna, secuencia con historia y cortometrajes.

© anónimo / Huawei Next Image 2020

Algunas cifras nos ayudarán a dimensionar la magnitud del proyecto y los esfuerzos realizados por la organización. En la edición de 2019 se presentaron 520.000 imágenes de más de 150 países y regiones diferentes. Un total de 50 subcampeones y 5.000 obras que se expusieron en la pasada edición de Paris Photo.

© Mark08 / Huawei Next Image 2020

Hasta finales del mes de julio puedes participar subiendo tus imágenes a su página oficial, donde constan en detalle todos los términos y condiciones. También puedes hacerlo directamente, etiquetando desde Instagram las imágenes que se enmarquen dentro de las seis categorías mencionadas con el hashtag #HUAWEINextImage. Todas las fotos candidatas al concurso tienen que estar realizadas con un terminal Huawei y se admite la edición digital de los archivos o vídeos presentados mediante aplicaciones de terceros.

El primer premio está valorado en 10.000 $. En progresión, los múltiples premios por categorías están valorados en 1.000 $. Los cincuenta finalistas y las cinco menciones de honor recibirán el terminal buque insignia de la compañía, el Huawei P40 Pro, incluido también en las dos primeras categorías como aportación adicional a la compensación económica.

Es probable que la presente edición supere en todos los términos a la anterior, sobreponiéndose contra la adversidad. No podemos dejar de pensar que detrás de esas miles de imágenes hay una persona, como nosotros, como vosotros. Una oportunidad excelente de realizar ese cruce de miradas con el que compartir y recordar que dentro de este mundo globalizado e hiperconectado nos siguen uniendo más cosas de las que nos separan.

Sí, acabas de leer un contenido promocionado por Huawei España pero no es un anuncio cualquiera. Todos nuestros acuerdos comerciales se establecen bajo un marco ético donde la publicidad, además de rentable y necesaria para nuestra supervivencia, ha de ser interesante y coherente para nuestra audiencia.

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