David Bowie moría el pasado lunes dejando una extensa carrera, un enorme repertorio musical y unas cuantas reinvenciones de sí mismo. Un trozo de historia capital de nuestra cultura moderna se va con el mago de ojos bicolor.

Algunas versiones de Bowie deberían haber entrado en museos de arte contemporáneo para poder ser expuestas y vistas por las nuevas generaciones. Así era Bowie, un espécimen diferente y aparentemente ajeno al mundo. No hay nada gratuito en todas las veces que alguien le ha llamado extraterrestre.

David Bowie
Bowie tenía mil caras. Todas amaban la plasticidad, la misma que se impregnaba en su música.

La idolatría y el fenómeno fan se fundamentan en un vínculo personal y afectivo que introduce al ídolo en el entorno. Así ocurre que algunos cantantes o actores o gente diversa de la farándula acaban siendo como tu madre porque les ves en la televisión casi más que a ella.

Pero con la música es diferente. La música remueve y compacta sensaciones a los que nuestro cerebro da pátina de maneras muy concretas. Algunos tipos como Wagner o Johannes Brahms afirmaron conseguir creer en la raza humana gracias a que ellos eran capaces de crear música de sí mismos. El ser humano, ese ser capaz de crear los centros de concentración y la séptima sinfonía, lo peor y lo mejor.

En directo Bowie no defraudaba. La colaboración con Mercury pertenece ya al olimpo:

La música salva al hombre de deshumanizarse. Alex Ross, en su ensayo imprescindible sobre la música de nuestro siglo El ruido eterno, hace un recorrido por la música del siglo XX en todas sus vertientes, desde los grandes conciertos de música clásica o rock en enormes estadios pasando por las cantadillas que los soldados estadounidenses silbaban antes de dar con sus huesos en la playa de Normandía. Ross nos cuenta cómo los presos de los campos de concentración entonaban canciones al amanecer para tratar de limpiar en lo posible sus espíritus y tratar de levantar el ánimo ante el nuevo día. Viktor Frankl, el mítico psiquiatra que pasó por varios campos de concentración y contó sus experiencias en El hombre en busca de sentido afirmaba que la mayor pretensión de los adultos era hacer cantar a los niños porque sus canciones les recordaban a todos que seguían vivos.

David Bowie en Hammersmith Odeon
David Bowie en concierto Hammersmith Odeon durante la gira de Ziggy Stardust

La música tiene la capacidad de envolvernos de diferentes maneras entrándonos hasta la cocina, tocándonos las fibras más escondidas de nuestra psique. Puede que por todo ello el salón de nuestra casa se transforme cuando suena nuestra música favorita. Nuestro salón. Nuestra música. Y nuestro cantante. No es difícil que David Bowie haya estado en los salones de medio planeta, comiendo y cenando con centenares de miles de personas.

Su pérdida la han sentido los que han visto en él una reivindicación vintage de la moda, un sentido cool de mostrarse. Sus reinvenciones físicas iban acorde con el tiempo y su propia música. Al fin y al cabo, dicen que el aspecto de uno deja reflejado lo que guarda en su interior. Su imagen atravesó períodos de fervorosidad que iban de la mano de su música en ese momento. El los últimos años le hemos visto en posters y camisetas como si sus versiones de sí mismo siguieran activas y dando conciertos. Me cuesta ver a Ziggy Stardust en las prendas de chavalinas de 15 años sin preguntarme si han escuchado algún disco suyo. El fenómeno fan a veces tiene eso, que no reconoces a tu ídolo en la camiseta de otro que no seas tú. Pero esto, a su vez, demuestra una vez más hasta dónde llega el mainstream y las capacidades visuales que la figura de Bowie contiene.

David Bowie a finales de los 70
Bowie el tenía físico propicio para hacer emanar todas sus máscaras

Si han visto Las ventajas de ser un marginado (2012) recordarán la canción Heroes como columna sentimental que vertebra la película y a sus protagonistas. Stephen Chbosk, su director, tuvo como handicap mantener la posibilidad de que la canción se incluyese en la cinta sin que adoleciese el presupuesto. Cuando éste no permitió que la canción pudiera incluirse en la película, se bajó el sueldo para conseguirlo. Es un ejemplo de que las generaciones crecidas con una banda sonora tienen la imposibilidad de desligarse sentimentalmente de ellas. El cerebro tiene mecanismos para asociar los olores y los sonidos a nuestros recuerdos a no ser que, con ayuda del martilleo de la repetición, podamos desligarlos de algún modo. Bowie era el uno de los últimos que podían decir haber ligado a generaciones en su música, haber participado de la transición, quizá en la misma forma en la que él, como una oruga, se había poco a poco metamorfoseado en otra cosa que quería parecerse a una mariposa.

Heathen, en 2002, representa todo lo que Bowie iba a ser durante esta década. Intenso y rompedor de arriba abajo:

Sin ánimo de hacer un repaso que bien pudieran hacer ustedes, lectores, con solo un click en internet, sí lleva a recibo nombrar unos cuantos hitos que merecen la pena nombrar, como su alter ego Ziggy Stardust y su irrupción en el mundo como un androginismo musical nunca visto. O como Space Oddity, su epopeya rock espacial, un disco repleto de nostalgia teñida de luces y brillos pop. Sus colaboraciones con Jagger o Mercury. El Diamond Dogs, un disco resuelto que junto con Hunky Dory le alimentó como mito visual. Los ochenta y sus discos más desprendidos como Lets dance! o Scary Monsters y alguno más que debieran escucharse con la sapiencia de su contemporaneidad. Durante finales de los ochenta y principios de los noventa tuvo algún disco que parecía perder la fuerza en cuanto sonaba –entiendan que la espera de discos suele traducirse en años y uno siempre pretende encontrar la mejor versión–pero llegaba a desprenderse del personalizado camino por el que felizmente transitaba. Su estancia con Tin machine y lo extraño que resulta escucharles hoy. Sus ‘renacimientos’ con discos que pasaron de puntillas pero que decían en qué se estaba convirtiendo como 7 days o la joya Heathen. Y tantísimos otros hitos que me dejo por no ampliar más esa lista que si rebusco resulta interminable.

Bowie en el Live Aid de 1986
Véanle en directo. Mírenle moverse, cantar, girar la cabeza y hacer saltar su flequillo. Si tienen la oportunidad, háganlo. Live Aid Concert 1986

En el documental reciente de la BBC llamado 5 Years, Bowie aparecía como un joven delgado y enjuto de gesto a veces absurdo. Su pretensión es nada menos que la de rodearse de artistas negros y cantar en los mismos círculos en los que ellos cantaban blues, funk o soul. Ante todos los prejuicios de dichos círculos, Bowie acaba por aprender y tomar conciencia de que no era demasiado blanco para cantar como los negros. Así se podría resumir parte de la personalidad del cantante y su pretensión por llegar a ser lo que deseara. No hace falta fijarse en él demasiado, ni observar con detenimiento las veinte veces que cambió de look o toda la tipología de música que tocó ligera o ampliamente, para darse cuenta pronto de que este hombre, hasta el final, ha hecho lo que le ha dado la gana.

David Bowie en Blackstar
Una de las fotografías promocionales de Blackstar, su último disco. Y por ende, una de las últimas veces en las que fue grabado.

Sus últimos trabajos han sido más rompedores, más guitarreros, con más mensaje político, y quizá más oscuros y de cierta madurez crepuscular. Hablan de soledad, del descreimiento, de la ausencia de fe, de sentirse vacío, del desapego con la actualidad, y de buscar de nuevo las sensaciones más básicas como el amor y la compañía.

Bowie en Dentro del laberinto
Dentro del laberinto (1986), dejó a una generación tratando de mover bolas de cristal entre las manos. Bbpc archives

Los dos últimos, sobre todo, daban brillo al crédito de que nadie se ha atrevido a negarle. Mostraban a un Bowie maduro cuya música era de sencilla ingestión y absolutamente nada facil en su fondo. Aún con su enfermedad a cuestas no podía conformarse más que con hacer lo que le diese la real gana, y hacerlo bien, con pasión y efectividad, como solo pueden hacerse bien las cosas. Hace poco hablaba con un amigo y gran melómano sobre Bowie, y escuchándo su último trabajo, dijo :«No hay nadie hoy en día que haga lo que hace él«. Al filo de los setenta. 

Su último single, ‘Lazarus’, parecía adivinar en su letra un adiós definitivo:

Llegados a este punto, echando la vista atrás, podríamos tratar de vaticinar, a modo de respuesta a nuestra necesidad de buscar ídolos, quién queda que realmente pueda suplir el hueco dejado por Bowie. Pero él, en su especial caso, nos deja atónitos ante tremenda realidad. Que en Bowie no hay repetición, que de nada hay igual en otro, que su unicidad da mucho más volumen y peso a la palabra único, porque la originalidad no cambia de manos.
No podemos dejar de lamentar el hecho de que lo peor de que se vayan personalidades tan grandes y geniales como Bowie es que no hay nadie en el banquillo. No tenemos recambios para los genios. Adiós, extraterrestre.

       

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