Vivió veinticinco años y dio de sí tanto como le permitió su vida disoluta. Ilustró multitud de obras, se convirtió en un icono y formó parte del círculo de amistades de los artistas más importantes del art nouveau de su época.

Poca gente sabe que Audrey Beardsley (Brighton, 1872- Mentón,1898) creció en una casa compartida con otras dos familias. Los miembros familiares que formaban aquella enorme casa formada por tres núcleos de los mismos estaban destinados a llevarse bien en aras de una convivencia pacífica. Bradsley aprendió lo que era tener varios padres y muchas hermanas, sobre todo hermanas. Vivió rodeado de mujeres de todas las edades y no en vano su obra refleja la poderosa impresión a la que le llevó verlas crecer junto a él, desde su más tierna infancia hasta contemplar los cambios que la pubertad ejercía sobre sus cuerpos.

Tanhaussen ilustrado
Los cuernos, los trajes que mostraban desnudeces, y demás atrezzo circense eran parte de muchas de las protagonistas de sus ilustraciones

Fue un período corto de tiempo pero el suficiente como para impresionar al joven Audrey de por vida. Su padre, Vicent, un hombre hecho a sí mismo, un médico afortunado que perdió su fortuna, consiguió a pesar de todo mantener en su apellido la etiqueta que le daría acceso a la alta sociedad. Su mujer y madre del artista contribuyó a la economía familiar dando clases de piano. Y el joven Audrey creció en un ambiente relativamente tranquilo, dentro de que los cambios de hogar se producían cada poco tiempo.

Tannhauser de Beardsley
Los seres extravagantes y las líneas finas y limpias eran una característica indivisible en Beardsley

El primer ataque de tuberculosis le golpeó con solo nueve años. Eso debería darnos una idea de cómo sería su vida hasta el final. Era un muchacho enfermizo, con una fragilidad física que le provocaba guardar reposo apenas pillase un resfriado. Su estado físico no llegó a obsesionarle pero sí le tuvo en jaque constantemente. Su cuerpo era enjuto, huesudo y delgado. Compararse ante las mujeres que él veía y dibujaba, rebosantes de robustez y vida, les hacía dibujarlas así, desligándose del equilibrio, haciéndolas en ocasiones desproporcionadas, con miembros largos y grandes alturas.

Su padre murió y su madre resolvió mudarse cerca de un hospital para que pudiesen tratarle con brevedad sus ataques de tuberculosis. Ante el agravamiento de estos, su madre contrató a una enfermera que le acompañaría el resto de su corta vida.

fotografía de Aubrey Beardsley
Su imagen plegada a su contemporaneidad escondía un muchacho enfermizo e inseguro

Alguien le aconseja sabiamente que estudie dibujo y que se dedique a él de manera profesional. Tras hacerlo comienza sus primeros pinitos hasta editar su propia revista Yellow book, que pronto alcanzaría fama entre los círculos artísticos relacionados con el art nouveau.

A los dieciocho años conoce a Oscar Wilde y a partir de entonces el trabajo de Beardsley se dispara, tanto en producción como en calidad. Posiblemente la publicación de la Salomé (1894) de Oscar Wilde con sus ilustraciones constituya un hito en cuanto a la tradición modernista ilustrada, por su trascendencia, sus directrices visuales novedosas y el revuelo que levantó su edición. En primer lugar, los círculos más ortodoxos les revolcaron por el fango sacando trapos sucios de los autores –Wilde y Beardsley eran homosexuales– y en segundo lugar las ilustraciones llamaban a detenerse en ambiciosas formas y detalles. El grabado, como blanco y negro luminoso, replegaba el figurismo y la parcialidad para estilizarlo y darle formas que integraban los temas de forma sublime.

Dibujo de Beardsley
Las mujeres de Beardsley reciben en sus ropajes todo el ornamentismo rococó posible

Ocurre igualmente en otra de las perlas que Beardsley se atrevería a ilustrar; Madame Bobary. La obra de Flaubert rompe con la cercanía del realismo sin dejar de serlo, el tema emerge de algo desconocido; la autonomía de la mujer como activo de su propio destino. Así, Breadsley no deja de impregnar de onirismo sus dibujos y  hace que Bobary contenga una enigmática aureola que choca con la frontalidad de la historia de Flaubert.

Valentina, de Guido Crepax
Valentina, de Guido Crepax, pone en juego muchas de las líneas visuales y las posibilidades eróticas de la obra de Beardsley

Llegado a este punto tenemos que destacar el giro temático que supone las ilustraciones de Manon Lescaut, adaptación de la ópera homónima, o las del mito de Tannhäuser o la adaptación de Tristán e Isolda, que toman las premisas temáticas de Salomé llevándolas un paso más allá. A partir de aquí Beardsley parece sentirse más cómodo. El mundo de la fábula y la mitología le dan pátina para llevar sus ilustraciones a un campo en el que éstas resultan creíbles en el entorno en el que están contadas las historias. Aparece el onirismo y lo envuelve todo, y la épica lírica de los textos trasciende a sus ilustraciones de forma totalmente natural.

Isolda según Beardsley
Oscuridad y la blancura de los hombros y el pecho de las mujeres en Tristán e Isolda

Aquí, en esta etapa, se refuerza la selección de obras de protagonistas femeninas con enormes capacidades resolutivas. Todas son fuertes, sexualmente icónicas, de arrestos contundentes y con una ligereza y duelo mental que amaga puntos de la narración con volverlas locas o empujarlas a realizar actos alejados de lo que resulta normal para ellas.

Todo lo contrario que Beardsley había tenido durante su vida para sí mismo. Hace poco unos papeles mostraban las caricaturas que el artista hacía durante su estancia en la Grammar School de Bristol. La mayor parte de ellas las realizaba a una sola mujer, una profesora quizá o alguien del personal de la escuela, y ya anticipaban su predilección por perfiles femeninos con capacidades que entonces se tildaban como masculinas. En su obra aparecen esas mujeres con el pelo largo, las manos grandes, con un erotismo manifiesto. Pero así mismo, en ellas está la melancolía presente. Un patetismo grotesco, con posturas demoníacas, siniestras y macabras, con gestos alarmados y tremendistas.

Edgar Allan Poe visto por Audrey Beardsley
Edgar Allan Poe visto por Audrey Beardsley

Parte de las características menos ensalzadas de la obra de Beardsley es su sentido del humor. Lo macabro, a veces, resulta ser lo más vívido de sus dibujos, y el contraste se equilibra con el humor saliente de lo que resulta, en el fondo, tener poca gracia. Wilde decía de él que cuando le conoció solo veía una «sonrisa de un humor terrible«.

Hoy vemos la obra de Aubrey Beardsley reflejada en multitud de artistas, y no podemos dejar de recordarle y hacer pasar nuestra mirada por una enorme cronología de influencias, desde autores modernos como Guido Crepax o Milo Manara hasta artistas relevantes del simbolismo, el modernismo europeo o el simbolismo de ambos lados del océano.

       

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