La irrupción de la fotografía en la sociedad europea del siglo XIX supuso una verdadera revolución que transformó la percepción de la realidad que tenían los individuos y, en consecuencia, también la expresión artística. En pocos años, este nuevo prodigio evolucionó a una velocidad frenética y, desde los daguerrotipos primigenios (1839) a los primeros carretes Kodak (1888) los cambios tecnológicos se sucedieron de forma vertiginosa al tiempo que corría paralela la implantación social del uso de esta técnica. Diversos documentos atestiguan este complejo proceso y, como muestra de ello, queremos aportar un texto que nos ofrece un punto de vista complementario, en este caso, de orden literario y moral.

En 1890 apareció la obra más conocida del padre Luis Coloma, la novela Pequeñeces; se publicó en El mensajero del Corazón de Jesús, una revista de inequívoca orientación religiosa editada por la Compañía de Jesús en Bilbao pero con una amplísima difusión por España e Hispanoamérica; la obra se editó inicialmente como los folletines tan en boga en esa época, en entregas mensuales y, al poco, se recogió ya como libro convirtiéndose en uno de los éxitos editoriales más importantes del fin de siglo. La novela gozó del favor del público durante décadas y ya a mediados del siglo pasado, en 1950, se adaptó al cine –con el mismo título, pues este seguía siendo un buen reclamo comercial–, en una de las más celebradas producciones de Cifesa, una genuina superproducción de la época dirigida por Juan de Orduña e interpretada por Aurora Bautista y Jorge Mistral.

Programa de mano de la adaptación cinematográfica.
Programa de mano de la adaptación cinematográfica. archivocine.com

Dentro de la historia de la literatura, Pequeñeces se inscribe en un tardío naturalismo combinado con una notable dosis de ideología cristiana; la mezcla de conceptos tan aparentemente contradictorios no era extraña en la narrativa española, pues doña Emilia Pardo Bazán, uno de los pilares de la novelística española del XIX, la había defendido y practicado en sus textos críticos y en sus obras de ficción. Sea como fuere, esa historia de la literatura que antes mencionábamos ha sido injusta con el padre Coloma y con Pequeñeces pues siempre la ha clasificado como una obra menor, representativa de la literatura más conservadora y lastrada por una excesiva carga moralizante. Como dijo en su momento Juan Valera, con demoledor juicio frecuentemente evocado, «La novela hubiera sido mejor sin ser sátira, y la sátira mejor sin ser novela, y el sermón el retemejor si no hubiera sido ni novela ni sátira

En todo ello hay algo de injusticia porque si bien el texto es, sin ningún tipo de duda, una obra de tesis, conservadora, ultracatólica, reaccionaria y apologética, no es menos cierto que nos ofrece un extraordinario retrato de la aristocracia española y de la high life matritense de la época, brilla por su capacidad de dibujar unos personajes de excepcional fuerza y carácter –Currita Albornoz, la protagonista, una taimada y degradada condesa que poco tiene que envidiar a la malvada Milady de Winter– y, por si todo ello no fuera poco, sorprende por la presencia de un agudo sentido del humor  de considerable modernidad –y crueldad–.

Si traemos a colación todo ello es para comentar un breve pasaje de la novela donde la fotografía adquiere un inusitado protagonismo. La acción de los  capítulos iniciales se sitúa en los primeros meses del breve reinado de Amadeo de Saboya, en 1871, y en el fragmento seleccionado se nos presenta el momento en que Currita Albornoz atiende el requerimiento de su marido, el marqués de Villamelón, quien expresa su deseo de llevar a los hijos de ambos hasta el estudio fotográfico que este tiene montado en el palacete donde viven; el anhelo de retratar a sus niños con los diplomas académicos recibidos a final de curso parece despertar en el padre ese deseo artístico.

Mas Currita sólo vio en todo aquello un capricho de niño voluntarioso, y entre caricias y reflexiones, halagos y amenazas, intentó persuadir al niño a que se dejara hacer el retrato: cedió este en la apariencia, y Currita subió con ambos niños de la mano a la espléndida cabaña en que tenía el marqués de Villamelón su taller fotográfico.

Porque el ocio, esa gran pesadumbre de los grandes, que en vez de lágrimas tiene bostezos, había despertado en el ilustre prócer y guerrero invicto la afición a la fotografía, no encontrando en él la aptitud necesaria para el cultivo de otras artes más elevadas. Comer, beber, dormir y retratar a todo bicho viviente que cruzaba ante la magnífica lente de su cámara oscura eran las útiles tareas que llenaban y aun hacían rebosar la vida de aquel ilustre prócer, a cuyos abuelos cabía tanta parte en las gloriosas empresas de la antigua España.

Acudió, pues, Villamelón presuroso, como siempre, a la menor indicación de Currita, envuelto en su fresca bata escocesa, que apenas le pasaba de la cintura; venía con él uno de esos magníficos perrazos de Kamschatka, de un blanco amarillento, que arrastran en su país pesados trineos, y había sido el paje continuo de Currita en una larga temporada en que le pareció muy espiritual hacer grandes excursiones a caballo.

Villamelón comenzó al punto a preparar la máquina con sus dedos manchados de nitrato de plata, y Currita disponía mientras tanto el artístico grupo en que habían de retratarse los niños. Colocóse en el centro un gran sitial gótico, preciosa joya arqueológica y artística, y hundidos en él ambos niños y estrechamente abrazados, habían de aparecer examinando juntos el diploma de los premios, un exacto facsímile de una bellísima miniatura del siglo XV; tendido a la larga ante ellos, Tock, el perrazo amarillento, apoyaba el hocico en el rojo almohadón de terciopelo en que descansaban los pies de los niños.

El pasaje, correspondiente al capítulo V de la primera parte, nos ofrece detalles sugerentes sobre la ejecución de la fotografía; el uso del nitrato de plata, la creación de un artístico grupo de claras reminiscencias pictóricas –con una pieza arqueológica en el centro y un enorme perro a los pies de los niños–, la preparación de la máquina oscura con su magnífica lente, la existencia de un verdadero taller fotográfico en una espléndida cabaña… Igualmente nos documenta un nuevo hábito social, la necesidad de retratar a todo bicho viviente, en este caso, a los niños con sus diplomas estudiantiles, para dejar así constancia de la pequeña historia doméstica de las familias de la alta sociedad.

Pero yendo más allá del interesante valor documental del pasaje, queremos subrayar la lectura moral que subyace en el texto; el marqués de Villamelón es, a lo largo de la novela, un botarate, un noble ocioso y simplón, un cornudo que desconoce su condición mientras el todo Madrid sabe del carácter licenciosos de su esposa, Currita, que lo maneja como a un títere. En este contexto, la fotografía, a ojos del narrador –que no difiere mucho, al menos en la ideología, del padre Coloma-, es un capricho más de este noble que quiere ejemplificar a esa clase aristocrática que se critica ferozmente en Pequeñeces porque no asume sus responsabilidades sociales, morales y políticas. El ocio –y sus hijos, los bostezos–, despierta la afición del Marqués a la fotografía, entre otras razones, porque en ella no hacen falta aptitudes para el cultivo de otras artes más elevadas; de hecho, en una retahíla mordaz, el autor evoca las actividades del Marqués: Comer, beber, dormir y retratar. Todo ello en un orden revelador donde lo más sencillo parece, precisamente, el retrato fotográfico.

Según el padre Coloma, la fotografía es manifestación de la ociosidad de una clase degenerada, un divertimento vacuo y banal que exige un complejo entramado tecnológico –laboratorio, cámara, escenario, productos químicos– pero que está al servicio de los caprichos de una clase improductiva  e irresponsable. En manos de la nobleza, el invento se degrada y se convierte en una atracción de feria; el autor plantea, de forma indirecta, el debate sobre el mal uso de los avances de la técnica y las consecuencias morales –o inmorales– de su incorrecta utilización. La precisión del novelista naturalista –que debe mucho, en el uso de la impasibilidad narrativa, a la fotografía– permite llevar a cabo un detallado retrato de la realidad. En él se nos muestra el complejo proceso de implantación de la tecnología en la sociedad española, sus características y las valoraciones morales generadas a partir de ello; es solo un apunte, una pincelada minuciosa, una mirada personal de un brillante clérigo retrógrado, pero al mismo tiempo un jugoso documento sobre la historia de la fotografía en nuestro país.

A modo de apéndice

Aunque Pequeñeces es la gran novela del Padre Coloma  y, como hemos dicho, disfrutó de un notable éxito en su época, lo cierto es que su obra más célebre fue un cuento infantil, Ratoncito Pérez.

Placa conmemorativa que, en Madrid, recuerda al Ratoncito Pérez. Wikipedia
Placa conmemorativa que, en Madrid, recuerda al Ratoncito Pérez. Wikipedia

Escrito en 1894 a petición de la reina María Cristina y dedicado a su hijo, el futuro rey Alfonso XIII, que contaba ocho años de edad, el cuento tuvo una extraordinaria popularidad y el protagonista ha pasado a formar parte de la mitología popular infantil hasta nuestros días. La historia retomaba un personaje popular ya preexistente, pero lo cierto es que esta formulación literaria fue la que le dio la forma definitiva; una placa en la calle del Arenal nº 8 de Madrid, donde estaba la pastelería Prast, recuerda el lugar donde el padre Coloma señaló que vivía tan singular roedor.

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