El fenómeno Trump orbita alrededor de algunos tips visuales que hacen de él un acontecimiento político como hacía mucho que no veíamos. La violencia, en su extensión más amplia y más profunda, está en las imágenes que los medios nos hacen llegar de Donald Trump.

Donald Trump
Esta fotografía de un enervado Trump recoge muchas de las características que han hecho de su imagen un icono. La boca sugiere una «F» en los labios que podemos imaginar que el fotógrafo tuvo en cuenta cuando seleccionó la imagen. Fuente businessinsider

Trump es absolutamente «memizable«. No se le ha escapado a nadie, ni a la televisión y a la prensa. No sabemos cuáles son las características para que la imagen un personaje sea tan propicia a entrar en la burla –podemos suponerlas–, pero entendemos que los excesos, el extremo de sus movimientos, su gestualidad, y cómo toda ella se hilvana con su pensamiento político. Donald Trump tiene todas esas características. Pero además, entra en la vertiente de pensamiento que aquellos políticos –y actitudes políticas–de falso nuevo cuño pretenden adherir a su causa bajo signos convencionales. La facilidad de arraigo, en algunos casos como este, de la violencia visual, trasciende –y hace que chirríe– la normalidad política. Sin que exista una realidad violenta a su alrededor –que más de uno dirá que la hay–, las imágenes de Trump entrañan y significan violencia.

Donald Trump
Trump en un encuentro con motoristas. Fuerza y motores a todo trapo. DonaldTrump.com

Los memes de otros, como Obama o Hillary Clinton no expresan el desencajo y la cercana brutalidad de los gestos y de los rasgos burlescos. Ahí estriba también la inteligencia de los boicoteadores de imágenes, de los caricaturistas. Como Peridis decía: «para hacer una caricatura solo hay que fijarse en lo que más destaca del caricaturizado». No ya su mandíbula prominente y su cabeza o cuerpo exagerados. Su pensamiento destaca por encima de su imagen física.

Una de sus particularidades verbales se explaya en sus imágenes. Trump no se calla, opina de todo, tiene absolutamente una opinión para cualquier cosa. Para que las fotografías recojan eso no hace falta más que hacer una pequeña búsqueda en Google con el nombre de Trump. Sin olvidar que a Obama le ocurrió lo mismo pero en el sentido político contrario. Aquí la fotografía es una bomba de racimo.

Donald Trump
En pleno debate. Ocupa un enorme espacio físico y sus vestimenta, colores, pelo y gestos hacen de él un animal que violenta a su exterior. Debate Feb 2016 DonadTrump.com

Sin excesos, el futuro en política se viste tan pronto como se desviste el pasado. Ya hay agoreros que dicen que Trump, de llegar a presidente, sería otro Nixon. Y por otra parte están la mayoría, que auguran, desde hace tiempo, que no llegaría a las primarias y que no saldría reforzado del SuperMartes. Y ambos se equivocaron. Aún así, los periódicos más importantes de signo centro/izquierda siguen manteniendo poco mas o menos que es una imposibilidad lógica que Trump llegue a presidente.

Casi hay tribulaciones por si Trump es un enviado de algún dios que se empeña en jugar a juegos de azar con la política estadounidense. Pero lo que es, realmente, no es más que un reflejo de un pensamiento concreto, con ideas muy especificas, acerca del lugar del norteamericano en el mundo. Y sobre todo de su lugar en Norteamérica.

No vamos a entrar en cuales son los puntos más discutidos –y discutibles–de la política republicana –¿en serio republicana?– que Trump lleva a niveles de excepción. Pero sí queremos hacer hincapié en cómo su imagen se muestra al mundo conforme a su visión del mundo. La afabilidad de su sonrisa y ciertas formas y maneras en sus facciones y gestos predisponen en una aventurada situación que la morfopsicología se atrevería a calificar de muy de derechas. Pero no vamos a caer en la disputa de quienes toman esta disciplina como agorera y cuestionablemente prejuiciosa, y nos vamos a detener en lo que es la punta de toque de la política de Trump y lo indudable de su utilización; la violencia.

Richard Nixon
Nixon recién elegido presidente 1969 (APPhoto/File)

Entiéndase esta violencia no como una acción física real o una pretensión de predisposición al espectador a la misma. Sino como lo que envuelve su discurso resulta ser excesivamente sencillo de extender y de poner en las esquinas de un marco fotográfico. Y de categorizar. El arreglo que Trump hace con su política conservadora es la capacidad de categorización que tiene para con todo lo que pueda meter en bolsitas y poner etiquetas. Los mexicanos, los árabes, la fragilidad de la paz en oriente, los desajustes del FMI… de todos los temas, Trump ha opinado con contundencia sin conseguir caer en el medio de ningún lado, tan solo salir por un extremo habiendo entrado por el contrario. Cuando se ven sus imágenes se da por hecho que es así, que Trump no conoce grises. Su política rompe, divide, estigmatiza y segrega, a través de todo el empaque de su poderío visual.

¿Cómo es capaz de trasmitir la fotografía un pensamiento político concreto solo con actitudes, gestos y una cara tan ampliamente voluble como la de Trump? La capacidad de empatizar con el estado de ánimo de Trump es sencilla solo partiendo por ahí, pero la actitud más importante para predisponer al espectador en su piel es lo que parece que se trabaja delante del espejo; el desafío. Las reivindicaciones políticas se activan mediante el desafío, sin llegar a la amenaza, ante la posición de superioridad y seguridad que establece alguien capaz de desafiar. En política, el desafío implica ser capaz de desafiar y contestar a una posible respuesta al desafío con datos, hechos y capacidad y oratoria política. A Trump no le hace falta, él desafía, lanza el guante, pero olvida el resto, ni da crédito a la contestación de su interlocutor, sea quien sea. Lo importante es que ha sido capaz de desafiar y que lo ha hecho. Y, por otra parte, su imagen es reivindicadora, aunque no tengamos certeza de qué es lo que reivindica hasta que no escuchemos su discurso. Las identidades políticas sirven de trampolín para la reivindicación, y la imagen de Trump exhorta sin tapujos. Ver los vídeos de debates de Trump resulta absolutamente esclarecedor en estos sentidos.

portada Donald Trump
Las portadas de los periódicos saben las teclas que han de pulsar para hacer rezumar a Trump.

Cualquier tipología de pensamiento extremo, del signo que sea, es susceptible de ser perpetuada en forma violencia a través de las imágenes. Trump, además, lo utiliza como adherimiento al status religioso y cultural ideal al que su signo representa. La implicación de un ente gubernamental en la violencia aumenta cuanto mayor es la capacidad de un gobierno como entidad decisoria. La aspiración política de Trump le lleva a establecer la posibilidad de tomar decisiones unilaterales en debates —como la inmigración, quizá el más polémico hasta ahora en su carrera política— que tienen muchos agentes de intervención y todos ellos pasan por cuestiones meramente democráticas y de diálogo. Trump otorga ese poder a quien le vote, el poder de la decisión unilateral. Lo hemos visto a lo largo de la historia. Los ejemplos de «otorgamiento de poder» a los votantes suelen acabar en decisiones muy viscerales. Lo flagrante de Trump es la facilidad con la que se retroalimenta, la enormidad de su potencia como imagen en esos términos, en un marco de excesos, de picos de pensamiento que jamás podrán considerarse revolucionarios. En Trump hay una ausencia absoluta de revolución. Nada de él romperá nada preestablecido ni pretenderá hacerlo.

Y a esta difusión, muy sabiamente, como siempre lo han sido los medios, ha contribuido los que saben qué hay y dónde, y hasta qué punto algo puede explotarse. Solo hay que echar un vistazo a las fotografías y los videos de Donald Trump, a lo que su campaña electoral ha hecho de él. Así, aparece en toda su plenitud física, la de un hombre de enormes particularidades, sin esconder –ni tratar de hacerlo– lo icónico de su descripción, su traje, su flequillo rubio y su gran sonrisa blanca y límpida. Su parecido tremendamente embaucador en el de la tipología de un ejecutivo, político o banquero. Y he aquí el paradigma, uno más del que solo es capaz la política estadounidense, esa sociedad cuyo clímax personal parece alcanzarse solo a través de la imagen. Trump representa el aprovecharse de todo lo que ofrece esa política y esa sociedad, a través de la más implícita de las violencias.

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