Jerry Lee Lewis se presentó en casa de Elvis. “¡Decidle que estoy aquí!” Cuando alguien avisó a El Rey, éste pidió que llamaran a la policía para que se lo llevaran lo antes posible.

Una anécdota como ésta pone a tono la tremenda complejidad y derroche de energía que presentaba —sobre todo para sí mismo— Jerry Lee Lewis, el gran músico que hizo explotar el rock moderno y que sentó cátedra sobre la mayoría de los que vinieron después.

Jerry Lee Lewis
Jerry Lee Lewis en concierto. Su pose, el arqueo de su espalda y sus brazos estirados 1977, CBS

Alguien le apodó “The Killer” y el alias le vino que ni pintado para describirle. Se convirtió en un mito instantáneo. Nadie hacía lo que él hacía. Su porte, sus movimientos, su voz de alientos cortos, el virtuosismo de su piano, alzando las manos para dejar caer sus dedos con energía aporreando el instrumento. Sus letras, ceremoniosas y al mismo tiempo pícaras, jugaban con el lado más sugerente y metían a Dios de por medio, lo que le permitía no ser señalado por los círculos más ortodoxos. El flequillo dorado le caía a un lado y se movía sinuoso cuando cantaba. Algo que, no hay que negar que se le daba bien, pero que se convertía en una forma de expresarse casi marcial, con poco tiento, poco instruida y llevada a extremo. Cuando requería hacer el «falsete», Jerry dejaba su marca.

Jerry Lee Lewis tocando el piano
La forma de tocar de Lewis, desenfrenada y a veces con los pies sobre las teclas, se convirtieron en marca de la casa.

Nick Tosches, el autor de El fuego eterno, editado por Contra, aboga por una lectura rápida, de impacto, con seriedad pero que demuestra ser una biografía, concisa y sin parsimonia, pero una biografía al fin y al cabo. No esperen datos que alejen a Jerry Lee Lewis del auténtico sentido de su historia. No hay forma más abofeteada de contar la vida de alguien. De su texto se ha dicho que es “La mejor biografía de una estrella del rock de todos los tiempos”. Solo de Jerry Lee Lewis podía hacerse algo que sacase estas soflamas.

Porque tuvo tantos episodios nefastos como inabarcables giros de vuelta. Su vida fue para que Scorsesse y Tarantino se pusieran de acuerdo e hicieran su propio Kill Bill, dos volúmenes de sangre, movimientos rápidos, y sacralidad entendida como conviniera.

Por ejemplo, cuando se le acusó de pederastia por enamorarse de una muchacha de 13 años, pidió perdón y siguió adelante. Regaló a su hijo un Jeep por su decimonoveno cumpleaños que nueve días después acabó estampándose en una curva —el segundo de sus hijos en caer—. Tuvo varios matrimonios, uno de ellos de dos semanas. Escribió canciones y las rehizo mientras las grababa para desesperación de todos los que con él trabajaban. Se endeudó, endeudó a otros, sus propios músicos le denunciaron, se arruinó, ganó dinero y volvió a perderlo. El demonio, Jesucristo, la salvación, el dolor, la pena… Todo actuaba, calentado y removido hasta la ebullición, en el hombre al que llamaron The Killer.

Jerry Lee Lewis, Carl Perkins and Johnny Cash, with Elvis Presley
Jerry Lee Lewis, Carl Perkins, Johnny Cash y Elvis Presley © GaradioTV

Un «killer» que  nació cerca del Misisipi y cuya familia, hijos de la Gran Depresión, creció en la pobreza, en un lugar fangoso y agreste, un padre que trabajaba en la industria maderera día sí y día no. Este mismo le dijo una vez al pequeño Jerry que los cementerios de aquellos pueblos estaban alejados de las ciudades porque cuando el río llevaba agua podía darse que los ataúdes fueran arrastrados por la crecida. No era extraño ver flotando por el río a un hombre que había sido enterrado el día anterior.

La muerte, en toda su amplitud, significó tanto como lo que más para Jerry Lee Lewis. Su relación con ella fue estrecha y desproporcionada. La idea que la Biblia señalaba como salvación pasaba por aceptarla a su alrededor y temerla a partes iguales. Parte de la caída al interior de sí mismo se vería reflejada en su música, no la brillante y de colorido fuego —la gran bola de fuego—que acabó saliendo a tocar country, esa música que necesita de algo roto —dentro o en el pasado de uno —para ser cantada.


Escuchen el bajo. La batería sonando al mismo ritmo. Díganse a sí mismos cuántas veces han escuchado esta canción camuflada con otras letras y de otros autores, fuera de él solo había banjos y el Jazz nacía y crecía en su propia naturaleza. Éste aporreo indiscriminado es el origen de algo que viene de lejos, de los cantos chamánicos que ya predijeron, que el éxtasis de los disfraces y los bailes alrededor de la hoguera hacía premonitoria. Este rock es el instinto.

Jerry Lewis en 2015
Hasta 2015 Jerry Lewis daba conciertos dejando parte de su energía en sus años, pero con la misma intensidad y fuerza. godisinthetvzine.com

Su familia hipotecó la granja para comprar un piano y mandar al chico a estudiar música a la escuela para tocar con el seminario de la iglesia. Su hermano murió, su padre también, se quedó solo con su madre y ella no dudó de que saldrían adelante. Cuando se mira uno de los videos de los directos de Jerry no cabe duda de que su madre tenía algo de premonitora, de adivina, de bruja del Misisipi.

El espíritu santo y la biblia no dejó de cruzarse en su camino durante toda su vida. Los hados que habían dado con los huesos de muchas personas que le rodearon durante su vida le llevaron al Corintios I “la naturaleza misma ¿no os enseña que al varón le es deshonroso dejarse crecer el cabello?” . Y se cortó su melena plateada para abrazar lo que dijera el predicador hasta predicar el mismo por Lusiana cuando no estaba de gira.

Jerry Lee Lewis en concierto en el Mayfair de Newcastle, Febrero, 1980
Jerry Lee Lewis en concierto en el Mayfair de Newcastle, Febrero, 1980 chroniclelive.co.uk

Ni la muerte de su hijo le había desligado ni descreído de la palabra de Dios. Pero tampoco su creencia de que la dualidad que llevaba, la de la estrella del rock que removía las cada vez más cortas faldas de las chicas era incompatible con el muchacho pretendidamente recto de moral de senectud que habitaba en él. Pastillas y alcohol jamás le detuvieron. The Killer, seguía siendo un diablo dentro del cuerpo de un monaguillo y la conciencia de un hombre atormentado por la esa doble personalidad.

“No se puede servir a dos señores; odiarás a uno y amarás a otro”.

La biografía es rompedoramente brutal. Es una sacudida de adrenalina que no se detiene de primera a la última hoja. Y leerla y mirar las fotografías de Jerry Lee y sus vídeos, en sus poderosos blancos y negros, es el paso que empaña de realidad la tremenda ausencia de ficción que resulta “El fuego eterno”. Si solo pueden leer un libro en su vida, es posible que en la puerta del infierno les pregunten si leyeron éste.

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