El hecho de fallecer repetidas veces, ya tiene mérito, pero más aún cuando se hace siendo uno de los padres no reconocidos de la fotografía. Ésta podía ser la carta de presentación de uno de los personajes más geniales de todo el siglo XIX, el ilustre (aunque no muy conocido) Hippolyte Bayard.

En el París de 1839 la captura de la primera fotografía parecía una cuestión inminente. Los sucesivos ensayos, pruebas y errores, hacían que la culminación de aquel invento fuese cuestión de días. No en vano aquella carrera había implicado a esforzados competidores, como Niepce, Schulze o Hércules Florence quienes luchando por conseguir la primera fotografía, se habían quedado a las puertas de conseguirlo.

De manera oficial se consideró que el vencedor de aquellos intentos fue el pintor y escenógrafo Louis Daguerre. El cual, gracias a la ayuda del político y hombre de ciencia François Aragó fue ovacionado con una solemne ceremonia en la  Academia de Ciencias de París.

El invento allí mostrado era una serie de daguerrotipos, o lo que es lo mismo unas planchas metálicas (generalmente de plata o cobre recubierto de plata) sobre las que se fijaba la imagen fotografiada.

No obstante, los sagaces opositores de Daguerre, se percataron de dos detalles fundamentales en aquel innovador método; el encarecimiento del soporte y la imposibilidad de sacar copias de aquellas imágenes captadas.

Sin duda era un gran invento, pero necesitaba mejorar, por lo tanto el pulso entre inventores no había tocado su fin, aún quedaban cosas que inventar. La lucha no era sencilla, se requerían conocimientos de física, de química, de óptica y una gran creatividad para buscar soportes nuevos, entre los que como era de esperar, se encontraba el papel.

El ahogado - Hippolyte Bayard, 18 de Octubre de 1840
El ahogado – Hippolyte Bayard, 18 de Octubre de 1840

El británico William Fox Talbot no perdió el tiempo y se afanó en lograr fotografías sobre papel, una ardua investigación que tuvo sus felices frutos con la calotipia, técnica que obtuvo las imágenes múltiples consideradas por muchos expertos como las primeras copias fotográficas sobre papel. ¿Pero realmente fue así?

Desde hacía unos meses, y para disgusto de muchos, unas láminas circulaban de mano en mano por las calles de París. Lo allí representado era realmente macabro, el cadáver de un treintañero ahogado, era explicado en el anverso de la imagen con el siguiente texto:

Reverso del documento anterior
Reverso del documento anterior

Este cadáver que ven ustedes es el del señor Bayard, inventor del procedimiento que acaban ustedes de presenciar, o cuyos maravillosos resultados pronto presenciarán.

Según mis conocimientos, este ingenioso e infatigable investigador ha trabajado durante unos tres años para perfeccionar su invención.

La academia, el Rey y todos aquellos que han visto sus imágenes, que él mismo consideraba imperfectas, las han admirado como ustedes lo hacen en este momento.

Esto le ha supuesto un gran honor, pero no le rendido un céntimo. El gobierno que dio demasiado al señor Daguerre, declaró que nada podía hacer por señor Bayard y el desdichado decidió ahogarse. ¡Oh veleidad de los asuntos humanos! Artistas, académicos y periodistas le prestaron atención durante mucho tiempo, pero ahora permanecen la morgue desde hace varios días y nadie le ha reconocido ni reclamado. Damas y caballeros, mejor será que pasen ustedes de largo por temor a ofender su sentido del olfato, pues, como pueden observar, el rostro y las manos de caballero comienza descomponerse”

H.B 18 de octubre de 1840

Todo un hallazgo que por desgracia Aragó y el mundo académico no habían sabido ver. Con aquel humilde funcionario del Ministerio de Finanzas se habían ahogado también todas las esperanzas de encontrar esa clave secreta con la que lograr las primeras fotografías. Toda una oportunidad de oro que los académicos franceses habían perdido a favor del Reino Unido, que con Talbot a la cabeza podían proclamarse en gran medida inventores de la fotografía. Si en París causaba cierto desasosiego, en Londres la noticia del fallecimiento de Bayard era algo más tranquilizadora, pero no por mucho tiempo, pues para sorpresa de todos Hippolyte Bayard… ¡Seguía vivo!.

Y tan vivo como para aparecer dando explicaciones sobre su invento. En el fondo y para fortuna de la fotografía el fallecido había logrado un método totalmente valido e innovador. Su astucia le sirvió para reclamar lo que era suyo, el primer hito en la fotografía en papel. Aunque con cierta tardanza, recibió el debido reconocimiento y logró una nada desdeñable suma para trabajar como fotógrafo del gobierno.

Aquella divertida hazaña (germen de la fotografía como falso documento) le acompañó el resto de sus días, hasta que finalmente el 14 de mayo de 1887, Hippolyte Bayard murió… definitivamente.

       

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