El hombre que emigra

En 1975, John Berger y el fotógrafo Jean Mohr se embarcaron en un proyecto consistente en retratar la vida cotidiana y las circunstancias específicas que envolvía a los inmigrantes de la Europa de su época.

La editorial Capitán Swing recupera el texto en una edición que incluye los trabajos que el fotógrafo Jean Mohr realizó a tenor del texto de Berger por diferentes espacios en varios países de Europa.


El medio rural, lugar de origen primigenio de la inmigración.

El resultado se torna en un brillante estudio subjetivo a través de las imágenes del significado de la emigración para quienes emigraron, que tiene un especial sentido del momento en una época, la actual, que confiere a la emigración un protagonismo como el de antaño y en la que no se ve posible el sostenimiento del actual sistema económico sin la inmigración.

Emigrantes turcos escuchan las indicaciones antes de emprender el viaje a Alemania
Emigrantes turcos escuchan las indicaciones antes de emprender el viaje a Alemania

Berger, escritor incansable y multidisciplinar, escribió un texto conciso y sentido, trasladando el entero protagonismo a los individuos y a sus sensaciones. No es por otra razón por la cual las fotografías contienen un carácter documental tan potente. Un primer vistazo a cualquiera de ellas nos dispone en el tono que marcará todo el libro.

El texto sería reeditado de manera continua en países del sur de Europa, que general e históricamente por motivaciones parejas, han tenido mayor propensión a la emigración. Turquía, Grecia, España, Yugoslavia o Italia, son focos de emigración a lo largo de su historia, y sus ciudadanos son una representación de los individuos protagonistas del libro.


Familia viviendo en una cueva en Andalucía

Retratar las vidas, carencias y deseos de los millones de ciudadanos que tuvieron que abandonar su país para ganar dinero en mejores condiciones es un aliciente personal para quienes desean leer algo que han vivido en sus propias carnes.

No es complicado encontrar una historia familiar en cualquiera de estos países que haya sido marcada por la emigración. Pero en la actualidad tampoco es difícil dar con alguna familia que haya tenido a uno de sus integrantes trabajando fuera de las fronteras que le vieron nacer.


Trabajadores en una fábrica de suelas de zapatos en Suiza

La oportunidad aparece en el horizonte del emigrante, ganarse la vida y tener dinero para actuar en la sociedad que se lo exige para dejarle formar parte de su maquinaria. El término monetario que implica la expresión “ganarse la vida” deshumaniza el proceso y lo reduce hasta lo más material. Pero así era y así es, y las metrópolis son las que han visto la llegada masiva de trabajadores provenientes del mundo rural con el choque cultural que conlleva.

Berger asegura que el habitante de la metrópoli tiende a creer que un espacio de tierra es suficiente para vivir. Pero obvia el natural proceso de trabajo que conlleva y el trabajador rural es consciente de que a pesar de su labor, no depende enteramente de él porque intervienen circunstancias que se escapan a su control, como la meteorología o el estado de la tierra.


Reconocimiento médico de inmigrantes en Alemania

Este pensamiento es un germen que crece y choca frontalmente, y de ese choque de mentalidades surgen diferencias emocionales a la hora de afrontar el trabajo. La ética capitalista afirma que la pobreza es un estado que puede abandonarse si se tiene un espíritu laborioso y emprendedor y obvia que la pobreza es más de carácter social que natural.

Las relaciones económicas que median entre el entorno rural y en el individuo se convierten inevitablemente en parte indivisible del resultado final de la explotación de la tierra, aunque las circunstancias sociales sean relativas, convirtiendo en la pobreza en mucho más que una ausencia de dinero o posesiones. 


El momento de la partida en Estambul

Los contratos temporales, el trabajo manual, que comúnmente no permite innovación ni novedad en el día a día, disponen al trabajador en un nivel mental inferior, condicionante que se torna en una característica en el trabajo de los inmigrantes. Así, es lícito y necesario enfrentarse a la idea de salir de refugio para abandonar la pobreza.

Berger transita por hilos narrativos que esquiva cuando se enmarañan. La Historia y la comprensión del fenómeno de la inmigración en el siglo XX es extenso y con miles de aristas. Pero el objetivo final de los autores es poner el ojo en el individuo y ejercer de su mirada. Así, los datos técnicos que utiliza están desfasados debido al año de publicación del texto, y sin embargo arrojan información clara y no interfieren en el mensaje final.

El hombre que sale a trabajar fuera es un héroe para su entorno, su vuelta se añora y los que quedan fantasean con lo que estará haciendo  el emigrante, con las zarandajas, las riquezas y el conocimiento que estará amasando y que repartirá a su vuelta.


Barracón de inmigrantes en Suiza

El peso de la decisión tomada para los que salen es una presión con la que conviven durante todo su tiempo en el exterior. La responsabilidad les empuja y la inquietud les contrae, y durante su periplo se enconchan y retraen y es complejo que la incomodidad desaparezca.

El lenguaje utiliza términos marítimos para definir la emigración, usando palabras como marea y oleada. El hombre que viaja hacia un lugar que no conoce va mecido por el mar, siendo llevado por la inercia del monstruo del tiempo, casi en duermevela, en trenes silenciosos, sin ser consciente de los arbitrarios designios que ese mar impersonal que anula su decisión como suya y la transforma en algo tan inevitable como el que las olas mueran en la playa.


El hijo vuelve a casa, en un pueblo al sur de Grecia

Luego llegan las esperas, las jornadas largas, las colas interminables, los análisis, exámenes de capacidad, revisiones médicas y un silencio difícil de romper. Y un día a día repetido hasta la saciedad, sin quejas, con horas extras, con la idea de ganar la mayor cantidad de dinero en el menor tiempo posible.

Y cuando parece que no podía llegar ese día, la vuelta. Los que vuelven son aclamados y quizá hagan notar que han ganado dinero puesto que vienen con ropas nuevas o alguna posesión imposible de encontrar en el pueblo. Y de repente, entre todo el jolgorio, es posible que se den cuenta de que todo sigue igual, igual que hace dos o tres años cuando salió del pueblo para huir de su pobreza y ganarse la vida. El regreso no existe, solo fue una pausa, y jamás fue la vuelta que él imaginó.

Y durante todo este tiempo, la fotografía aparece como vínculo sagrado y cercano, como único medio de relación con aquello que está a miles de kilómetros del emigrante, transformándose en una expresión de la ausencia. Berger escribe sobre lo que le contó un emigrante; “Un amigo vino a verme en un sueño. Desde muy lejos. Y pregunté en el sueño ¿Viniste en fotografía o en tren?

Todas las fotografías han sido cedidas por la editorial Capitan Swing

       

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