Un poemario escrito por una de los mitos actuales del pop independiente, que ha sido ilustrado con fotografías de un ganador de siete premios World Press Photo. Anticipa, de primeras, una combinación sumamente atractiva. Cuando nos golpea el estómago y nos da la vuelta al corazón como a un calcetin viejo, nos damos cuenta de lo que estamos hablando.

Y más si atendemos a que estos sus autores han parido este libro después de tres viajes; Kosovo, Afganistán y Washington. La pretensión de ambos es la de plasmar e ilustrar en sintonía un buen puñado de sensaciones que han venido sugiriendo en sus trabajos durante décadas. El resultado se llama El hueco de la mano, y está editado por Sexto Piso.

Seam Murphy
Un reloj destrozado sobre el césped mojado sugiere toda la tragedia que cabe en su contexto. Kosovo.

Que trabajaran juntos no era la primera vez. Seamus Murphy ya había colaborado con PJ Harvey en el inconmensurable disco Let England Shake que la sacó en 2011. Un disco en el que recorría musicalmente la idiosincracia, temores, miedos, nostalgias y anhelos del inglés medio, en muchos de sus aspectos sociales. Casi un experimento sociológico musical del que Murphy grabaría clips que a la postre se convertirían en los videos promocionales del disco.
Si tienen la suerte de no conocer este disco —y así poder descubrirlo ahora—dense el gustazo de ponerse este vídeo —ya un himno—con los cascos puestos y pasar los posiblemente mejores seis minutos del día:

El libro es el resultado de esos viajes que la cantante y el fotógrafo realizaron durante ocho años. Harvey ha demostrado durante toda su discografía estar pegada a la actualidad y realidad social. Sus letras podrían desgranarse caminando por la senda de los conflictos sociales más importantes de los últimos años. En cuanto a Murphy, poco que contar que no diga su trabajo en Gaza, Líbano, Sierra Leona o Afganistán. Ha documentado tantos conflictos y cambios históricos que parece imposible haber encontrado un compañero mejor para este experimento literario.

Pj Harvey
PJ Harvey actuando frente a una de las fotografías de Sean Murphy, que así mismo es la portada del libro. Foto RockShot

Un experimento que no deja de ser un poemario clásico repartido en tres secciones, las dedicadas a cada una de las ciudades de las que nos hablan. Los poemas de Harvey dicen tanto como sus letras —acaso lo mismo, por si osamos dividirlos—, y establecen, desde situaciones contextuales de conflicto, qué ocurre a los ciudadanos y la relación de estos con ese conflicto.

Y no solo conflictos bélicos o políticamente situacionales, sino consecuencias de conflictos a largo plazo, como la pobreza o el crimen, o situados en conceptos más abstractos, como la añoranza de glorias pasadas o las familias que tratan de resolver dificultades esquivando golpes.

Harvey ya llevaba tiempo anticipando esta colaboración, casi que podía hacerse notar al escuchar sus discos. Algunos, entre guitarra y esencia rock, dejaban perlas de profundo lamento. La querencia por viajar a estos países y el canto a Inglaterra y sus gentes en sus últimos trabajos no podía anticipar nada diferente.

El hueco de la mano
Niños en Kosovo viendo arder una casa.

La contraposición llega cuando abrimos las páginas pertenecientes a Washington. Aquí hay otro tipo de conflicto, pero tanto los poemas como las fotografías trasmiten lo mismo; inseguridad, extrañeza, una ruptura en la diversidad meridianamente normal de una gran urbe. Aquí se busca el dolor, lo que ha crecido entre espasmos o lo que ha llegado a corromperse.

De repente, el conjunto cobra un sentido global con un eje diferenciador bastante claro. El de la denuncia, el de mostrar la carencia de bondades de varias realidades distintas. No hay un punto de unión más allá del de la gente que sufre o que no conoce más realidad que la de sobrevivir, independientemente de los niveles de esa supervivencia, ya pase por esconderse de un ataque aéreo, de unos saqueadores que atacan tu aldea, o de un sentimiento de impotencia o desamparo en una calle concurrida de una gran ciudad.

El hueco de la mano
Hombre con los pies tintados en Afganistán.

La diferencia de estratos de dolor, la humanidad como un ente repleto de directrices infinitas, todo pasa por sentarse a escuchar y a mirar. Este libro es una muestra más de una traducción poética de lo que la humanidad necesita para ser llamada humanidad, como un ser unitario dividido en seis millones de trozos desperdigados por todo el planeta.

No es extraño que el nombre del poemario sea El hueco de la mano. El mundo cabe ahí. La mano queda ahuecada cuando pertenece a un cadáver. Y ahí cabe, igualmente, la representación física de la vida.

Hueco de la mano
Un instante de un ritual afgano.

Escuchar y mirar, eso es lo que propone este libro. Sensibilizar, sin las acepciones más moralizantes del verbo. Empatizar, si es que puede hacerlo alguien en su sofá cuya única preocupación por el mundo es que el pitido final del partido no de con su equipo fuera de la competición.

Hay lugares donde solo la poesía y la fotografía pueden llegar. Y si ellas no pueden, nada puede.

 

Imágenes cedidas por Editorial Sexto Piso

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