El próximo día 18 de Julio se cumplirán 80 años del inicio de uno de los episodios más, tristes, vergonzosos, irracionales, incoherentes e incomprensibles de la historia española. Hablamos de la Guerra Civil.
Una contienda que provocó la desgracia de miles de personas y que hoy día es recordada quizá desde distintas perspectivas pero desde luego con el común denominador de no volver a repetir tan funesto error.

 

soldados ante el minutero
Soldados retratándose junto ante el minutero en 1937. (Fotografía de Santos Yubero). Si nos fijamos en la cartelería del fondo leeremos “Nabucodonorcito y Zampabollos” un espectáculo cómico protagonizado por parte del clan circense de los Aragón

Fue un acontecimiento triste y desagradable a todos los niveles, pero bien es verdad que fue un hecho protagonizado por seres humanos, con sus virtudes y defectos. Defectos que lamentablemente han ganado protagonismo en la historiografía, poniendo el foco de atención en lo macabro y lo truculento de los hechos. Pero sinceramente, también hubo extraordinarios ejemplos de fraternidad, solidaridad y de infinidad de valores loables que superaron bandos e ideologías.

Dentro de esos valores está el humor que siendo un estado anímico propio de todo ser humano, estuvo presente en ambas trincheras. Lo cual, queramos o no, lo convierte ya no solo en un gran protagonista del conflicto bélico, sino también una de las perspectivas menos frecuentes de los hechos.
Miguel Gila en sus monólogos trató el tema con inmejorable maestría, pero por sorprendente que parezca, aquella mítica frase de “¿Es el enemigo? Qué se ponga” tuvo su reflejo en la realidad de aquel entonces.

 

Miguel Gila soldado en la Guerra Civil
Miguel Gila (el segundo por la izquierda) durante la Guerra Civil. Autor desconocido. Fuente www.miguelgila.com

En 1936 Gila tenía 17 años y formaba parte del Quinto Regimiento de Lister dentro del bando republicano. En marzo del año siguiente se le concedió permiso para hacer una visita a su familia en Madrid para regresar poco después al frente, que por entonces estaba en Guadalajara.

La vuelta del joven soldado no se produjo en tren ni en ningún vehículo que cupiera esperarse en una guerra en condiciones, sino que regresó en bicicleta, con la consiguiente tardanza de llegar al frente en plena noche. En esas circunstancias y lleno de barro preguntó a los primeros soldados que vio situados al calor de una hoguera si sabían dónde paraba el Quinto Regimiento. Los soldados amablemente le respondieron: “Nosotros somos nacionales. Tu regimiento creemos que está por allí”.

Escenas como ésta, propias del cine de Luis García Berlanga, eran parte de la realidad y como tal inspiraron precisamente a este cineasta cuyo periplo vital le hizo combatir en los dos bandos en circunstancias de lo más rocambolescas.
Reconocía Berlanga que había combatido con ochenta grados de diferencia, primero en los calurosos veranos de España, y después en la gélida estepa rusa. Y es que aunque pudiera parecer incomprensible, el hijo de un diputado republicano como era él (hijo de José García Berlanga) se alistó a la División Azul en plena 2ª Guerra Mundial.

 

Soldados españoles cantando y leyendo el Marca
Muchos combatientes (republicanos y nacionales) acabaron en la División Azul donde el humor y la improvisación española sacaba de quicio a los mandos nazis

La historia tenía su porqué y es que su padre estaba condenado a muerte lo cual hizo pensar a la familia que si el muchacho se apuntaba al División Azul redimiría al padre. Años más tarde Berlanga reconoció que más allá de la presión familiar hubo otra razón de peso: el amor hacia una chica a la que quiso impresionar alistándose al ejército.
Al final, la estrategia sentimental además de desproporcionada, resultó infructuosa pues cuando regresó a España, la muchacha en cuestión se había liado con su mejor amigo.
Episodios como aquellos calaron en infinidad de jóvenes como el también hijo de un diputado republicano Luis Ciges, actor de las películas de Berlanga y combatiente en Leningrado.

 

Luis Ciges en 'Plácido'
El actor y combatiente en Leningrado, Luis Ciges, dirigido por Berlanga, fotograma de la película Plácido (1961)

El que sería décadas después protagonista del Milagro de P. Tinto también fue sin mucha más opción a la División Azul, obligado por la situación familiar vivió la guerra de un modo singular, pues no pudo evitar enamorarse de una hermosa rusa, con la que apenas pudo hacer nada.
Ciges recordaba también cómo el humor estaba presente incluso en las situaciones más desesperadas como la de un muchacho que a falta de cartas desde España se las escribía a sí mismo enviándolas a una dirección errónea con lo que terminaban por volver.
Episodios disparatados se dieron en todo bando y en casi cualquier ocasión, lo vemos en el vale expedido por el comité de milicias de defensa de la ciudad de Toledo en 1936, el cual era canjeable por “seis polvos con la Lola”.

Vale por seis polvos con la Lola
Hasta en los documentos oficiales lo disparatado quedó presente

El humor emana incluso de las palabras de Carlos María Ydígoras, otro combatiente de la División Azul que narrando su durísima experiencia en el documental Extranjeros de sí mismos decía: “Con los rusos nos llevábamos cojonudamente, pero los alemanes no… a un alemán le pones una gorra encima y se cree San Pedro.
O como la anécdota que contaba el soldado nacional Justo Baeza, quien al finalizar la guerra hambriento como estaba, confundió los gritos de “¡Franco, Franco!” con los de “Rancho, Rancho” que es lo que él terminó vociferando pensando que al menos al terminar la guerra les darían de comer.
Una contienda tragicómica como es, en muchas ocasiones, el carácter español. Un episodio innegablemente triste al que mucha gente supo hacer frente con una sonrisa, una perspectiva que quizá quite heroísmo a los hechos pero que sin duda les aporta humanidad.

Un punto de vista, este del humor, que posiblemente nos sea incluso útil en nuestra vida cotidiana donde los problemas a veces se nos vuelven inabarcables pero realmente nimios cuando pensamos en las últimas palabras de otro de los grandes protagonistas de aquella triste guerra, el escritor Pedro Muñoz Seca.
El cual antes de ser fusilado exclamó: “Podéis quitarme la hacienda, mis tierras, mi riqueza, incluso podéis quitarme, como vais a hacer, la vida, pero hay una cosa que no me podéis quitar… y es el miedo que tengo”.

Pedro Muñoz Seca riendo
Pedro Muñoz Seca inolvidable autor de La venganza de Don Mendo, no dudó de echar mano del humor en momentos tan cruciales como su propio fusilamiento. Autor desconocido, fuente www.proscritosblog.com

Dejar una respuesta

¡Por favor, introduce tu comentario!
Por favor, introduce aquí tu nombre

       

Los comentarios en esta página pueden ser moderados; en tal caso no aparecerán inmediatamente al ser enviados. Las descalificaciones personales, los comentarios inapropiados, de extensión desmesurada o con demasiados errores ortográficos podrán ser eliminados. Asimismo, en caso de errores considerados tipográficos, el editor se reserva el derecho de corregirlos antes de su publicación con el fin de mejorar la comprensión de los mismos. Recordamos a los lectores que el propósito final de este medio es informar. Para recibir soporte sobre dispositivos o problemas particulares les invitamos a contactar con el correspondiente servicio de atención al cliente.