A Rosa Navarro Durán, que nos lo ha descubierto y enseñado todo sobre el Lazarillo y nació en Figueres.

La literatura y la fotografía son dos manifestaciones artísticas que han tejido, desde hace más de ciento cincuenta años, una serie de relaciones intensas y apasionantes. La literatura condicionó desde un primer momento la manera de plasmar en imágenes la realidad, de igual manera que la fotografía tuvo y sigue teniendo una incidencia enorme en la creación literaria y en la evolución de las técnicas narrativas. Más allá de posibles líneas de trabajo y estudio, en el presente artículo queremos presentar una fotografía que encierra una serie de referencias literarias de notable relevancia.

La instantánea que mostramos corresponde al célebre Álbum Rubadonadeu; a finales del siglo XIX, Josep Rubau Donadeu (1841-1926), un importante hombre de negocios figuerense que desarrolló una intensa actividad en el campo político y cultural, vio la necesidad de recoger en fotografías la vida cotidiana del Ampurdán, esa comarca catalana limítrofe con Francia consagrada casi como mito literario y artístico por poetas, músicos y pintores. La fotografía, por entonces, reciente invento, había ya superado el ámbito de la novedad o de la atracción de feria para pasar a convertirse en un elemento capital en la vida de la sociedad decimonónica y Rubau Donadeu, que era consciente de cómo los tiempos estaban cambiando a gran velocidad, advirtió que era imprescindible capturar la realidad de una de las comarcas más significativas y emblemáticas de Cataluña. Para ello se puso en contacto con Josep Maria Cañellas, reconocido fotógrafo natural de Reus que en esos años desarrollaba su labor profesional en París, y le contrató para que hiciese un detallado reportaje sobre el territorio y sus gentes. Fotoperiodista avant la lettre, Cañellas emprendió dicho proyecto a lo largo de tres meses de intenso trabajo desarrollado entre finales de 1888 y principios de 1889, realizando en ese frío y entramontanado invierno un extenso reportaje de quinientas cincuenta y cinco fotografías; el conjunto destacaba por su calidad técnica y artística y hoy, dos siglos después, se convierten en un excepcional documento de enorme valor histórico y etnográfico [1].

Cañellas retrató los pueblos y caminos, los senderos y los bosques, las gentes trabajando en los campos, arando o cuidando rebaños o celebrando las fiestas tradicionales. Entre el conjunto de fotografías destaca la atención que prestó a la vida de Figueres, capital de la comarca, al ajetreo de sus calles, al trajín diario de sus habitantes o al ir y venir de los aldeanos de territorios circundantes que, en los días de mercado, se desplazaban hasta una ciudad que empezaba a tener una notable importancia gracias a la llegada del tren a partir de 1877.

En un campo más específicamente técnico, Pep Parer [2] señala cómo las fotografías estaban realizadas a mano alzada, sin trípode, con una cámara portátil de placas de 13 x 18 cm, un artefacto de poco peso con un visor situado en la parte superior. El punto de vista estaba ubicado a la altura del vientre y, al ser de carga múltiple, permitía disparar diez o doce veces. A partir de eso:

Per disparar, el fotògraf agafava la càmera amb totes dues mans i la situava a l’altura de mig cos per poder enquadrar a través del prisma superior (…) La manca d’atenció pel fotògraf que demostra la gent retratada, que no semblen advertir la seva presencia –ben diferent de la imatge coneguda i excitant del retratista amb una càmera amb un trespeus i el drap negre que el tapava- suggereixen que Cañellas treballava amb un aparell d’aquesta mena. [3]

Fotografía tomada por Josep Maria Cañellas perteneceiente al àlbum Rubaudonadeu (1889)
Fotografía tomada por Josep Maria Cañellas en la Plaza del Ayuntamiento de Figueres. Álbum Rubaudonadeu (1889).

La fotografía que nos ocupa, firmada por Cañellas –JMC–, recoge una escena extraordinaria pues tiene un doble interés literario; está tomada en la plaza del ayuntamiento de la ciudad y, al fondo, se intuye la calle de La Jonquera, que en esos tiempos era el camino principal en dirección a Francia, situada a escasos treinta y cinco quilómetros. Es un día de invierno, pues la gente va muy abrigada; la imagen de mujeres, cargadas con cántaros y agolpadas delante de un vendedor, o la presencia de cestos de diverso tamaño y lo que parecen puestos de venta ambulante nos hacen pensar en un instantánea tomada un día de mercado, uno de los días importantes en la vida cotidiana de la ciudad pues la comarca en pleno bajaba a ella a comprar y a vender sus productos. En esa jornada bulliciosa y comercialmente activa, se impone la presencia central de un ciego acompañado de un lazarillo.

Un niño que no aparenta tener más de diez años acompaña a un ciego; este lleva en la mano derecha un bastón –imprescindible para tantear el terreno– y, lo más significativo, en la mano izquierda carga con unos papeles que parece que tiene intención de vender a los transeúntes. La instantánea de Cañellas documenta de forma gráfica la existencia de la literatura de cordel, esos cuadernillos impresos sin encuadernar de contenido con frecuencia simplón que se vendían en ferias y mercados. Pero no solo eso; más que posiblemente, lo que lleva en su mano izquierda este hombre es una muestra de las llamadas coplas o romances de ciego; desde hacía siglos los invidentes iban de pueblo en pueblo y subsistían gracias al recitado de versos, con frecuencia de temática truculenta, y a la venta al público asistente a sus representaciones de los pliegos que recogían sus coplillas desgarradoras y espeluznantes.

Sobre este tipo de manifestación cultural existen los estudios esenciales de Julio Caro Baroja [4] y de Joaquín Marco [5]; del segundo extraemos dos documentos que nos permiten situar cronológicamente este fenómeno. Así, Lope de Vega, ya en 1615, en su comedia Santiago el Verde, daba fe de la presencia de estos transmisores de la cultura popular al tiempo que criticaba su calidad y sus contenidos:

Rodrigo: Dad por mi vida, maestro,
               esta historia para coplas
               a un ciego que la pregone
               y a un necio que la componga.
García:   Ya señor, la escribe un necio
               y otro ciego le pregona
Rodrigo: No sé cómo se consiente
               que mil inventadas cosas
               por ignorantes se vendan
               por los ciegos que las toman.
               Allí se cuentan milagros,
               martirios, muertes, deshonras,
              que no han pasado en el mundo,
               y al fin se vende y se compra.

En el otro extremo, un artículo publicado en 1920 por don Ramón Menéndez Pidal, en la Revista de Filología Española subraya cómo “Este pliego moderno tiene hoy gran difusión: se vende en todos los puestos callejeros de literatura de cordel, y llega a las últimas aldeas llevado por los ciegos y demás cantores ambulantes”. Así pues desde los Siglos de Oro hasta bien entrado el siglo XX, –aunque en este caso reducidos a los ámbitos rurales más recónditos– los ciegos tuvieron esta función de difusores de la cultura popular. Estos postreros juglares de la vieja Europa, capaces de congregar y conmover al público con su ceguera y con sus habilidades oratorias, constituyen una de las últimas manifestaciones de la literatura oral; quizás los pliegos que lleva el ciego en la mano contienen un romance de mediados del siglo XIX que acababa con estos versos:

Si os agraden eixas coblas
compreulas an als ceguets
que per un parell de cuartos
no sereu pas més pobrets. [6]

Si esta es la primera referencia literaria presente en la fotografía, la segunda no es menor: ¿es la primera fotografía que conservamos de un lazarillo? La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades, obra publicada a mediados del siglo XVI –su edición más antigua conservada data de 1554– fue una obra de éxito arrollador de incuestionables méritos literarios y que, salvando las prohibiciones inquisitoriales, tuvo una enorme repercusión en toda la literatura posterior europea; publicada y divulgadas de forma anónima, hoy sabemos que fue escrita por un intelectual de la altura de Alfonso de Valdés. Señal inequívoca de la popularidad de la obra fue que el nombre del protagonista pasó a designar a todo aquel muchacho que desarrollaba la labor de acompañar a un ciego, tal fue la impronta del tratado primero del libro en la memoria colectiva; si antes no, ya en el Diccionario de Autoridades de 1734 se cita un texto de Manuel de León Marchante (1631-1680) donde se advierte el uso antonomásico de esta palabra. Es cierto que el ciego de Lazarillo de Tormes no vende pliegos pero sí que recita oraciones además de desarrollar una intensa labor como curandero.  La fotografía nos revela cómo más de tres siglos después de la redacción del Lazarillo, los lazarillos –chicos jóvenes, casi niños, que guiaban a un ciego en su deambular por los caminos, pueblos y ciudades– continuaban siendo una realidad social.

Nuestro lazarillo ampurdanés retratado por Cañellas conduce al ciego en su caminar, pues parece asirlo y guiarlo, y de su hombro cuelga un zurrón donde podemos imaginar que lleva unos mendrugos de pan y una longaniza; uvas no, que estamos en invierno. No advierte que le están haciendo una foto –recordemos la discreción del fotógrafo en este proyecto–, y eso permite capturar en la instantánea su mirada vigilante, atenta, sabedor de que debe detectar y salvar los obstáculos por dos porque, si no lo hace recibirá algún correctivo de su amo, que a buen seguro le ha zurrado en más de una ocasión por sus despistes.

La fotografía del Álbum Rubaudonadeu recoge un instante de la vida cotidiana de finales del siglo XIX en Figueres, pero al mismo tiempo se convierte en un documento empapado de literatura. Quién sabe, quizás estamos ante la primera foto de Lazarillo…


[1] En la actualidad se conserva en la Biblioteca Carles Fages de Climent de Figueres y se puede consultar en línea en http://www.bibgirona.cat/regira/repositori/figueresfagesdecliment/colleccio/album-rubaudonadeu [consultado el 15-3-2019]

[2] Parer, Pep, “Els àlbums de visites i paisatges a l’Espanya del segle XIX: Josep M. Cañellas i els “Àlbums Rubaudonadeu” (1888-1889), p. 38-53, AAVV (2005): Josep Maria Cañellas. Reus 1856 – París 1902. Photographie des artistes. Figueres, Museu de l’Empordà.

[3] Para disparar, el fotógrafo cogía la cámara con las dos manos y la situaba a la altura de medio cuerpo para poder encuadrar desde el prisma superior (…) La falta de atención hacia el fotógrafo que demuestra la gente retratada, que no parece advertir su presencia -bien distinta de la conocida y excitante imagen del retratista que se presentaba con una cámara con trípode y el trapo negro que lo tapaba- sugieren que Cañellas trabajaba con un aparato de este tipo.

[4] Caro Baroja, Julio (1969): Ensayo sobre la literatura de cordel, Madrid, Revista de Occidente

[5] Marco, Joaquín (1977): Literatura popular en España en los siglos XVIII y XIX, Madrid,  Taurus.

[6] Si os gustan estas coplas/compradlas a los cieguitos/que por un par de cuartos/no seréis más pobrecitos.

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