En ocasiones el gobierno de España se ha implicado en proyectos de un enorme calado, empresas para mejorar la sociedad y que quizá pasado el tiempo han perdido la dimensión colosal que tuvieron en su día.

El ejemplo más evidente en el siglo XIX fue la obra del Canal de Isabel II cuya primera piedra fue colocada hace justo 165 años. En aquel 1851 el rey consorte Francisco de Asís y Borbón daba inicio a las obras del famoso Pontón de la Oliva y con ello principio al resto de sistemas hidráulicos de la obra pública más grande construida en España hasta aquel entonces.

Pontón de la Oliva
El infructuoso Pontón de la Oliva es hoy día un monumento al titánico trabajo para poner en marcha uno de los proyectos más ambiciosos de la España del siglo XIX. En la corona de la presa pueden verse los guardias armados. Autor. Charles Clifford. Fuente: Bibloteca Nacional

El proyecto surgió de la pura necesidad, Madrid tenía 223.439 habitantes y las 77 fuentes públicas abastecidas por las aguas subterráneas de la capital empezaban a ser insuficientes.

Los aproximadamente 900 aguadores que trabajaban en la ciudad apenas daban abasto y aunque eran un gremio perfectamente organizado, los planes de ensanche (como sería el futuro barrio de Salamanca) escapaban a las posibilidades de los borriquillos con los que se surtía de agua a los domicilios madrileños.

Aguador Gerindote
Los aguadores eran el único sistema de abastecimiento de agua en Madrid, y alguno de estos se hizo famoso, como el de la Fuente del Berro, por ser íntimo colega de Fernando VII. Autor Charles Clifford en Gerindote (Toledo) Fuente: Bibloteca Nacional

Por lo tanto en 1848, con Bravo Murillo a la cabeza del ministerio de fomento, se propuso a los ingenieros Juan Rafo y Juan de Ribera junto con el director de obras Lucio del Valle, la necesidad imperiosa de un sistema hidráulico que abasteciese del líquido elemento a la ciudad.

Décadas atrás (en tiempos de Carlos III) ya se había intentado algo parecido, pero por falta de dinero, más que por falta de entusiasmo, las obras quedaron en nada y ahora Madrid se veía amenazada con una población sedienta en plena época de levantamientos, golpes de estado y revoluciones.

Las obras se estimaron en ochenta millones de reales de vellón, de los cuales cuatro fueron puestos por la reina por aquello de dar ejemplo, y lo cierto es que cundió pues parte de la nobleza vio con buenos ojos ser financiadores de aquel proyecto; no obstante el grueso del capital fue público con lo cual es de agradecer a todos los españoles contribuyentes la puesta en marcha del canal.

Y a los carlistas también, pues gracias a los 1.500 presos de la última contienda se iniciaron los trabajos junto con otros 200 jornaleros libres. Las obras, como decíamos, comenzaron en el Pontón de la Oliva una mítica presa construida en las cercanías de los municipios madrileños de Patones.

Campamento base de los trabajadores forzosos
La Caserna era un presidio en el que alojar a los prisioneros que trabajaron en las obras de construcción. Autor Charles Clifford. Fuente: Bibloteca Nacional

Pero tres años después del empiece las dificultades comenzaron a surgir. La falta de un estudio geológico provocó una infinidad de fugas por las cavidades de la montaña haciendo que la presa nunca se llenase. Al año siguiente es decir 1855, las epidemias de cólera y las lluvias torrenciales ralentizaron el trabajo.

Las energías depositadas en el proyecto fueron monumentales, desde el traslado permanente de todo el equipo directivo a la localidad de Torrelaguna para evitar perdida de horas en idas y venidas a Madrid, así como el empleo de palomas mensajeras entre los distintos ingenieros.

Aquella odisea de la ingeniería tuvo un testigo de excepción, el que por entonces ya era fotógrafo de su majestad la reina, don Charles Clifford. Este galés llevaba desde 1850 asentado en la capital de España y además de ser un diestro piloto de globos aerostáticos también innovó con nuevas técnicas como era por entonces el colodión húmedo.

Charles Clifford en familia
Charles Clifford y familia hacia 1858. Autor desconocido.

La pericia con este nuevo método y su bagaje como fotógrafo le convirtió en autor de un maravilloso libro titulado Vistas de la presa y demás obras del Canal de Isabel II donde quedaron patentes todas aquellas obras en las que soldados y prisioneros se mezclan con diligencias e ingenieros con chistera.

El acueducto de Amaniel —aún visible en la avenida Pablo Iglesias de Madrid— aparecía entonces en mitad de la absoluta nada, al igual que los distintos sifones, compuertas y presas que el fotógrafo captó son sorprendente nitidez.

Acueducto Canal Isabel II
El acueducto de Amaniel en un entorno hoy irreconocible de la ciudad de Madrid. Autor Charles Clifford. Fuente: Bibloteca Nacional

Llegaban por tanto las obras a la ciudad donde se colocó el primer depósito. Un ingente almacén de agua que ocupó el antiguo Campo de Guardias, un descampado del extrarradio (hoy en el barrio de Islas Filipinas) donde se tenía por costumbre ejecutar a los sentenciados a muerte. Uno de estos condenados pudo por cierto haber mandado al traste el proyecto del canal, o al menos haberle quitado el nombre, pues se trataba del cura Merino, el regicida que intentó matar a Isabel II, aunque para su asombro se le rompió el cuchillo en el sostén de tan maciza reina.

Al final en 1858 las obras tocaron su fin y el 24 de junio tras la bendición del Arzobispo de Toledo y la actuación de un coro de niños, la reina abrió la clavija que activó un monumental chorro de 30 metros de alto en la calle ancha de San Bernardo. La reina —dicen que emocionada— condecoró a Lucio del Valle con la Cruz de Carlos III.
Quizás ahora gracias en parte a las fotografías de Clifford miremos con otros ojos el agua que sale de los grifos madrileños, apreciando en su transparencia el esfuerzo colosal de miles de personas cuyo reconocimiento será siempre insuficiente.

Inauguración del Canal de Isabel II
El río puesto en pie como denominaron los madrileños a la espectacular fuente con la que se concluyó el proyecto del Canal de Isabel

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