El primer daguerrotipo de España.

Hoy, siguiendo la estela del invento de Daguerre nos trasladamos al Paris de 1839, en busca de otro personaje genial, Ramón Alabern y Casas.

Recreación gráfica del daguerrotipo original de 1839
Recreación gráfica del daguerrotipo original de 1839

Aquel joven grabador se encontraba en la ciudad del Sena estudiando los beneficios de las planchas de acero en el grabado, y sin embargo todas sus inquietudes hacia los mapas y otras representaciones geográficas, quedaron completamente eclipsadas por las demostraciones públicas que Louis Daguerre llevaba a cabo para producir sus famosos daguerrotipos.

A partir de entonces Ramón Alabern que apenas contaba con veintinueve años se consagraría a aquella técnica sin saber que pocos meses después se convertiría en el padre de la fotografía española.

Desde la Academia de París, la noticia del daguerrotipo corrió como la pólvora por toda Europa, haciéndose eco en el resto de instituciones, incluida la Academia de las Ciencias de Barcelona. Allí, uno de los hombres más lúcidos del momento supo de inmediato que el invento de Daguerre cambiaría el mundo para siempre, se traba de Pedro Felipe Monlau y Roca.

Este catedrático en Literatura e Historia, miembro de la Real Academia de la Lengua, director del Museo Arqueológico Nacional, además de médico y periodista, tenía una visión tan preclara del invento que no dudó en comprar una de las primeras cámara que permitían hacer daguerrotipos y con ella traer a un joven discípulo de Daguerre, éste no podía ser otro que Ramón Alabern.

El lugar elegido para la primera toma fue la azotea del número siete de la calle General Castaños en Barcelona, y el momento las once y media de la mañana del domingo 10 de noviembre de aquel mítico año de 1839.

Todas las medidas se cumplieron a rajatabla, e incluso el aviso que dos días antes dio el periódico “El Constitucional” se llevó perfectamente a cabo ya que ninguno de los vecinos de las inmediaciones de la casa Xifré salió a sus ventanas y balcones, evitando tal y como dijo la prensa que “(…) quedará su indocilidad indeleblemente marcada en la plancha.”

La exposición era terriblemente larga (veintidós minutos) lo cual explica el celo impuesto en que ninguna figura apareciese en la imagen ya que en cierto modo estropearía la instantánea.

Pero no era el único punto tenido en cuenta durante el evento, todo estaba minuciosamente medido. Una octavilla entregada al público explicaba convenientemente en qué consistía aquel invento de los daguerrotipos, y se informaba incluso de cómo la duración dependería «del estado de la atmósfera y la fuerza del sol», o de cómo el público gozaría de «las armoniosas tocatas de una banda de música militar». Por si fuera poco una salva de disparos anunciarían el comienzo de aquel acto tan solemne.

Octavilla de la época, a colación de la demostración pública del proceso, 1839
Octavilla de la época, a colación de la demostración pública del proceso, 1839

Tan grande fue el despliegue que se hizo, que se añadió un sorteo en el que un espectador «favorecido por la suerte» (en este caso con el boleto numero 56) fue premiado con el daguerrotipo obtenido, razón por la cual no ha vuelto a tener noticia de aquella primera fotografía. Una instantánea que se ha intentado volver a captar, primero en 1848 con la toma del edificio Vidal Quadras (habitualmente confundido con Xifré) y en el 2012 con una recreación cuanto menos curiosa de aquella primera fotografía.

Invertida lateralmetne, toma posterior del edificio Vidal Quadras, 1848
Invertida lateralmetne, toma posterior del edificio Vidal Quadras, 1848

De lo que no cabe duda es que aquellos ceremoniosos disparos de fusil que anunciaron el inicio del daguerrotipo de Ramón Alabern, fueron literalmente el pistoletazo de salida de la larga historia de la fotografía española.

       

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