Bobby Fischer ha sido, posiblemente, la figura más controvertida de la historia del Ajedrez. Si tuviéramos que elegir un solo ajedrecista al que poder colgársele más de una etiqueta, sería él. Una una mezcla entre un miembro de la generación Beat, Kurt Cobain y Van Gogh. Mitad genio, mitad pirado. Mitad vivo, mitad muerto.

Frank Brady es el escritor de una nueva biografía selecta sobre Bobby Fischer llamada End Game. Brady, además de dirigir el departamento de Comunicación Social de la St. John’s University, ha sido secretario de la Federación Norteamericana de Ajedrez, de uno de los clubes de ajedrez más importantes del mundo, el Chess Club Marshall, fundador de Chess Life, revista referente del juego y para rematarlo, árbitro internacional de ajedrez en los circuitos mundiales. Podemos hacernos una idea, los que desconocemos este mundo aunque nos seduce con intensidad, que Brady es un referente que tener en cuenta.

No podemos decir que es una biografía al uso, aunque sí que lo sea, muy actualizada y con datos que han sido revelados hace escasas fechas. Lo decimos porque parece una biografía dentro de otra, como una caja que al abrirse deja ver otra similar en su interior. Un hombre podría protagonizar varias vidas y capítulos crepusculares como los de Fischer. Es en sí misma la personalidad del ajedrecista, la de un hombre que pervive en una línea en la que parece varios hombres metidos en la cabeza de uno sólo.

Bobby Fischer y Boris Spassky
Bobby Fischer y Boris Spassky en su mítico duelo. Chess Press Archives

Todos pensamos en Fischer como un muchacho taimado y sensible que deslumbró al mundo con sólo 12 años, el cine y la leyenda ha dado cuenta de aquella imagen. El resto ha sido retratado de formas y por fuentes diferentes. Pero Fischer continuó con su carrera convirtiéndose en un hombre plegado a sus reglas mentales, a su cuadrícula con la cual veía al mundo. Era esclavo de sus costumbres, de sus manías, de su formas a veces excéntricas y aparentemente desesperadas. Su desaparición de la faz de la tierra durante tanto tiempo, alejado de la vida pública, el lugar al que fue y su vida allí, y su reaparición, con contundentísimas declaraciones sobre el 11S —búsquenlas, dan algo de contexto a lo que estamos hablando—, su exilio a Islandia y su muerte, fueron sonoros episodios de una vida de película.

El punto de inflexión narrativo del film que se basa en End Game gravita en torno a la mítica partida que disputaron Fischer y Spassky. La película, con Tobey Mcguire en el papel de Fischer, lleva el nombre de The Pawn Sacrifice (Edward Zwick) y ha devuelto a la palestra la figura del mítico ajedrecista. Lo decimos de pasada pero siendo conscientes del peso de este momento, porque ya se ha hablado mucho de este episodio, pero quien no conozca a Fischer ha de saber que la Guerra Fría tuvo un capítulo más que caliente con esta partida y Fischer fue encumbrado a la gloria como un héroe nacional en Estados Unidos. Y las consecuencias de aquella partida fueron fatales para sus participantes. ¿No les da curiosidad?

No es la primera vez que se aborda la figura de Fischer en un libro, ni siquiera en el cine. Hay otra película previa, En busca de Bobby Fischer (Steven Zaillian, 1993), que obtuvo muy buenas críticas con un Ben Kinsley espectacular. Un documental producido por la HBO, que pueden ver sobre estas líneas, Bobby Fischer contra el mundo (Liz Garbus, 2014), deja patente la convulsa vida del genio, sus extremas manías, sus plantones en campeonatos mundiales, anunciados a bombo y platillo tanto en su comienzo como cuando la estrella decidía irse sin más —aquellos desplantes hicieron que sus estadísticas cayesen hasta hacerle hoy no estar en los listados correspondientes a los mejores—y su excesivo celo con su intimidad, haciéndose “un Salinger”, huyendo de las fotografías y de los periodistas.

Después —o durante— vendrían sus problemas con el dinero, con fondos de inversión no declarados y los bancos en los que había depositado sus ahorros. Su pertenencia a Iglesia Universal de Dios, que prohibía tomar medicinas y que agravó un problema en los riñones que mantuvo hasta el final de sus días. Y un largo etcétera de trabas que arrastró desde el primer instante en el que, con solo 12 años, se atrevió a retar a los mejores jugadores del mundo.

Tobey Maguire y Liev Schreiber en "The Pawn Sacrifice" (2014) ©Gail Katz Productions
Tobey Maguire y Liev Schreiber en «The Pawn Sacrifice» (2014) ©Gail Katz Productions

Su ajedrez ha sido definido una y otra vez como «grandioso». Un espectáculo.

Ahora se nos llena la boca con calificativos de envergadura casi inabarcable. Todo puede pasar por ser magnífico, por tomar carices míticos, enormidades bíblicas. Los partidos de fútbol son «el partido del siglo» y cada año se juega uno diferente. Los actores, deportistas, artistas y escritores son año tras año encasquetados en listas de los «mejores escritores». Y sus obras, resultados o trabajos acaban por entonar la etiqueta correspondiente. Parece sencillo encontrar complejidad en descripciones que precisan pocas palabras pero lo más repletas de significado posible. Con el ajedrez las premisas cambian, pero no el resultado.

Por eso extrapolar esto al milenario y medido mundo abstracto del juego del ajedrez rechina con solo leerlo pero no por ello aleja al significado de su profundidad real. Sobre la partida que disputó con tan solo 13 años contra Donald Byrne en el club Marshall en 1956, llamada “la partida del siglo”, Frank Brady, el autor del libro, dice «Se ha hablado, analizado y admirado “la partida del siglo” durante más de cincuenta ñaos, y probablemente forme parte del canon del ajedrez muchos años más. En toda la historia del juego, desde el punto de vista de su absoluta brillantez, no sólo por un prodigio sino por cualquier otra persona, únicamente es comparable a la partida de Breslau en 1912”. Con tan solo 13 años.

«Solo hice los movimientos que vi necesarios. Fue cuestión de suerte«. No sabemos si la humildad habla por Fischer, si asoma la verdad de un raciocinio severo, o la facilidad con la que Fischer demostraría, a lo largo de su vida, la cantidad de respuestas automáticas ante lo que consideraba de mayor o menor importancia.

Fischer en el Chess Club en 1959
Fischer en el Chess Club en 1959 fotografiado por Edgar Walther

No nos atrevemos a entrar en disquisiciones que posiblemente un aficionado no podría calibrar, pero sí que todos coincidían en el punto en el que ver a Fischer jugar era parecido a maravillarse con las filigranas de un futbolista brasileño. En ese punto estaba, en una valentía que se mezclaba con terquedad, a veces tomando demasiados riesgos y otras veces siendo sosegado hasta soltar un latigazo infalible sin que su adversario pudiera anticiparlo.

Mucho de lo extraviado de su personalidad viene por su constante búsqueda de consistencia espiritual. Se definiría como judaísta en sus primeros años, pasando por el antisemitismo hasta abrazar el catolicismo en la etapa final de su vida. En varios períodos estudió la Biblia de manera frenética, relacionando muchos de los acontecimientos que ocurrían a su alrededor con lo que las escrituras nombraban o predecían. No se lleven a engaño, el Asperger era parte de él y le acompañó toda su vida. Una vida repleta de episodios únicos, como piezas de ajedrez conformaron la forma en la que veía el mundo y la razón por la que Fischer siempre será único.

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