Esos locos bajitos

Grandes mentes del siglo XX han alcanzado la fama gracias a su proximidad con la locura, artistas, filósofos y los más feroces dirigentes tuvieron un punto en común, una infancia lo suficientemente peculiar como para poder decir que esos grandes hombres del siglo XX fueron en el XIX… esos locos bajitos.

Historiadores como Gregorio Marañón se percataron de la importancia de la psicología en las eminentes figuras de la historia, solo hay que pensar en los emperadores romanos para descubrir cómo a veces el rumbo de la historia esta guiado por los problemas mentales de sus protagonistas.

Hoy nos centraremos en cuatro de estos personajes claves del siglo XX cuyos trastornos mentales  fueron memorables. Empezaremos por el más mayor de todos ellos, el filósofo alemán Friedrich Nietzche.

Un niño marcado por unos antecedentes familiares tan relacionados con la demencia y el suicidio que quizás pudo sospechar que alguna dolencia mental se cerniría sobre él al padecer las primeras jaquecas en la infancia. Aquellos dolores de cabeza  llegaron a afectarle incluso a la visión, no obstante como niño también tuvo que enfrentarse a la prematura muerte de su padre y uno de sus hermanos.

El joven Nietzche fotografiado por Louis Held, pionero en la fotografía alemana
El joven Nietzche fotografiado por Louis Held, pionero en la fotografía alemana
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No es por tanto de extrañar, que su comportamiento huidizo se trasladase a las aulas convirtiéndole en un niño de pocos amigos.  Aunque también llegó a entablar buenas relaciones con los estudiantes Wilhelm Pinder y Gustav Drug con quien compartía afición por el célebre músico Robert Schuman (sin saber ninguno de ellos los problemas psiquiátricos que también sufría el genial compositor).


	 Nietzsche arrastraba este simpatico carro y alguna que otra dolencia mental.

Nietzsche arrastraba este simpatico carro y alguna que otra dolencia mental.

Con los años llegarían las terribles crisis en el asilo de Jena, donde entre ataques de ira y grandilocuencia acabó confundiendo a su cuidador con el canciller Bismark, pero hasta entonces disfrutó de la vida que todo joven alemán desearía, quedando como muestra una fotografía tomada en el año 1861, en el estudio de Louis Held, uno de los grandes pioneros de la fotografía alemana instalado por aquel entonces en la ciudad de Weimar.

Del hijo de un pastor protestante como era Nietzsche pasamos a otro, aunque esta vez mucho más colorista, el pintor Vincent Van Gogh.

El loco de pelo rojo, tan aclamado en nuestros días y tan encumbrado en los altares del arte, no siempre tuvo clara su vocación. De niño pasó más tiempo preocupado por los cambios de colegios e internados que por el óleo y los pinceles, y de hecho no fue hasta los veintisiete años cuando determinó dedicarse al mundo de la pintura.

El pequeño Van Gogh fotografiado en Bruselas, lejos aún de dedicarse a la pintura.
El pequeño Van Gogh fotografiado en Bruselas, lejos aún de dedicarse a la pintura.

El artista confesó años más tarde que su juventud fue “triste, fría y estéril”, lo cierto es que sigue siendo una etapa de la que los psiquiatras anhelarían saber un poco más, pues lo intrincado de la mente de éste célebre pintor hace que los especialistas se terminen volviendo locos intentando saber si de verdad Van Gogh lo estaba.

¿Psicosis cicloide, trastorno bipolar, perturbaciones polimórficas… quién sabe? Quizás hasta en eso el holandés supo ser creativo, inventando para sí una dolencia particular.

Damos paso ahora a dos niños nacidos en 1889 y por lo tanto compañeros de clase en la escuela de secundaria de Linz, el primero es hijo de un adinerado judío tratante de materias primas, el otro de un conflictivo aduanero.

Ambos niños vivieron situaciones familiares difíciles, el primero de ellos era continuamente comparado con su hermano mayor y ni a él ni a su hermano se les reconocían los logros fácilmente.

Los hermanos Wittgenstein Paul (izq.) y Ludwig (drch.)
Los hermanos Wittgenstein Paul (izq.) y Ludwig (drch.)

Sin embargo el otro compañero de clase era a menudo endiosado por su madre quizás como fórmula para consolar al niño de los maltratos físicos de un padre al que ella misma era incapaz de detener.

El pequeño Hitler en sus años de primaria
El pequeño Hitler en sus años de primaria
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Las dificultades de cada uno dieron resultados bien distintos. Ludwig (que es como se llamaba el primero) vivió empeñado en superarse y fue adelantado dos cursos, Adolf (que es como se llamaba el segundo) confuso entre la injusticia y la adulación tuvo que repetir curso.

Como quizás algún lector ya haya adivinado ambos niños eran el filósofo, matemático y lingüista Ludwig Wittgenstein y el inclasificable Adolf Hitler. Ambos aparecieron juntos en una fotografía tomada en el año 1901, Hitler en la parte superior derecha y Wittgenstein un poco más abajo.

Fotografía de la clase de Wittgenstein (izq.) y Hitler (drch.)
Fotografía de la clase de Wittgenstein (izq.) y Hitler (drch.)

Esta fotografía dio origen a una hipótesis que el escritor australiano Kimberley Cornish construyó sin base histórica alguna, aunque sumamente fascinante desde el punto de vista novelesco. Y es que tal y como trató de demostrar, el odio sistemático de Hitler a los judíos de Linz (y por ende del mundo entero) nació en el patio del colegio.

Una idea indemostrable, pero que quizás resulte alentadora, ya que si pensamos que la barbarie de los adultos es en el fondo la rabia de los críos, podremos también imaginar que si nada nos libra del odio de los niños de ayer, podemos al menos procurar felicidad a los hombres de mañana.

       

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