En estas fechas las fotografías del ya mítico festival  PHotoEspaña invaden las galerías y salas de museos. Aprovechamos para revisar una de las imágenes más impactantes que podemos encontrar en estos grandes almacenes de cultura.

Nos referimos a una tipología de piezas completamente insospechadas en un lugar tan venerado y respetable como es un museo.
La idea que hoy tenemos de los museos en nada se parece a los gabinetes de curiosidades donde antaño se guardaban las colecciones más rimbombantes que uno pueda imaginar; desde cuernos de unicornio hasta cabezas de duendes. Lógicamente el concepto ha evolucionado y la clasificación, exposición y conservación se han ido modificando a tenor de los tiempos.

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Museos como el de la Farmacia en la Universidad Complutense de Madrid aún conservan pezuñas de arce y colmillos de narval, tenidos hace siglos como pezuñas de la gran bestia y cuernos de unicornio. Fuente: Colpisa / Alberto Ferreras

Este criterio hizo que según qué piezas, fuesen retiradas por considerarse anacrónico exhibir objetos rozaban el fetichismo, véase por ejemplo los calzoncillos del alcalde de Bruselas expuestos en un museo de ropa interior del cual por cierto fueron delictivamente sustraídos a principios de 2014.

Pero si hay un tipo de piezas que impactan más que ninguna otra en un museo, son los restos humanos. Y no me refiero a arcaicos fósiles, sino a personas con nombres y apellidos que por avatares de la vida acabaron sus días postrados en una vitrina.
Hay casos tan famosos como los indígenas del Museo de la Plata en Argentina, o los restos de la sudafricana Saartjie Baartman expuestos en Francia después de una lamentabilísima historia de abusos y humillaciones.

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El bosquimano de Bañolas o Saartjie Baartman son dos ejemplos de la mentalidad museística que afortunadamente hemos superado

Sin embargo, más allá de los exóticos indígenas que maravillaron la mente del racismo decimonónico, lo último que un español esperaría encontrarse en un museo son los restos mortales de un compatriota.
En esta peculiar categoría de piezas museísticas habría que diferenciar claramente dos grupos, los españoles que se ofrecieron voluntarios y otros difuntos cuya exhibición ha sido —y es— forzosa.

En este primer grupo, quizá menos escabroso, se encuentran los restos de aquellos españoles que donaron su cuerpo a museos e instituciones públicas como puedan ser facultades de medicina o bellas artes en las que se estudia la anatomía humana, luciendo fémur ante los alumnos sin ningún tipo de problema.
Un ejemplo evidente de este tipo de muertos musealizados es el caso de Agustín Luengo Capilla más conocido como el gigante extremeño. ¿Pero cómo acaba un vecino de Puebla de Alcocer en el museo Antropológico Nacional?

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Agustín Luengo fue toda una celebridad del momento. En la imagen posando junto a su madre luciendo ya sus 2,35 metros

El recorrido es sencillo, su increíble crecimiento empezó a llamar la atención de propios y ajenos allá por el siglo XIX y es que sus 2,35 metros no pasaron desapercibidos para nadie y menos para el doctor Pedro González Velasco.
Este insigne cirujano andaba por entonces pergeñando la idea de construir el Museo Anatómico donde quedaría que ni pintado el cuerpo de Agustín. Ahora bien… Agustín seguía vivo y no parecía tener muchas ganas de morirse.
Lo que si le pareció bien al colosal extremeño fue admitir el trato que el doctor Velasco le propuso: 2,5 pesetas diarias a cambio de su cuerpo cuando muriese. Lamentablemente para Agustín en el negocio salió ganando el cirujano pues el chaval solo vivió hasta los 26 años.

De este modo y tras habérsele realizado un molde, su monumental osamenta acabó expuesta en aquel incipiente museo que se terminaría convirtiendo en nuestro actual Museo Nacional de Antropología donde aún se le puede contemplar.

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Agustín Luengo Capilla el gigante extremeño que hoy reposa en el Museo Antropológico Nacional aunque también cuenta con un museo en su Puebla de Alcocer natal

Pero no fue ni mucho menos el único muerto que anduvo en manos del doctor Velasco. La conocida como Momia guanche de Madrid, también pasó por este museo aunque acabó en el Arqueológico Nacional, donde se encuentra hoy día.
Su no menos rocambolesca historia comienza en el siglo XVIII, cuando llegó a Madrid nada menos que como un obsequio para Carlos III –como ven hay regalos para todos los gustos– y poco después el monarca lo destinó primero a la Real Biblioteca y en 1776 al Real Gabinete de Historia Natural.
Al final, de museo en museo acabó en el Arqueológico Nacional de donde parece que ya no se moverá, pues como suele suceder, desde el gobierno de Canarias se lleva años reclamando la repatriación de este tinerfeño de pura cepa, aunque desde la capital siempre se ha dado el no como respuesta.

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La momia de un indígena canario ha suscitado no pocos debates con el siempre presente tema de si son o no los museos un lugar apropiado para albergar los restos humanos

En este caso de la Momia guanche de Madrid nos encontramos con un pequeño problema técnico y es que históricamente no sería exactamente el cuerpo de un español, ya que su datación lo remonta a época medieval en la que no existía la nacionalidad española como tal.
No sucede lo mismo con el difunto que reposa, si es que en su estado alguien puede reposar tranquilo, en el Musée d´Allard en la ciudad francesa de Montbrison, donde verdaderamente hay un español en el museo.

Lo que allí nos encontramos es la variopinta colección del barón Jean-Baptiste Allard, un aristócrata francés quien gracias a su cercanía con los cautivos españoles durante la Guerra de la Independencia, logró su macabro propósito. Disecar un ser humano.
Se desconoce la identidad y origen exacto de este cautivo pero todo apunta a que durante la construcción de dicho museo trabajó como albañil, siendo un accidente laboral lo que desencadenó su muerte en 1825.
A partir ese momento comenzó el proceso taxidérmico enviando los restos del infeliz español en un tonel de alcohol a los laboratorios parisinos de Léonard Dupont quien para colmo de males no debió andar muy fino en su labor dando como resultado el lamentable cuerpo que vemos hoy día.

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El español disecado del Musée d´Allard. Un prisionero de guerra convertido en una pieza de museo

Curiosamente de esos mismos círculos científicos salió otra pieza museística hoy considerada una auténtica aberración y que generó numerosos debates, el famoso “negro de Bañolas”. Un bosquimano que tras ser expuesto durante décadas en esta localidad gerundense fue enviado en 2007 a Botsuana donde fue enterrado con todos los honores.

Mientras tanto en España la indiferencia de las instituciones ante un caso tan flagrante como este del español del Musée d´Allard, lanza directa o indirectamente un triste mensaje al dar cuenta de que quien ha luchado por la libertad en España hasta acabar cautivo en otro país ha terminado por ser disecado y guardado en la caja de un museo, por los siglos de los siglos.

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