Se podría decir que desde que España es España, se llevan creando en nuestro país españoles que no lo son, personajes que con una u otra finalidad han aparecido en las páginas de nuestra historia como auténticos protagonistas sin ser ni siquiera personas reales que sin embargo se han valido de la imagen para poder existir.

Antaño fueron santos o legendarios monarcas a los que daban credibilidad sus seguidores, tal es el caso del Santo Niño de la Guardia que sin aparecer ni vivo ni muerto por ningún lugar, terminó siendo el acicate perfecto para soliviantar los ánimos contra la población judía en una fecha tan crítica como 1491.

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Santo Niño de la Guardia con su trepidante historia viñetizada no tardó en alcanzar la santidad pese a su más que dudosa existencia histórica

Más recientemente, encontramos no solo la sospecha de falsedad en un individuo si no en todo un colectivo como pasó allá por 1883 con la temida organización de La Mano Negra que anduvo siempre entre una presunta mafia y una no menos probable operación de falsa bandera.

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Detenidos a raíz de la Mano Negra, en una reproducción para el periódico de La Ilustración española y americana de una fotografía muy probablemente de Gervasio Alonso Montenegro

Así podríamos seguir enumerando españoles desde el siglo XVII como el soldado teletransportado del que nos habla el cronista Gaspar de San Agustín hasta la más reciente actualidad. Pero lo realmente interesante es descubrir la importancia que la imagen tuvo para dar mayor verismo a estas disparatadas historias.

Al margen de las intenciones políticas o religiosas, la mayoría de los españoles falsos nacen del interés económico, bien para evadir la ley o bien para propiciar rematadas estafas valiéndose de una suplantación o una falsa identidad.

Dicen que en el siglo XIX el famoso delincuente Luis Candelas ya se aprovechó de una segunda identidad según la cual se hacía llamar Luis Álvarez Cobos Incluso en una de sus tropelías, el famoso bandido madrileño disfrazó a un bobo de Lavapiés en un adusto obispo gracias al cual logró robar infinidad de cálices y piezas de joyería. Confió el orfebre en que, permaneciendo en la tienda el señor obispo, no tardaría en regresar el diligente servidor con el dinero para pagar tan valioso pedido.

En otras ocasiones los españoles falsos lo eran hasta tal extremo que no sabemos hoy quien anduvo detrás de ellos. En periódicos como La Vanguardia del año 1897 fue muy sonado un robo que se hizo a instancias de uno de estos españoles inexistentes.

Gracias al Archivo Nacional Británico podemos completar parte de la historia que grosso modo vendría a ser algo así. Cierto día un señor o una señora generalmente del Reino Unido recibe una misteriosa carta, en la cual un ignorado Luis Ramos suplica una pequeña ayuda a cambio de un generoso galardón.

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Un ejemplo de las cartas escritas por uno de los españoles inexistentes. www.nationalarchives.gov.uk

El desdichado español se encuentra cautivo después de un periplo por América y parte de Europa yendo a dar con sus huesos en una prisión española. Los motivos son sencillos, el convulso clima político en España le hizo posicionarse en el bando equivocado acabando entre rejas por pura persecución política siendo en lo demás un intachable ciudadano. Para su desgracia y la de sus carceleros que le saben un hombre acaudalado, toda su fortuna permanecía en un banco inglés de donde solo podría sacar el dinero si lograba salir de prisión.

Para ello había cierta urgencia pues el pobre cautivo además de una bellísima hija, tenía una terrible enfermedad que ponía en marcha la cuenta atrás el cronómetro de su vida.

Se solicitaba en aquella compungida carta que el amable receptor abonase la fianza, para acto seguido gratificarlo sobradamente en las oficinas británicas que custodiaban la fortuna. Para hacer más efectiva la historia se adjuntaba una fotografía de la hija de este buen señor como muestra de sinceridad hacia el lector.

Esto que hoy nos huele a más que sospechoso, no era tan evidente a finales del siglo XIX y, aunque no se supo quién orquestaba todo aquello, se sospecha que contaba con la camaradería de los servicios postales españoles a través de los que se interceptarían los giros económicos enviados a tal o cual prisión.

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Periódicos como La Vanguardia se tomaron casi con humor la estafa que en cierto modo fue un precedente de las famosas cartas nigerianas

Por último —aunque se podrían citar una buena lista de españoles inexistentes— terminamos con una mujer, una locutora de la que seguramente muchos lectores habrán oído hablar. Me refiero a la mítica Elena Francis. Una amable consejera que desde las ondas de Radio Barcelona y más tarde Radio Peninsular y Radio Intercontinental, proponía a su femenina audiencia las más sumisas directrices que el régimen franquista esperaba de toda mujer.

Su consultorio en las ondas fue longevo como pocos, pues duró la friolera de 37 años y lo que es más complicado todavía… logró mantenerse en las ondas sin la susodicha presentadora, pues como se descubrió tiempo después, doña Elena Francis había sido una quimera.

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Posiblemente la fotografía que ha trascendido como de Elena Francis se corresponda con Francisca Elena Bes Calbet esposa del empresario José Fradera quien pretendía promocionar sus productos cosméticos en los años iniciales del programa

En un principio Elena Francis, o mejor dicho, su voz, fue María Garriga a la que con el tiempo suplió Roser Cavallé famosa por ser también la voz de Sofia Loren, Katharine Hepburn y Marlene Dietrich, finalmente y ya entrados los años ochenta fue entre otras locutoras Maruja Fernández quien dio vida a la presentadora.

Por si fuera poco en aquel batiburrillo de identidades se le suma el de las personas que fueron la mente de la presentadora, pues hasta seis guionistas participaron en las respuestas que daba la locutora y no era para menos ya que la temática del programa abarcaba un amplio espectro en el que cabían desde los problemas estéticos de la papada hasta la homosexualidad.

Entre aquellos guionistas destacó un hombre que demostró su gran versatilidad narrativa pues se trataba de Juan Soto Viñolo, conocido por ser entonces un renombrado crítico taurino. Por si fuera poco, con el cierre del programa Joan Manuel Serrat le dedicó una canción titulada Carta póstuma a Elena Francis donde bromea con tan fino humor que cuesta no creer que antes de que se hiciese pública la falsedad de esta inexistente señora el bueno de Serrat ya sospechaba algo… Algo que como vemos, ni fue nuevo entonces, ni seguramente lo sea ahora.

Don Nadie y sus amigos, españoles inexistentes
Una de las más célebres imágenes del café Pombo tuvo como protagonista a alguien tan inexistente como “Don Nadie” al que se le dedicó un banquete en el que participaron entre otros muchos Ramón Gómez de la Serna y Valle Inclán.

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