Filipinas, la España exótica II

La semana pasada hablábamos de los españoles en Filipinas y hoy nos centramos en el caso inverso, los filipinos que vinieron a España. Otro ejemplo de cómo son más cosas las que nos unen que las que nos diferencian.

Uno de los tópicos más típicos de España es aquel de “Spain is diferent” y hay que reconocer que para bien o para mal y a nivel europeo ha habido momentos en la historia en los que los españoles hemos sido bastante “diferents” al resto de nuestros vecinos.

En el siglo XIX, auge del colonialismo e inicio de las superpotencias, España no pasaba por su mejor momento. Se había desmoronado como imperio  y para colmo de males le perseguía una imborrable imagen romántica en la que bailaoras de flamenco y toreros impedían que ninguna iniciativa internacional llegase muy lejos.

El gobierno intentando sacar pecho ante el resto de países europeos llevaba a cabo propuestas culturales con las que poderse equiparar al resto de Europa, pero con resultados cuanto menos sorprendentes.

Desde 1883 ciudades como Ámsterdam o Bruselas llevaban a cabo exposiciones coloniales con las que trataban de mostrar su superioridad frente a los distintos pueblos sometidos. Para ello se organizaban espectáculos en los que los indígenas eran exhibidos en condiciones flagrantes donde el racismo era el gran protagonista de un espectáculo que se ha llegado a calificar como “zoológicos humanos”.

Paralelamente a estas exposiciones se llevaban a cabo las exposiciones internacionales donde los inventos y desarrollos técnicos salían a la luz. Un campo en el que España no siempre podía competir, pero en las exposiciones coloniales si.

Fotografía de la exposición colonial de 1887 en Madrid, aunque no lo parezca es el parque del Retiro (Madrid). Fotografía de J. Laurent & Cia.

No en vano Filipinas y buena parte del Pacífico seguía siendo territorio español, con lo cual, no tardó en surgir la idea cuando ya se estaba organizando la exposición que sin embargo sería muy diferente al resto de las ferias europeas.

La exposición colonial de 1887 en Madrid, fue singular por un hecho clave, y es que Filipinas llevaba siglos “occidentalizada”, marcando tendencias de moda en España, como los famosos mantones de Manila, propiciando el flujo de artistas y estudiantes filipinos a Madrid como es el caso de José Rizal (a la postre ideólogo de la independencia filipina) e incluso no pocos estudios botánicos y científicos que paradójicamente llevaban a cabo fundamentalmente órdenes religiosas.

Los artistas filipinos Juan de Luna Novicio, Félix Resurrección Hidalgo y Miguel Zaragoza, con los hermanos Benlliure

Lo cierto es que pese a ello, también había un creciente clima independentista, minimizado en parte por los continuos movimientos nacionalistas que en la propia península ibérica se estaban viviendo (baste recordar el caso de Murcia con el famoso cantón de Cartagena).

Sea como fuere y por encima de tensiones políticas el arzobispo de Manila Fray Pedro Payo logró reclutar a  veintiún filipinos y otros treinta y cuatro indígenas entre los que había igorrotes, moros de Jolo y Mindanao, carolinos, chamorros y varios negritos o aeta de las montañas de Luzón, y entre estos últimos destacó un adolescente llamado Tek, que era el más joven de la expedición. Todos ellos capitaneados por el filipino Ismael Alzate partieron de Manila con rumbo a Barcelona para llegar finalmente a Madrid.

Ismael Alzate con el grupo de igorrotes que vino a Madrid. Fotografía de Fernando Debas

El enclave más propicio para tan peculiar muestra fue el campo grande del parque del Retiro, y concretamente el edificio que hoy llamamos Casa de Velázquez donde el 30 de junio de 1887 se inauguró la exposición.

Día de la inauguración en el Retiro madrileño. Fotografía de J. Laurent y Cia

 
No se escatimaron gastos llegándose a recrear las casas en los árboles de los igorrotes e incluso se utilizó el lago que hay en el Palacio de Cristal para exponer las embarcaciones típicas del Filipinas. Precisamente este emblemático edificio fue construido para la ocasión realizando en su interior la ceremonia de bienvenida. El acto fue presidido por la reina regente María Cristina, todo un gesto de cortesía sin precedentes en Europa, donde los indígenas eran considerados sencillamente inferiores para tales recibimientos y mucho menos para la posterior recepción en el Palacio Real.

Palacio de Cristal, construido para la exposición de 1887. Fotografía de J. Laurent y Cia

Pero no fue el único gesto distintivo: en la exposición madrileña no hubo niños, ni familias, ni se expusieron mujeres desnudas como aliciente erótico, es más, al parecer fueron los torsos desnudos de los igorrotes los que causaron sensación entre las señoronas de Madrid de manera totalmente involuntaria a la organización.

Los fornidos igorrotes en un irreconocible parque de El Retiro.

Las fotografías realizadas fundamentalmente por J.Laurent & Compañía, no fueron nunca fotografías comparativas entre europeos y filipinos, y si alguien mostró algo de superioridad en las imágenes fue Ismael Alzate que como cabecilla del viaje posó con muchísimo más sentido del humor que sus compañeros.

Se cumplieron las fechas acordadas y no se hicieron giras privadas explotando a los indígenas, a los cuales en el caso de fallecer como sucedió con una mujer joloana en Madrid se les dio digna sepultura, algo impensable en la exposición de Bélgica donde hubo serios problemas a la hora de encontrar un camposanto que dejase enterrar a aquellos “negros paganos”.

Será difícil aunque interesantísimo saber con qué opinión regresaron el joven Tek y sus compañeros a Filipinas, quizás su visión de todo aquello nos ayudase a comprender un poco mejor como éramos nosotros como sociedad y como quizás sigamos siendo.

Parte de los filipinos participantes en la exposición. J. Laurent & Cia.

Ver: Filipinas, la España Exótica.

       

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