Fotógrafos y turistas en el siglo XIX

En estas fechas tan veraniegas, es imposible no ver en alguna de nuestras playas o ciudades a algún turista extranjero ataviado con su cámara de fotos. ¿Cómo sería esa misma escena en el siglo XIX?

Cuando se inventó la fotografía España vivía en una situación bastante peculiar, tan solo hacía cinco años que se había abolido la Inquisición, todavía no había acabado la primera guerra carlista, existía un desorbitado índice de analfabetismo y para más inri la corona recaía sobre una niña de ocho años.

Con este panorama nos podemos imaginar que el desarrollo técnico aún dejaba mucho que desear, si al menos hubiese una buena red ferroviaria…

Con la comunicación se solucionarían buena parte de los problemas, pero la abrupta geografía española y la desmedida afición de algunos políticos por el dinero ajeno hicieron que la red ferroviaria fuese siempre deficitaria y en consecuencia el desarrollo del país más lento en relación a Europa.

Este poco entusiasmo por el desarrollo quedó reflejado por Jules Verne en su libro “De la Tierra a la Luna” donde deduce con no poca exactitud cual sería la reacción de España a la hora de invertir dinero en un viaje espacial con estas palabras: Respecto a España, no pudo reunir más que ciento diez reales. Dio como excusa que tenía que concluir sus ferrocarriles. La verdad es que la ciencia en aquel país no está muy  considerada. Se halla aún aquel país algo atrasado.

Y lamentablemente no le faltaba razón, pero en contrapartida España tenía un aliciente muy especial y es que gracias a su peculiar situación, se había convertido en el destino exótico de los escritores románticos, ruinas, aventuras, y pasión desenfrenada brotaban por doquier, tal y como lo relataban viajeros como el estadounidense Washington Irving o el inglés George Borrow (Jorgito el Inglés como se le conocía en España).

No obstante, la imagen de folclórica se deformó tanto, que los prejuicios sobre los españoles se extendieron rozando el disparate, el ejemplo más claro nos lo ofrecen viajeros como Antonie Latour que llego a ver reminiscencias de Constantinopla nada menos que en el puerto de Pasajes (Guipúzcoa).

El tópico de las flamencas llegaba a tal extremo que como apreciamos en la foto, las situaban en Hondarribia. (País Vasco).
El tópico de las flamencas llegaba a tal extremo que como apreciamos en la foto, las situaban en Hondarribia. (País Vasco).

Es normal que  esa obsesión de encontrar sevillanas nada más cruzar el Pirineo causase enfados entre los intelectuales españoles, el caso más conocido es el del literato Carlos Frontaura que protestó enérgicamente cuando en la exposición universal de Paris de 1889, hubo gente que se extrañó de no verle vestido de torero.

Sus palabras al respecto se explican por sí solas: (…) para ellos (los franceses) España es un país donde no se piensa en otra cosa que en tocar las castañuelas, en robar en los caminos, y en pelar la pava.

Pero entre el delirio de unos y el enfado de otros hubo un tipo de viajeros que causaron admiración entre propios y ajenos, nos referimos a los fotógrafos.

Mucho más ilustrados por lo general que los viajeros de salón, los fotógrafos británicos y franceses apreciaron en España algo más que toros y flamencas. Los edificios góticos o enclaves emblemáticos como la Alhambra fueron apreciados con quizás más acierto que las autoridades a quien correspondía en salvaguardar esos lugares y gracias a sus instantáneas podemos apreciar buena parte de nuestro patrimonio, casi perdido en aquel entonces.


Fotografía atribuida a Charles Maussaize en el interior de la Alhambra.

Nombres como el del pintor Henry Regnault, o Charles Maussaize quedaron unidos para siempre con la arquitectura nazarí de Granada, al igual que Edward-King Tenison y su esposa Louisa Tenison con las primeras fotografías de Sevilla, que posteriormente fueron convertidas en los primigenios “souvenir” dado que como tal se vendieron en su libro Recuerdos de España. Una excelente colección de panorámicas para las que dedicaron prácticamente tres años entre 1850 y 1853.

Edward-King Tenison captó como nadie el patio de los Arrallanes en la Alhambra de Granada.
Edward-King Tenison captó como nadie el patio de los Arrallanes en la Alhambra de Granada.

Más efímero pero igualmente de placer, fue el viaje que un año antes había realizado Claudius Galen Wheelhous cuando llegó a Cádiz en octubre de 1849. Este británico se encontraba allí haciendo escala durante un viaje de placer que le llevaría a conocer todo el Mediterráneo, por ello a la menor ocasión descendía a tierra firme para inmortalizar todos los enclaves en los que pasaba aquel buque llamado Gitana.

De este modo, una vez llegados a Cádiz no se resistió a plasmar las fortificaciones de la ciudad, sin darse cuenta de que los militares poco o nada sabían sobre aquel invento de la fotografía y más pensaron que se trataba de un espía que de un buen intencionado fotógrafo.

La sesión fotográfica, como es de imaginar, acabó con Claudius detenido y el resto de la tripulación británica explicando a marchas forzadas en qué consistía eso de captar imágenes con la luz solar.
 
Así podríamos continuar la lista con las fotografías del palmeral de Elche, atribuidas a un desconocido Em. Pec. Bajo cuyas siglas se descubrió que se ocultaba el prestigioso Pierre Emile Joseph Pecarrère, sin olvidar el médico y botánico Paul Marès, más centrado en la costa levantina abarcando en sus  fotografías Baleares, Valencia, además de Granada y Sevilla y tantos y tantos fotógrafos que ya quisieron captar aquel país desconcertante.

Palmeral de Elche.
Palmeral de Elche.

       

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