La novela Golpes de gracia, editada por Malpaso, del escritor vasco Joxemari Iturralde (Tolosa, 1951) nos cuenta la histórica enemistad entre dos boxeadores que aún siendo amigos, alcanzaron la fama y cayeron al fango con el mismo peso que daban puñetazos.

La historia que nos cuenta Golpes de gracia es la de dos boxeadores vascos, grandes conocidos en el círculo pugilístico de los años treinta, que se convirtieron por méritos propios en estrellas dejando detrás una historia que podrá alabarse y rechazarse a partes iguales.

Paulino Uzcudun
Tenía un puño de hierro, rápido y contundente. Además, era callado y aprendía rápido. No le costó encontrar la fama. © Agence Meurisse

Ellos eran Isidoro Gaztañaga y Paulino Uzcudun. Nacidos bajo la misma estrella y criados en el mismo ambiente, ambos boxeadores mantendrían una amistad estrecha viendo el uno al otro triunfar combate tras combate.

Uzcundun tomó la delantera en lo que al éxito popular se refiere. Iba un paso por delante de su amigo y rival. Era un tipo campechano, que no olvidaba en ningún momento que durante su infancia su familia había pasado hambre. En sus entrevistas lo repetía, le fascinaba poder comer hasta hartarse, sus orígenes humildes jamás se lo habían permitido. Fue a París y allí aprendió a pelear. Después de varios combates, destacó hasta meterse en el círculo profesional y convertirse en Campeón de España y de Europa.

Isidoro Gaztañaga
Isidoro Gaztañaga. Un muchacho algo díscolo pero con una pegada formidable.

Se convirtió en una estrella. Robert Capa realizó un reportaje fotográfico en el que contaba cómo era un día normal en la vida del púgil. Se unió a las noches de la alta sociedad y ganó mucho dinero que también gastó. Se enfrentó a muchos de los boxeadores más importantes de la época y eso le hizo alcanzar renombre mundial. Su último combate lo disputó una renqueante lesión mal curada, en Nueva York, con la prensa amarillista desatada, que acabó con él y con sus posibilidades de vuelta cuando su cara golpeó la lona.

Paulino Uzcudun y sus compañeros de escuela de boxeo
Paulino Uzcudun y un par de boxeadores de su escuela. Biblioteca de Koldo Mitxelena Kulturunea, DFG

Isidoro Gaztañaga había conocido a Uzcundun en su juventud. Les unía la amistad pero también el signo político al que ambos se afiliarían. Cuando estalló la guerra, Uzcudun se desvinculó de la República y se adhirió a los nacionalistas, esperando que la victoria de estos le convirtiera a él en el nuevo boxeador de la patria. Aunque fuese con “chaqueta” distinta.

Gaztañaga, aunque más vividor y disoluto, nunca perdonó a Uzcundun. Y cuando aún mantenían la amistad, ambos recelosos de las decisiones del otro, celebraron una cena que acabó a hostias. Y desde entonces, nunca volvieron a hablarse a no ser que fuese para insultarse.

Paulino Uzcudun visto por Robert Capa
Paulino Uzcudun visto por Robert Capa

Es de recibo destacar que existe una especie de mito alrededor de ellos dos, quizá de dos boxeadores, que cuenta que tenían signos políticos diferentes, uno republicano y otro nacionalista, y que se enfrentaron en combate. Manuel Summers realizó un documental llamado Juguetes Rotos en el que hablaba, entre otros, de estos púgiles que acabaron por ver su carrera condenada al recuerdo de un puñado de “crochets” y que un día no tuvieron techo que les detuviera.

Suele ser una deferencia de nuestra memoria la de asignar sucesos de apariencia mítica a realidades con un contexto donde pudieran encajar. No es el caso, ese combate nunca llegó a producirse, aunque ambos tuvieron tentativas de celebrarlo. En ciertas ocasiones era Uzcudun el que se resistía, en otras, Gaztañaga ponía excusas, aunque éste era bien conocido por sus históricos desplantes. Pero solía ser el primero el que trataba de evitar al segundo. Quizá la conciencia tuviese algo que ver.

Isidoro Gaztañaga
Isidoro Gaztanaga, International News Photo, Wire photo, Diciembre, 1935

Durante una gira americana, en un bar en Venezuela, Gaztañaga se enfrentó a un tipo que le retó en un duelo. Lo que el boxeador no sabía es que el duelo iba a ser a tiros. Antes de morir aún le soltó un par de puñetazos a su asesino que fueron los últimos de su vida.

El autor de la novela, Joxemari Iturralde, un grande de la escuela literaria vasca actual, escribe, tal y como comenta en la introducción Ignacio Martínez de Pisón, con “punch” de izquierda. Su narrativa es clara y directa, sin concesiones a retóricas innecesarias. Es virtuosa y con músculo y su lectura nos acaba encajando a base de golpes. Además, como un hilo lírico del modo de vida y del enlace sentimental entre ambos boxeadores, los capítulos tienen títulos de las mujeres que ambos amaron, como si fueran rastros en los que fueran dejándose algo de ellos mismos por el camino. 
La novela, que es casi una novela histórica, tiene ligeros tintes periodísticos, como una crónica de sucesos. Nos da muestra de una realidad clara y palpable de lo que ocurrió, aún sabiendo que está rodeada de la necesaria ficción. Las imágenes, una vez más, vuelven a dar golpes de realidad a la posibilidad de rebuscar entre esa ficción para encontrar la verdad. Todo ha quedado documentado para la posteridad, incluso el auge y la caída de estos juguetes rotos.

Luis Ángel París
Técnico superior en dirección y gestión de empresas, con estudios parciales en Historia. Relacionado con el mundo del libro, su distribución y el mundo editorial desde hace diez años. Guionista ocasional. Ha escrito dos novelas, El vuelo de la polilla y No hay dios pequeño y un puñado de relatos para recopilaciones de cuentos.

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