¿Quiénes son las señoritas de Avignon?

Por estas mismas fechas, hace 107 años el joven Pablo Ruiz Picasso daba las últimas pinceladas a uno de los lienzos que se convertiría en uno de los más conocidos de toda su obra. Las Señoritas de Avignon.

Es normal que el sobrenombre de Avignon nos haga pensar en la hermosa ciudad francesa, sin embargo si pudiésemos viajar en el tiempo y preguntar a los amigos de Picasso por Les demoiselles d’Avinyó (que es el título original del cuadro) seguramente se sonreirían indicándonos el famoso prostíbulo de la calle Avinyó de Barcelona. Trasladémonos pues a la ciudad condal, en busca de Picasso, las fotografías y por supuesto las señoritas de Avinyó.

Toda esta historia empieza en 1895, año en el que el profesor de dibujo José Ruíz Blasco fue trasladado desde la Coruña a la escuela de artes y oficios de la Lonja en Barcelona. Le acompañaba su hijo Pablo, un adolescente que pasaría a la historia por el apellido materno, Picasso.

El muchacho parecía tener muchas dotes para la pintura, tanto es así que en poco tiempo realizó dos exposiciones de pintura en el famoso local Els Quatre Gats, epicentro de los artistas de la Barcelona modernista.


	 Picasso adolescente retratado por Ramón Casas.

Picasso adolescente retratado por Ramón Casas.

Uno de esos artistas también era hijo de un profesor de dibujo, aunque él se había decantado por el arte del daguerrotipo, hablamos de Antonio Esplugas Puig uno de los fotógrafos más célebres de aquel momento.

Por aquel entonces Esplugas y había alcanzado grandes éxitos convirtiéndose en 1881 en ganador de la medalla  de la Orden de Isabel la Católica por sus avances en la técnica fotográfica del colodión húmedo, y aunque sería largo explicar sus investigaciones en las emulsiones de bromuro de plata, si podremos decir que el progreso fue tan grande que llegó a tomar fotografías en un tiempo 15 veces inferior al que se empleaba hasta entonces.

No es de extrañar que un año más tarde y en uno de sus viajes a Madrid se le concediese el título honorífico de fotógrafo real. La fama conseguida en esos años combinada con el abaratamiento de costes de sus nuevos métodos, le permitió transformar el negocio de la fotografía en casi una industria, lo cual le permitió abrir en 1889 su primera sucursal en la Plaza del Teatro nº2. Apenas cuatro años después el local ya se había quedado pequeño y hubo de trasladarse al Paseo de Gracia, con luces eléctricas, una sala de exposiciones… es decir el no va más de los estudios.

Todo apunta a que buena parte del éxito vino dada gracias al contacto que el estudio de Esplugas mantenía con sus colegas franceses, aunque como veremos más adelante el intercambio no fue solo de material tecnológico si no de unas fotografías de lo más “interesante”.

Imagen del Arxiu Históric de la Ciutat de Barcelona
Imagen del Arxiu Históric de la Ciutat de Barcelona

Siendo uno de los estudios más afamados de la ciudad condal es lógico que por allí pasasen la flor y nata de la vida teatral de Barcelona, cupletistas y actrices que ganaban fama y prestigio con unas fotografías que a modo de postal se vendían con gran facilidad entre los fervorosos seguidores de las diosas de la escena.
La privilegiada mentalidad empresarial de Esplugas le hizo dar un paso más allá. Si las postales se vendían bien, cuánto mejor no se venderían los desnudos o las fotografías insinuantes.

En cualquier caso Antoni Esplugas no estaba solo en aquel empeño, hubo actrices que supieron aprovechar la jugada para ganar con sus encantos adeptos allende incluso de nuestras fronteras ya que gracias a los periódicos se distribuyeron fotografías que veladamente se anunciaban en los clasificados como fotografías “muy curiosas”, “interesantes” e incluso “fotografías galantes”.

Tal éxito alcanzó la distribución de fotografías eróticas desde Barcelona, que en el año 1898 surgió la revista “Vida Galante” cuyas fotografías coloreadas invitan más a la ternura que a otra cosa, pero de inigualable valor cultural.

La Vida Galante. Publicación en la que participó Esplugas

Es por tanto fácil pensar que en 1907 cuando el veinteañero Pablo Ruiz Picasso se pusiese manos a la obra con su cuadro corriesen por París las fotografías de  Esplugas a la velocidad de la pólvora.

El parecido entre las posturas de algunas de estas fotografías y el reconocimiento implícito de Picasso de regentar aquellos ambientes (como queda reflejado en el dibujo  “autorretrato con desnudo”) hace pensar en la notable influencia que tuvieron las fotografías de Esplugas en la obra del pintor malagueño.
El primitivismo ibérico, y el germen del cubismo terminaron por completar una obra que se ha convertido en indispensable para la historia del arte. Un cuadro cuyo mayor secreto quizás solo pudiese ser desvelado por un fotógrafo no menos genial, Antoni Esplugas Puig.

       

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