Jean Seberg, misterio, modernismo y locura

El estilo y las maneras de Jean Seberg han quedado para la posteridad, ofreciendo la idea de que su imagen y la fuerza visual que trasmitía han llegado intactas hasta nuestros días. La historia de su vida es otro cantar.

Estilo, formas modernas y rompedoras. Su pelo corto, rubio y brillante, sus líneas rectas casi andróginas, su vestimenta modernista. Podríamos catalogar hoy de hípster y no desentonaría si la viésemos pasar por nuestras calles. Se convirtió pronto en un icono de moda y las revistas y los medios gráficos se la rifaban. Dejó un legado al arte pop poco reconocido.


Jean Seberg, modelo mil veces repetido. Foto de Herb Ritts

Hasta que Otto Preminger no la hiciese debutar como actriz en Juana de Arco, la vida de Jean Seberg fue un enigma. Parecía sueca, pero era de Illinois. Su interpretación de Patricia junto a Jean Paul Belmondo en Al final de la escapada la puso en el ojo de todos y la referenció en los libros de historia del cine.

La bella muchacha de figura fina que vestía como un chico se convirtió en un icono llegando a la cúspide con Bienvenida Tristeza, cinta que daba vida a la novela de Françoise Sagan que puso patas arriba al mundo editorial de su época.

La concepción de chica moldeada para ser una estrella ponía en cuestión su fuerza y vitalidad y hacía una necesidad para ella el no tener a nadie que le indicase el camino por el que andar.


Seberg y Belmondo en “Al final de la escapada” de Jean Luc Godard. 1960.

La historia de Seberg es de una niña que crece de repente y se enamora de un hombre mucho mayor que ella que no puede darle hijos. Cuando al fin lo consigue, su adicción a los barbitúricos le provoca un aborto.

Ese hombre mayor era el intelectual, escritor y diplomático Romain Gary, con quien estuvo casi diez años de matrimonio y que le sacaba veinticinco años. La estampa era impactante a la par que extravagante. Era una fotografía repetida en la época y anhelada por la generación de escritores y artistas que veían el siglo llegar a su cenit con el grueso de su obra a sus espaldas.


Seberg en el cartel de “Bienvenida tristeza”. 1958 © Wheel Productions

La diferencia de edad se acusaba en sus relaciones sexuales y en los intereses tan dispares de ambos. Aunque pudo darle un hijo, Diego Gary, su relación fue deteriorándose hasta extinguirse. Sobre esta relación, Gary escribió un libro llamado “Próxima estación: final de trayecto” que Demipage acaba de editar en nuestro idioma.

Entonces entró en una espiral de alcohol, drogas, y un dejarse llevar continuo en el que el cine pasaría a un segundo plano,  siendo sus ataques nerviosos los puntos de inflexión alrededor de los que giraría su vida.


Con su marido, Romain Gary, escritor dos veces ganador del premio Goncourt. © Raymond Depardon/Magnum Photo

Y aunque su relación con el cine no llegó a despegar del todo tras sus pasos iniciales, tuvo momentos de gran calado cinéfilo. Así llegaron colaboraciones con Clint Eastwood (con quien también tendría un romance y que fue la gota que colmó el vaso para Gary), con el director francés de gran calado político Ivess Boiset, incluso con la actriz española Marisol para una sonrojante película llamada La corrupción de Chris Miller, en la que daba vida a la madre de Marisol y con quien se rifaba los novios que su hija se echaba.

Su relación con el grupo catalogado de terrorista los Panteras negras, con cuyos integrantes más destacados fraternizó durante la década de los sesenta, le llevó a ser investigada por el FBI como en un programa de esta organización destinado a identificar influencias en personalidades famosas.  Una reciente biografía asegura que el grupo manipuló a la muchacha para hacerle sentir cupable ser una estrella de cine blanca y luterana del empobrecido medio oeste


La película patria “La corrupción de Chris Miller” ilustra el camino que tomó  la carrera de Seberg. 1973 © Xavier Armet P.C.

Puede que el acoso al que llevó su investigación el FBI (reiteradamente denunciado por muchos primeras espadas de la Nouvelle Vague) y la pérdida de su primer hijo, así como sus tempestuosas relaciones con su primer marido y con James Franco, le llevasen a su trágico final.


En la película “Airport”, desprendiendo su belleza propia, 1970. ©Universal Pictures, Ross Hunter Productions

Sus últimos meses de vida los pasó entre psiquiátrico y casas de amigos que aún podían ofrecerle cobijo. Fue encontrada en el interior de su coche, muerta, con el estómago repleto de barbitúricos, la piel llena de quemaduras de cigarrillo, y un poncho como única prenda, que como asegura Carlos Fuentes, fue regalo suyo.

Como asegura Vila-Matas de Fuentes cuando escribía sobre ella, “viene a decir que era una mujer desquiciada, con un enigmático lado oscuro, que perturbaba a cualquiera y podía llegar a ser muy cruel.”. Asumía la infidelidad como norma, y se mostraba dura e implacable con quienes cuestionasen cualquiera de sus actitudes.

Cuando perdió a su segundo hijo, con tres días de vida, realizó decenas de fotos a su cadáver. La perpetuación del hijo anhelado a través de la fotografía da cuenta de la importancia que tenía para ella la imagen. Corría por los aeropuertos desnuda y durante un tiempo solo se alimentó de comida para animales, o como cuenta su hijo en un reciente documental, “se sentaba a hablarle al frigorífico durante horas”.


Seberg en 1960 por Bob Willoughby, ©Bob Willoughby

Enajenada, mentirosa compulsiva, autodestructiva, Seberg se convirtió en una mujer compleja al extremo. Sin embargo su imagen fue tomando fuerza y transformándose a través de los años, manteniendo la potencia deslumbrante con la que antaño la habíamos conocido.

Romain Gary se suicidaría tan solo un año después. James Franco grabó una película, Lágrimas Negras sobre su relación con ella y Carlos Fuentes llegó a escribir una novela de pasión y locura describiendo lo que vivió a su lado. No dejó indiferente a nadie.

Fue una mujer oscura y luminosa ante las cámaras. Una belleza que destiló una actitud que la fotografía perpetuó dándole un sentido que hoy sigue en sintonía con la moda y la enérgica juventud desprendida. Y a pesar de todo siempre a la deriva, como asegura Vila-Matas; “un naufragio continuo como ser humano”.

       

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