Johannes Brahms y los Schumann

Cuando el matrimonio Schumann dejó entrar en su casa a un joven Johannes Brahms para escuchar su música por primera vez, empezó uno de los capítulos más bellos e intensos de la historia de la música.

Robert Schumann (1910-1956) ya era un prestigioso compositor cuando conoció a Johannes Brahms (1833- 1897). Schumann era una especie de mecenas, un aliado de aquellos a quien elegía aliarse. Eran pocos los que acudían a su casa para mostrarle sus composiciones y no salían de ella con tan solo una palmadita en la espalda. Una recomendación positiva de este genio romántico significaba poder entrar en un selecto grupo de personalidades relacionadas con la música que de otra forma era demasiado complicado para cualquiera.


 Clara Wieck, antes de convertirse en Clara Schumann. Colección Viena Hulhman

Su esposa, la bella Clara Schumann (1819-1896), nueve años menor que él, era una mujer alegre y risueña. Y además una pianista excelente así como una compositora en ciernes. Cabe destacar que en su época, Clara Schumann era comparada con nada menos que Franz Liszt, y es posible que no sea más celebrada hoy en día debido a que durante mucho tiempo, posiblemente por ser mujer y ser la esposa del maestro Schumann, no se la tuvo más en cuenta de lo que realmente su música merecía.

Ante esta pareja de monstruos de la música, una noche lluviosa de octubre llamó a la puerta de los Schumann un muchacho empapado que portaba una carta de recomendación. “Les ruego escuchen al joven Johan y juzguen si es de recibo atender a su educación musical”. Estaba firmada por el profesor de música de Brahms con el que Robert Schumman ya había tenido anteriormente contacto y que había propiciado que el virtuoso violinista Joseph Joachin le presentase a Johan y le citase en su casa para escucharle tocar.


Johannes Brahms. Foto, Vienne 1869. Colección K.H. Hambourg.

Como describiría Clara posteriormente en sus diarios, un muchacho bien parecido, poco hablador y de ojos brillantes entró en el salón y miró a su alrededor como si estuviese en otro planeta. Robert ya había oído hablar del muchacho, parecía llevar componiendo y tocando el piano desde los siete años, y con tan solo once ya había realizado alguna gira por el Weimar. El maestro romántico respiraba escepticismo, cuántas veces no habría oído hablar de promesas que quedaban en un puñado de trucos efectistas con las teclas del piano. Mucha técnica pero poca alma.

Johan tomó asiento ante el piano. Su mirada se encontraba con la de Clara y parecía tener que hacer esfuerzos para dejar de hacerlo. Robert se sentó junto al piano y pidió al joven que tocase lo que prefiriera. Las manos de Brahms ejecutaron varias piezas que se sabía de memoria y que llevaba tocando desde que era pequeño. Las había hecho suyas. Clara se sentó junto a él y tocaron a cuatro manos. Y así hasta bien entrada la noche, entre risas y alabanzas del matrimonio.


 Dibujo de Robert y Clara en 1847

Cuando Brahms salió por la puerta y Schumann le citó para el día siguiente, se acercó al salón donde estaba su esposa y la miró a los ojos con ternura; “es él, es el elegido”. Había encontrado a su heredero.

Desde entonces, la pareja estuvo ligada a Brahms de por vida. Especialmente Clara. Brahms se mudó a Viena de manera definitiva para estar cerca de ellos y aprender de Robert, mientras que con Clara estrechaba su amistad cada vez más. Entonces llegó la enfermedad de Schumann. Empezó con paranoia, quejándose de todo y de todos, y haciéndole la vida imposible a los que convivían con él. Hasta tal punto llegó aquello que tuvo que ser internado en un sanatorio cercano del que se escapó una noche para arrojarse al Rhin y acabar con su vida. No murió, pero desde entonces todo cambio para ambos y el matrimonio de los Schumann se convirtió en un infierno.

Brahms siempre se mantuvo cerca de la pareja, tratando de consolar a una Clara que temía que el próximo connato de suicidio de su marido acabase realmente con su vida. Los médicos no permitían visitas, temían que ver a su esposa alteraría el ánimo de Schumann hasta el punto de llevarlo a peligrar. Así, los últimos meses de vida del genial compositor los pasó recluído en la habitación del sanatorio de Bonn mientras Clara y Brahms permanecían juntos y atentos a lo que ocurriera.


 Katharine Hepburn interpretó a Clara Schumann en “Song for love” 1947 ©MGM

Era innegable para ambos que se amaban, pero la admiración y pasión que sentía Clara por su esposo la llevaba a mantener la distancia que propiciase una relación de amistad respeto mutuo. Un día, los médicos permitieron a Clara visitar a Robert en su habitación. Eran las últimas horas de vida del maestro y tenía una clarividencia como parecía haberla perdido meses antes. Allí, a los pies de la cama, la reconoció y dijo su nombre. Tenía 46 años.

Días después, tras los responsos, Clara cito a Johannes en un café para hablar con él. El genial compositor acudió con la sombra sobre su cabeza de haber pasado años pensando en Clara como su anhelo y en Robert como su padre y mentor, algo que se contradecía en su interior atormentándole.


Fotografía tomada en el funeral de Clara Schumman en 1896. Moldenhauer Archives at the Library of Congress

Allí, Clara le dijo que jamás estarían juntos. Que ella se debía a la memoria de su esposo y que eso es lo que haría a partir de entonces, honrarle y llevar su música por el mundo. Brahms debía dedicarse a su música, a crecer y explotar como autor y convertirse en uno de los compositores más grandes del mundo, tal y como ella y Robert había vaticinado que sucedería. Y sí, le amaba, le reconoció, pero era imposible que Clara Schumann estuviese con Johannes Brahms.

Desde entonces se separaron pero no dejaron de mantener el contacto hasta la muerte de Clara. Cuando ella ya no estuvo, al poco tiempo, Brahms murió. Y son varios los que afirman que, a pesar de pertenecer a un romanticismo tardío que ya se tocaba con el realismo, Brahms escribió sus obras generando una nostalgia y tristeza cuya relación con Clara no hizo más que alimentar. Lo que los tres nos legaron y el lugar que hoy ocupan, deben mucho a la influencia que ejercieron los unos en los otros durante el tiempo que convivieron juntos.

       

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