En España hay costumbres, manías o como quiera llamársele que hunden sus raíces en lo más profundo de los tiempos. No siempre son prácticas loables, ni encuentran justificación en la tradición pero nos explican cómo se relaciona el ser humano con una curiosa cuestión; las representaciones artísticas.

No es extraño en nuestro país encontrar muestras de afecto ante estatuas y monumentos. Lagrimas derramadas en plena Semana Santa, evidencian un amor capaz de desgastar las piedras y valga como ejemplo la tapa del sepulcro de un clérigo del siglo XV que se guarda en la basílica de la Virgen del Prado en Talavera de la Reina (Toledo) cuyas manos y cara son hoy imperceptibles por ser tradición entre las muchachas casaderas acariciar la efigie yacente para lograr echarse novio. También de piedra es el pilar donde se apareció la Virgen en Zaragoza y que hoy día se haya erosionado a base de tantos besos.

Clérigo siglo XV, Talavera de la Reina, patrimonio artístico
No siempre el odio provoca desperfectos en las imágenes también  el exceso de afecto erosiona el patrimonio cultural como sucede con la efigie del clérigo enterrado en la basílica de la Virgen del Prado en Talavera de la Reina

Del mismo modo atávico, las pasiones se desatan en opuesta dirección, e igual que se ama a una efigie se desea su destrucción. Este odio furibundo no deja de evidenciar el valor que se les da a objetos que racionalmente son inocuos a cualquier mortal, pero que para quien los odia o los ama parecen tener un poder casi sobrenatural.
Lo vemos ya desde antiguo cuando templos y estatuas de la cultura ibérica tales como Cabezo Lucero (provincia de Alicante) o el Cerro de los Santos (Albacete) fueron hechos añicos con una premeditada intención. Incluso con la llegada de la religión cristiana al poder, condenó a la ruina infinidad de templos e imágenes hispanas con edictos como los de Honorio y Arcadio en el año 399.

Escultura ibérica, iconoclasta, dama de Guardamar
El concienzudo martilleo y la acción del fuego hacen pensar que la destrucción de esculturas ibéricas como esta de la Dama de Guardamar pudiera haber sido fruto de la iconoclastia ya presente en la antigüedad

Verdugos primero y víctimas después las sucesivas religiones han padecido la iconoclastia en sus propios monumentos, y así, los enérgicos cristianos que desmoronaron estatuas romanas se vieron sin sus santos y vírgenes cuando en el siglo XVI llegó la reforma protestante.
En España no arraigaron las tesis de Lutero y aunque históricamente se ha hablado de episodios tales como el saqueo de Roma como un ejemplo de iconoclastia española, lo cierto es que en tal episodio hubo más interés en desfalcar oro, joyas y riquezas que en destruir ningún monumento.

No así en las historias atribuidas a moriscos y judíos a los que se les acusó casi de continuo de maltratadores de imágenes, como sucedió con los portugueses residentes en Madrid acusados hacia 1630 de ser profanadores de un cristo al que hacían todo tipo de perrerías.

Francisco Ricci, Cristo de la Paciencia, profanación de crucifijo
Profanación de un crucifijo. Así representó Francisco Ricci las acusaciones de criptojudaísmo que se hicieron en el siglo XVI a los portugueses residentes en Madrid, entre las denuncias estaba la de iconoclastas contra Cristo

Más allá de la veracidad de aquel proceso, como muchos tantos llevados a cabo por la Inquisición, si que es verdad que el tema de las imágenes contó con una importancia capital en el los tribunales del Santo Oficio.
Peleles y sambenitos tan frecuentes en los autos de fe también ganaron protagonismo gracias a las humillaciones públicas que padecían donde su patética imagen representaba a aquellos sentenciados que bien por muerte o por haberse fugado de las cárceles inquisitoriales acababan condenados en efigie a la hoguera. Una tradición que por cierto se ha perpetuado en tradiciones populares en la destrucción de otras figuras como el Peropalo de larga tradición extremeña.

Cerro de los Ángeles, Aniceto Marinas, Sagrado Corazón
El fusilamiento del Monumento al Sagrado Corazón de Jesús no solo acababa con un icono cristiano sino también con una obra cumbre del escultor Aniceto Marinas

Con el transcurrir de los siglos otras tantas imágenes fueron destruidas bajo el impulso fanático. La destrucción de iglesias y otros templos durante la ocupación francesa del siglo XIX y los desmanes de los años treinta que nos dejaron tremendas fotografías cargadas de simbolismo.

La Guerra Civil con sus continuos sinsentidos también atacó las obras artísticas sin pensar que más allá del sentido político o religioso tenían un innegable valor cultural. Mecas de nuestra cultura como el Museo del Prado o la Biblioteca Nacional de Madrid fueron objetivos prioritarios de la aviación dejando desoladoras escenas tales como las salas de nuestra principal pinacoteca vacías para su salvaguarda.

Lope de Vega, estatua, sin cabeza, Bibloteca Nacional
La cabeza de Lope de Vega rodando por los suelos de la Biblioteca Nacional a causa de los bombardeos

Y es que independientemente de los tradicionales y aceptados bandos, hubo otra gran fuerza que campó a sus anchas en el funesto conflicto hondeando la bandera de la sinrazón; la ignorancia, que a todos hiere por igual y a nadie benefició. Afortunadamente también hubo otro de esos bandos “secretos” que defendió el patrimonio español.
Instituciones gubernamentales y también gente espontánea que asumieron terribles riesgos luchando contra la iconoclastia. Defensores de nuestra cultura que con su labor aumentaron el valor de todo ese patrimonio que hoy disfrutamos.

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La pintora Elvira Gascón fue una de las tantas personas que luchó para la protección del patrimonio artístico. En esta fotografía captada por David Seymour “Chim” aparece inventariando cuadros en el Convento de las Descalzas Reales de Madrid

Escenas particulares que se han presentado en el cine con películas como La Hora de los Valientes, pero que tuvieron su reflejo en la realidad. Mujeres que salvaron esculturas bajo sus faldas o documentos de un valor tan incalculable como la partida de nacimiento del mismísimo Cervantes.

Los protagonistas de esta singular historia fueron el tabernero Juan Raboso, su hermano y sacerdote escolapio Pedro Raboso y un hojalatero, Francisco del Río. Quienes guardaron el preciado documento en una caja de galletas la cual fue escondida en el interior de un pozo durante toda la Guerra Civil.
Historias que le dan otra dimensión a nuestra cultura y a nuestra propia evolución, historias que quizás nos hablen sobre cómo el mejor antídoto contra el fanatismo es otra vez más la educación.

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Fachada de las Descalzas Reales durante la Guerra Civil, una joya de nuestro patrimonio protegida de fanatismo gracias a la educación

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