No había nadie que hiciera caso a Rufina Amaya. Nadie quería escuchar su historia a pesar de que estaba dispuesta a contarla las veces que fueran necesarias. Cuando los especialistas llegaron a la región de El Mozote y dieron con el enorme montículo de tierra removida, excavaron hasta dar los restos humanos que dotaron de veracidad a la historia de Rufina; “Solo se oía aquella gran gritazón“.

El los días 11, 12 y 13 de diciembre de 1981 diversos batallones entrenados por la CIA y desplegados en la zona de El Mozote, región de Morazán, en El Salvador, entraron en la aldea buscando pistas de las actividades de la guerrilla que se enfrentaba abiertamente al régimen de Duarte. Durante varios días dividieron a la población entre varios edificios de los poblados, como la iglesia o la escuela. Torturaron a sus habitantes tratando de sacarles información y, sistemáticamente, después de cada sesión de tortura, los mataron.

Exhumación de niños y niñas en la Iglesia de El Mozote, en 1992 © Archivo Histórico Audiovisual – MUPI
Exhumación de niños y niñas en la Iglesia de El Mozote, en 1992 © Archivo Histórico Audiovisual – MUPI

El marco histórico era una guerra civil que nadie sabía que se encaminaría a durar doce años. Napoleón Duarte, asesorado por Estados Unidos, estaba llevando a cabo reformas concretas y oligárquicas que incluían una represión feroz a sus disidentes. Duarte forzó la situación hasta declarar el estado de sitio y entabló acuerdos de paz solo cuando la situación estuviera controlada. Uno de los más sonados episodios del conflicto fueron las declaraciones de Monseñor Romero, una personalidad cristiana conocida y respetada, que acusó al régimen y a Estados Unidos de llevar a cabo una violencia inusitada y les instó a desistir de forma inmediata. Fue asesinado y, a pesar de que se señaló de forma oficial a uno de los máximos mandatarios militares de Duarte, este jamás fue procesado.

La indignación del pueblo se veía respaldada por la visión exterior del suceso. Una carnicería como aquella parecía estar verificada pero, además, de alguna manera y en última instancia, permitida. El efecto que provocó en la prensa internacional no dejó dudas del calado social que el asunto alcanzaba. Sin embargo, no terminaba de calar en el gobierno Salvadoreño, que se excusaba, que se trataba de contrarrestar con su propia prensa su versión de los acontecimientos. La historia transitaba en un limbo oficial y no oficial, entre una versión y otra, con ninguna prueba veraz para ninguno de los lados, dado que no lo propiciaban el hermetismo de la administración y la inaccesible geografía de El Mozote a la prensa.

La aldea de Arambala fue una de las destruidas al mismo tiempo que Mozote © Susan Meiselas / Magnum Photo
La aldea de Arambala fue una de las destruidas al mismo tiempo que Mozote © Susan Meiselas / Magnum Photo

El New Yorker y el Washington Post realizaron reportajes acerca del suceso pero la única repuesta que se obtuvo de la administración de Ronald Reagan fue que no había evidencias reales de que el gobierno salvadoreño estuviera ejecutando civiles. Solo veinte años después se describiría al dedillo lo que ocurrió, cómo el batallón sacó a los habitantes de las casas y durante días los torturó, violó y asesinó y tras exterminar a la población abrió fuego contra los edificios, como si pretendieran eliminar cualquier rastro de lo que habían hecho allí y si las piedras pudieran dar cuenta de sus terribles actos.

La editorial MalPaso ha editado Masacre del periodista Mark Danner, al que Susan Sontag define como un cronista excepcional. El reportero, que ahora ostenta una aureola mítica en el medio, publicó una serie de artículos en el New Yorker en 1993, cuando ya terminada la guerra civil se propició la entrada a accesos prohibidos hasta el momento. Hoy se reedita con la propuesta firme de no olvidar lo sucedido y su lectura resulta no solo esclarecedora, sino que forma pare de una transición a preguntas a las que, posiblemente, ningún testigo de los hechos ni escritor que los narre pueda dar respuesta.
El libro es valiente como solo puede serlo una investigación que trasciende en el tiempo y que deja manar la verdad por las ranuras que las pruebas evidencian. Las herramientas del periodista se hacen valer por sí solas dando enjundia al contenido. Entrevistas a testigos no reconocidos, a los guías que obligadamente tuvieron que llevar al batallón hasta El Mozote, a los forenses encargados de exhumar los cadáveres… Todo acaba por formar un marco de la tragedia en un intento de explicar lo inexplicable. Pero en realidad la publicación del libro se resuelve con eficacia como alabanza a quienes dieron su brazo a torcer por no tener otra opción, por miedo y por amenazas.

 Monseñor Romero, adaild de la protesta contra la opresión y martir del conflicto © New Yorker

Monseñor Romero, adalid de la protesta contra la opresión y mártir del conflicto © New Yorker

Las fotografías de Susan Meiselas sirvieron para corroborar e ilustrar con fuerza la razón de la verdad. Los blancos y negros de esta fotógrafa con experiencias en conflictos por todo el mundo hielan la sangre. La escuela, la iglesia, el ayuntamiento, los edificios donde fueron asesinados los habitantes de El Mozote albergan el horror aún sin sus cuerpos aparecidos, enterrados alrededor, muchos de ellos incapaces de identificar a quién pertenecieron.

La palabra “Masacre” exculpa la visceralidad de quien la dice. La palabra ha de usarse solo en contextos de menor objetividad. Cuando las pruebas y las evidencias dieron por ciertas que más de 900 personas fueron asesinadas entre los pueblos de Mozote, Joya y Toriles, el punto de significación que obtiene la palabra se revuelve entre lo objetivo, en la verdad. Hablar de la verdad, de la realidad de los hechos, de la infalibilidad de las pruebas, confiere aún más matices a la palabra cuando un comité de investigación llamado “La comisión de la Verdad” interviene para afirmar –la ‘afirmación’ también trata de nutrirse de verdad– sin lugar a dudas que el asesinato fue tal, que aquellos hombres, mujeres y niños fueron masacrados. ¿Por qué tanto odio? ¿Por qué ensañarse con inocentes? ¿Por qué tan desproporcionada e innecesaria violencia?

Uno de los habitantes de El Mozote busca restos entre los edificios derruidos © Susan Meiselas / Magnum Photo
Uno de los habitantes de El Mozote busca restos entre los edificios derruidos © Susan Meiselas / Magnum Photo

Los aldeanos de la zona y varias regiones de vecinos llevan reunidos y organizados desde entonces tratando de ayudarse y de buscar continuar con los procesos judiciales que –insatisfactoriamente– han acabado en poco menos que agua de borrajas. Al menos hasta que en 2012 el gobierno salvadoreño admitió al fin los hechos y pidió perdón a las víctimas. La administración culpó al entonces teniente coronel Domingo Monterrosa y a varios altos cargos –algo que desató las iras de las fuerzas armadas– y prometió ayudar a la gente de El Mozote nombrando al lugar de interés cultural y propiciando la economía de la zona.

La enorme necesidad de que esta historia no se olvide se subraya cuando leemos estupefactos que está considerada la peor masacre del hemisferio occidental en los tiempos modernos. Pedir al aire y agitar los brazos es poco más de lo que les ha quedado durante veinte años a los supervivientes. Muchas veces, solo queda restaurar la memoria. Algo que deben dar cuenta todos y cada uno de los países que tienen aún cuentas abiertas con su Historia.

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