La Movida y otros cuentos patrios

La movida madrileña se ha convertido en un concepto, una representación de ideas artísticas y sociológicas que maquillan gran parte de una realidad histórica en la que nos cuesta escarbar.

La imagen que tenemos de La movida madrileña es la de una época de explosión artística, de movimientos activistas que rompía con cuarenta años de encorsetamiento franquista.

Entonces, todo lo que era nuevo se tenía en cuenta, puede que demasiado, y todo lo que no se había hecho hasta entonces resultaba innovador aunque llevase haciéndose décadas en los países vecinos. La España de finales de los años setenta era una adolescente que lleva mucho tiempo durmiendo la siesta y que despierta en la tarde de un viernes con todo el fin de semana por delante para dar rienda suelta a su creatividad y a sus ganas de fiesta.


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La imagen real distorsiona un poco la que nos ha llegado y que acabamos de describir. La movida madrileña supuso un gran auge artístico en todas sus disciplinas, pero no supuso nada que –cualitativa y cuantitativamente– no hubiese podido hacerse en parámetros y disciplinas parejas, anterior y posteriormente.

Sus particularidades más llamativas residen en la rapidez con la que empapan las influencias exteriores, que aparecen en los trabajos de los nuevos artistas –con solo la crítica personal como filtro– y cómo estos se permiten disponer de todo lo que está en su mano. Porque por primera vez todo está al alcance de las manos del artista.


La Bruja Avería, icono visual de la televisión creativa y experimental. No hay nada remotamente parecido en la televisión libre y moderna de hoy en día. RTVE.es

Pero ni mucho menos el tener todas las gamas de color en su paleta permiten al pintor saber utilizar su pincel. Hay un punto de autodidactismo insalvable con el que muchos artistas de la época tuvieron que lidiar y que significó la piedra de toque en la que se perdieron gran parte de ellos.

Hoy tenemos constancia de las capacidades creativas de artistas que tuvieron una larga trayectoria de aprendizaje y que quizá han encontrado un camino madurativo y a veces más interesante al retirarse del horizonte las distracciones fatuas que envolvían La Movida.

Algunos de los primeros pasos de artistas hoy reconocidos como Ouka Leele o Almodóvar solo pueden ser lo que son, iconos de una época en proceso de cambio, porque es posible que no puedan ser nada más que eso.

Ouka Leele navega en vertientes diferentes, en tiempos altamente «inspirada» por el hortelano, las surreales aportaciones de color manual del Equipo Yeti y la mirada ácida y fundamental de Jorge Rueda.

Todos ellos artistas fruto de su tiempo, algunos obtuvieron pronto la fama -un titulo nobiliar siempre ayuda- otros quedaron injustamente enterrados en el olvido de una etapa llena en parte de falsas expectativas.


Las intensas posibilidades del tempranos trabajos de Ouka Leele no fueron especialmente explotados a pesar del potencial que presentaban en cuanto a tema y vistosidad. © Ouka Leele

Con La Movida se recupera el interés por disciplinas artísticas que hasta ese momento no se habían exprimido de formas tan violentamente atrevidas. La fotografía y el cine son pasados por el rodillo de la experimentación, dejando resultados interesantes en algunos casos y revelando carencias y actitudes pretenciosas en otros.

Puede que por una intención de destacar o una mal entendida –o mal ejecutada– influencia del arte americano y europeo, los artistas tuviesen unos primeros trabajos fallidos pero que la costumbre del buen nombre que nos ha quedado de la época los haya conseguido encumbrar.


El grueso del trabajo de Pablo Pérez Mínguez está caracterizado por sus protagonistas. © Pablo Pérez Mínguez

Casos como el de Pablo Pérez Mínguez presentan un propósito de documentalidad. Dentro de los mismos parámetros visuales de explosión colorista, Mínguez retrató a muchos de las más importantes figuras artísticas de la época tanto en su estudio como fuera de él. Fue un hombre paciente y no especialmente inducido en el contexto excesivo del momento, lo que le proporcionó posibilidades a la hora de fotografiar a los que hoy consideramos protagonistas de su época.


El estudio de las tribus urbanas en el trabajo fotográfico de Miguel Trillo es único en nuestro país. © Miguel Trillo

Otro caso más, Miguel Trillo, gran observador y elegante en sus formas, tomó la realidad social de la calle de la época y realizó varias series de fotografías sobre las tribus urbanas que deambulaban por la geografía madrileña. La conexión entre su trabajo y lo patente de la verdad social es realista para su época, y se aleja lo necesario para no verse contaminado de esa misma época.

Un referente no muy alejado en el tiempo pero similar en cuanto a las posibilidades y capacidades fue el grupo fotográfico La palangana. Quizá una de las mayores diferencias entre ambos grupos sea precisamente la heterogeneidad de La palangana con respecto a la movida.

El grupo de la palangana realizaba su propia transición artística, prestándose del entorno real y accesible, sin fabricarlo ni alterarlo y con cierta huída de pretenciosidad que le concedía su homogeneidad. Es posible que, en el caso de los artistas de La Movida, el que no tuvieran un contacto real entre ellos hiciese que propiciaran directrices visuales, facilitase la dispersión y el entendimiento del entorno por cada uno de ellos de forma personal.


La Palangana, referente fotográfico de la fotografía madrileña y española  © Francisco Ontañón

Esto puede resultar excelente en algunos casos como medida liberadora para el artista, pero en muchos casos revela una falta auténtica de puntos de apoyo, algo que acaba por repercutir en la continuidad creativa del artista.

Muchos fotógrafos autodidactas extranjeros transitaban por diversidad de etapas después de pertenecer a grupos artísticos que aquí, con bastante atrevimiento por nuestra parte, hemos querido emparentar con La Movida. Se cuentan con los dedos de una mano los artistas que, después de La Movida, transgredieron su propio trabajo, se reinventaron, probaron, fallaron y acertaron o se zambulleron en proyectos personales o colectivos de otras índoles.


La visión de García-Alix y sus extensiones post-movida tiene poco que ver con las de sus coetáneos ©Alberto García-Alix

Alberto García-Alix es uno de ellos y el mayor ejemplo de crecimiento artístico de esta franja de tiempo. Su trabajo en la época nos dispone en un contexto muy particular y al mismo tiempo extendido, el de transición a la vida adulta, descubrimiento sexual, drogas, música, y particularmente en el fotógrafo, su interés por la estética de los moteros, oscuridad y chaquetas de cuero. Pero en concreto, en García-Alix se puede ver un camino estimulado por injerencias entre sus vivencias colectivas y personales –la muerte de un hermano– y su posterior necesidad, como artista, de salir de Madrid y tomar perspectivas inéditas que llevan al crecimiento personal y artístico.

Iniciativas como la revista Nueva Lente –transgresora en su sentido más brillante y que resistió hasta perder parte de su sentido en sus última etapa– o el proyecto PhotoCentro –un lugar de encuentro y aprendizaje que tratase de cubrir las necesidades del fotógrafo– fueron fundadas y fomentadas por muchos fotógrafos que luego vieron la necesidad de permitirse seguir su propio camino a expensas de lo exasperante que resulta no encontrar puntos de encuentros a los que acudir como conjunto artístico.


Portada de la revista Nueva Lente, referente fotográfico en nuestro país hasta su desaparición en 1983

Muchos han quedado allí, en aquella época, en los años finales de los setenta y en la década de los ochenta. Y puede que sea parte de nuestra idiosincrasia el no haber repercutido en nuestra cultura; sucedió con la pintura y la escritura del Siglo de Oro, le pasó a Unamuno, a Baroja y a Valle-Inclán. La soledad del artista empieza en su actitud frente a la soledad ante el arte. Puede que el caldo de cultivo que era La Movida hubiese explosionado y tomado ramificaciones más interesantes y contundentes de las que quedaron tras ella si los que participaron de la misma hubiesen sabido reconocer los puntos fuertes y comunes y saber separar lo superfluo de su entorno.


Protagonistas de la transición española en los llamados Pactos de la Moncloa 1977 (EFE)

Ensalzado por las administraciones como ejemplo de libertad, resulta especialmente sangrante que este movimiento artístico sea vendido como un paradigma de ejemplo cuando los mismos que ahora lo ensalzan resultaron detractores en su momento. Los mismos que la ejemplifican –porque a toro pasado todo es más fácil de manipular– resultan ser los que hoy se atreven a dictar leyes que ponen en compromiso los valores ligados a La Movida que tan arduamente se han procurado ensalzar.

Es posible que al igual que el Cid, Pelayo o el 2 de Mayo de 1808, la Movida haya pasado a ser un perfecto ejemplo de cómo alinear mentes en torno a una idea interesada y unas sensaciones adheridas a ella, en este caso con mucho que ver con la de la transición española –esa ejemplar y anti revisionista– de la que todos los españoles de a pie puedan sentirse orgulloso, aunque no sepan realmente por qué, ni si hay razones de verdadero peso para ello.

       

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