Laurent – El fotógrafo inquieto

Uno de los fotógrafos esenciales en la historia española curiosamente no es español sino francés, y es que por un lado parece lógico que dado que el daguerrotipo se inventó en el país vecino, fuesen los discípulos de Daguerre los que trajesen dicho invento a España. Sin embargo, en este caso no fue así.

En 1843 cuando Jean Laurent (o Juan Laurent como se le conocía en España) cruzó los Pirineos era un joven de veintisiete años bastante poco interesado en la fotografía; por el contrario, lo que le entusiasmaba era la pintura o lo que hoy llamaríamos artes decorativas y aplicadas. Es decir, diseños de papeles y cartonajes tan de moda en aquella época industrial.

De hecho, dos años después de su llegada a Madrid, fue galardonado con la medalla de bronce en la Exposición Industrial por sus papeles imitando el jaspe. Lo cierto es que no le debía ir mal en aquel negocio cuando precisamente gracias a la decoración de unas lujosas cajitas para pastelería conoció a su futura esposa María Amalia Dailleneg, asentándose así definitivamente en España.

La fotografía por aquel entonces no distaba mucho de las artes aplicadas, y como tal se veía, intentando mejorar industrialmente, buscando su rentabilidad comercial… En definitiva, a ojos de un empresario, tampoco era muy diferente dedicarse a las artes decorativas que a la fotografía, más aún cuando este nuevo arte estaba en pleno auge.

Quizás bajo esa perspectiva Laurent terminó volcándose en la fotografía, tanto como para que en 1856 llegase abrir su propio estudio fotográfico junto con su socio el valenciano Juan Martínez Sánchez en el número 39 de la carrera de San Jerónimo. Un estudio que curiosamente ya había regentado el fotógrafo más famoso del Madrid de aquel entonces: Charles Clifford.

Sin embargo Laurent y su socio contaban con una gran ventaja frente a aquel fotógrafo inglés, el vasto conocimiento del papel. Esto les permitió inventar un nuevo papel fotográfico, el papel leptográfico, con el que desbancarían a los procedimientos a la albúmina. Todo un descubrimiento del que la Sociedad Francesa de Fotografía (SFP) no hizo la repercusión que debiera, ignorando todas las aplicaciones que este tipo de papel tendría.

Laurent y Martínez Sánchez no se dieron por vencidos y dedicaron su esfuerzo a sacar una rentabilidad a su invento encontrándola en los abanicos cuya decoración mediante fotografías causó auténtica sensación en una sociedad completamente enloquecida por los toros como era la España del siglo XIX.

Abanico diseñado por Laurent, con imágenes de Frascuelo y otras tantas figuras de la tauromaquia
Abanico diseñado por Laurent, con imágenes de Frascuelo y otras tantas figuras de la tauromaquia

Y no fue el único invento que supo aprovechar Laurent; la llegada del ferrocarril a España le permitió desplazarse por todo el país tomando infinitas imágenes de ciudades y paisajes que hacían las delicias de sus compatriotas franceses. Y es que en pleno romanticismo, España era el escenario ideal para las historias románticas, baste mencionar la ópera Carmen del parisino George Bizet para encontrarse una España poblada por bandoleros aguerridos, toreros chulescos, y cigarreras exuberantes. O el mismo viaje que realizó Alejandro Dumas llegando a sobornar a un delincuente para vivir en sus propias carnes cómo era un asalto a una diligencia (sobra decir que el espabilado mangante se fue con el dinero dejando al escritor con las ganas del atraco).

Por lo tanto, una ocasión así bien merecía abrir una tienda para la venta de fotografías españolas en la Rue de Richelieu de París como así hizo Laurent en 1868. Pero no solo tuvo aquella genial idea, si no que por motu proprio comenzó a realizar fotografías de grandes pinacotecas y colecciones artísticas. De este modo los fondos del Museo Arqueológico, los de la fundación Lázaro Galdiano, o el propio Museo del Prado fueron fotografiados por él, permitiendo así que las pinturas inaccesibles para todos aquellos que no viviesen en Madrid, pudiesen ser contempladas en un fantástico álbum que realizó en el año 1861 y que tituló “El Real Museo de Madrid en la mano”. Un recopilatorio que no tardó en llegar a manos de Isabel II, consiguiendo así el título que había tenido el prestigioso Charles Clifford, “fotógrafo de su majestad la reina”. Esto le permitió tener acceso a las colecciones del Palacio Real de donde también obtuvo infinidad de imágenes, como por ejemplo los tapices, ganando así experiencia para uno de sus mayores proyectos como fotógrafo de obras de arte. 

Situémonos en el Madrid de 1863, la ciudad comenzaba (una vez más) a rebasar sus límites y entre ellos la barrera natural que siempre había supuesto el río Manzanares. Al otro lado, apenas había unas cuantas casas de recreo y el actual Paseo de Extremadura, que se presentaba como un apetitoso enclave urbanístico. El único inconveniente era una destartalada finca que había pertenecido a un pintor aragonés, su propietario en aquel entonces era Luis Rodolfo Coumont, el cual, sabedor de que Laurent se dedicaba a la fotografía de obras artísticas, le encomendó captar el interior de la vivienda, algo que debió impresionar al fotógrafo ya que las pinturas que adornaban la casa eran escenas de canibalismo, rituales satánicos y rostros cadavéricos. Aquella casa era la Quinta del Sordo y las imágenes, las Pinturas Negras de Goya.

 
La decimoquinta pintura negra y Saturno devorando a su hijo (Goya), fotografiado por Laurent en 1874
La decimoquinta pintura negra y Saturno devorando a su hijo (Goya), fotografiado por Laurent en 1874

Laurent fotografió una a una las pinturas y gracias a ello sabemos cómo eran antes de que las trasladasen al Museo del Prado, y no solo eso, sino que además gracias a los negativos fotográficos hoy conservados en sendas planchas de vidrio, comprobamos que además de las catorce pinturas hoy expuestas en el Museo del Prado una pintura más adornaba la Quinta del Sordo. Una pintura que hoy se ha podido localizar en la Stanley Moss collection de Nueva York. Es una pintura tan rara, dentro incluso de la peculiaridad que suponen las Pinturas Negras que si no llega a ser por el Negativo de Laurent, quizá no se hubiese atribuido a Goya.

Sirvan pues estas líneas como homenaje a un verdadero amante y protector de nuestro patrimonio, el fotógrafo J. Laurent.

       

Los comentarios en esta página pueden ser moderados; en tal caso no aparecerán inmediatamente al ser enviados. Las descalificaciones personales, los comentarios inapropiados, de extensión desmesurada o con demasiados errores ortográficos podrán ser eliminados. Asimismo, en caso de errores considerados tipográficos, el editor se reserva el derecho de corregirlos antes de su publicación con el fin de mejorar la comprensión de los mismos. Recordamos a los lectores que el propósito final de este medio es informar. Para recibir soporte sobre dispositivos o problemas particulares les invitamos a contactar con el correspondiente servicio de atención al cliente.