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La emigración irlandesa a la Inglaterra de mediados del siglo XX vertebra un relato íntimo y cautivador escrito por Timothy O’Grady. Las exquisitas fotografías de Steve Pyke que acompañan este clásico recuperado ahora, enmarcan una historia llena de perfiles, de honestidad y de nostalgia.

En 1997, la revista New Yorker llega a un acuerdo con Steve Pyke (Reino Unido 1957) para publicar las fotografías que éste llevaba realizando durante muchos años en Irlanda. Las fotografías, nutridas de una aureola especialmente personal, proponían poner la mirada sobre los irlandeses, su forma de vida, costumbres y su manera de ver el mundo.

Así, poco a poco, su trabajo fue convirtiéndose en un marco en el que encuadrar sensaciones que han venido acompañando al pueblo irlandés durante generaciones, sobre todo en el rostro de su clase media y baja, y al reunir los negativos para el trabajo, Pyke acabó dándose cuenta de que tenía entre manos un cuadro realista acerca de los hombres y mujeres que habitan las islas.

© Steve Pyke
© Steve Pyke

Hasta entonces, Steve Pyke se había dado a conocer como fotógrafo de artistas y cineastas tales como Kurt Cobain o Woody Allen. Dar a luz este tipo de trabajo mereció, a juicio de la revista, designar a alguien que realizase unos pies de foto ad hoc con el lirismo que merecían las imágenes de Pyke.

Aquí aparece Timothy O’Grady, cuya labor se extiende más allá de unos pies de página. El trabajo inspirador de Pyke sugiere a O’Grady mucho más de lo que se le había pedido. Poco a poco, confabulando una ficción extraída de las experiencias que cuentan las fotografías de Pyke y las historias que el propio fotógrafo le trasmite, se va construyendo una historia, mitad ficción mitad realidad, que acaba por transfomarse en Sabía leer el cielo, editado ahora en español por “Pepitas de Calabaza”.

Fotograma de "I Could read the sky" (1990)
Fotograma de “I Could read the sky” (1990), película basada en el libro © Hot Property Films

El resultado es un libro cuyas referencias no acaban por clasificarlo como novela, ni como libro de no ficción, ni siquiera como ensayo, sino como una mezcla de todas, con una historia definida, la de un anciano irlandés que recuerda sus días pasados, pero que no se amarra a nada que signifique etiquetarse sin dudar de cualquier calificativo.

Las fotografías no sugieren, muestran con la calidez familiar a la que todos atendemos, y se ve nutrida de momentos hogareños, urbanos y laborales, industriales y agrarios, rutinas y costumbres, que se mezclan con los paisajes, los escenarios y los rostros fotografiados por Pyke. Ahí nos detenemos, en los paisajes y los rostros, dos de las posibilidades visuales que conforman la explicación real de las historias que hay detrás de los protagonistas de las fotografías.

fotografía de © Steve Pyke
© Steve Pyke

En un blanco y negro que asegura unicidad y narración, los matices de estos rostros hablan de la familia, de los trabajos manuales, de la música de acordeón, de los pequeños espacios para vivir quizá compartidos por varias familias, de antiguas nanas y de pasos de bailes olvidados. Y de trabajo, mucho trabajo, de manos, de espaldas y de ojos que nunca han dejado de madrugar.

Y también, y aquí la narración lírica entra como un elefante en una cacharrería, sonora e insalvable, de la inseguridad. De la pérdida, el adiós no pretendido y la obligatoriedad de las decisiones. Y de la inseguridad. Los hombres fuera de su lugar concentran su seguridad en las cosas que conocen, las que le son certeras y que no le requieren la atención a quien no está preparado para cruzar más umbrales de los que ya ha pasado cruzando mares y fronteras. La inseguridad está en lo desconocido. Y se combate haciendo notarse conocedor de lo que sí le es seguro.

© Steve Pyke
© Steve Pyke

Hay un listado de cosas que el protagonista sabe, y las dice en el libro con una alineación preciosamente enumerada;

Sabía bailar. Leer el cielo. Armar un tonel para caballas. Arreglar caminos. Construir un bote. Rellenar una silla de montar. Colocar una rueda en un carro. Cerrar un trato. Preparar un campo. Manejar la volteadora, la rastra y la trilladora. Sabía leer el mar. Disparar con puntería. Coser zapatos. Esquilar ovejas. Recordar poemas. Sembrar patatas. Arar y gradar. Leer el viento. Criar abejas.

La certeza. Y frente a ella la ausencia de la certeza. El cambio de vida supone hacer frente a las incapacidades, no ya de adaptarse, sino de eximirse de responsabilidades de sí mismo, sobre sus familias y, por qué no, sobre las generaciones venideras, que pesan como losas, como sólo pueden hacerlo las decisiones que cambian vidas. Ese “no saber” pormenorizado también aparece en lo que no conoce el protagonista:

Ganar a las cartas. Reconocer a la reina. Soportar las voces altas. Observar el protocolo de los saludos y las despedidas. Ahorrar dinero. Disfrutar del trabajo en una fábrica. Tomar café. Mirar una herida. Seguir el críquet. Llevar zapatos o botas de goma. Hablar con hombres que llevan cuello de camisa. Flotar en el agua. Comprender sus bromas. Enfrentarme al dentista. Matar un domingo. Dejar de recordar

Sabe leer el cielo, es hombre de campo, conocen los entresijos de la meteorología, desde la sabiduría de quien toca las piedras, nota el calor de la arena y respira temperaturas en el aire. Esos hombres fuera de su hábitat son hombres que notan el peso de la pérdida en el recuerdo.

Mark Knopfler, “Mighty man“:


La historia está narrada en primera persona, su estilo, lírico y lleno de desazón, resalta la poesía de las fotografías con cuotas de experimentos parecidos. Los flashes de memoria narrados en el libro van configurando la historia de una vida, que podría ser la de muchos, inmigrantes sobre todo del oeste de Irlanda, desarraigados como una planta fuera de la tierra a la que las circunstancias obligan a echar raíces a través del asfalto.

Humanidad y altas dosis de honestidad convierten el trabajo de Pyke y O’Grady en un libro de culto, que diversidad de voces, como la del mito John Berger, que prologa el libro, o el músico Mark Knopfler, han visto como fuente de inspiración. Una bella oportunidad, a través de la fotografía y la literatura, de no dejar que olvidemos lo que no pueden olvidar aquellos que se ven obligados a irse de su hogar para no volver jamás.

 

Las fotografías 1. 3 y 4 han sido cedidas por la editorial Pepitas de Calabaza

4 Comentarios

    • Hola, Paco.
      No podemos más que agradecerte tus palabras. El objetivo siempre es ese, remover lo que tenemos dentro. Los espíritus brillantes generan belleza. Y la fotografía, cuando la capta, es capaz de removerlo todo. Nos encanta que te guste esta “cosa”.
      Un fuerte abrazo.

  1. Todo lo que se menciona en este artículo es pura poesía: las palabras, las. Fotos, la música. Verdaderamente inspirador

    • Muchísimas gracias, Carlos Ignacio. Poco más podemos decir ante lo que nos comentas. Nos da gasolina para continuar. Nos alegramos de que te haya resultado inspirador.
      Un abrazo.

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