Todo surgió cuando jugaba distraído con una moneda en la mano. La miré y vi el rostro en relieve de un desconocido en ella. Entonces me pregunté quién sería ese personaje y qué cantidad de rostros desconocidos habría llevado conmigo durante años.

No debía de ser muy difícil dar con él, así que me puse a investigar. Iba en el autobús, en medio de una de esas travesías diarias en las que por mucho que tenga uno que hacer acaba dejándose llevar por la pereza. Saqué del bolsillo mi celular y busqué el listado de las personalidades que aparecen en las monedas que llevamos diariamente en los bolsillos. Muchísimas. Todas en un perfecto perfil, con mandíbulas y narices más o menos pronunciadas, con un elegante ánimo de perpetuosidad. A la tercera página de nombres de nobles apellidos, cejé la búsqueda.

No traté de proponérmelo, pero ese día veía rostros por todos sitios. Y no hablo de la gente con la que me cruzaba, no hace falta mirarles a la cara para seguir rodeado de ellos y notificarles pasando por delante tuya, mirando al móvil en el metro, buscando la mejor foto en el centro de la ciudad, hablando, escuchando, buscando, con burla o enfadado. Las caras anónimas están por todos lados.

imagen de Juego de Tronos HBO
La sala de los rostros de la serie Juego de Tronos, juega con la suculenta idea de cambiar de identidad a placer. HBO Series.

Baste echar un vistazo a cualquier estudio fisiológico del rostro, o antropológico, para notificar —si no lo tenemos claro ya—que el contacto con los rostros es lo único que nos dispone como contacto inicial y personal con los demás. Nuestro entorno se comunica con nosotros mediante una infinita cantidad de mensajes que confieren términos absolutos a todo lo que venimos a hacer en este mundo. No descubrimos la penicilina con esto, es así. Pero la constancia de ello y un ejercicio de memoria me hace recordar determinados rostros que no he dejado de relacionar una y otra vez con sensaciones específicas y momentos y lugares determinados. Han sido disparadores y generadores de memoria, como la fotografía, tanto por su mensaje implícito como por el que suscita.

Tener en cuenta tantísimos factores se torna imposible. Corresponde a otro campo analizar la relación de los rostros con la espiritualidad y la problemática religiosa de la representación gestual. El rostro y su simbolismo fabulador y antropológico, recogedores del poder, la razón, la mente y el espíritu del individuo, se proyectan ante la tecnología con la que se venera nuestro tiempo. También me basta pasar de puntillas sobre el proceso del tiempo en el rostro, su desfiguración y la imparcialidad del hombre ante ella, con los consiguientes conflictos en nuestra sociedad plegada a la juventud y a la belleza.

Sala de reyes de Alcázar de Segovia
La sala de reyes del Alcázar de Segovia retrata los rostros despersonalizados de los reyes de España.

Y con ello, por supuesto, lo que ha traído. Que la publicidad haya sabido explotar la mercadotecnia del rostro es un campo minado de referencias exóticas y producto con pretensiones empáticas. No vamos a detenernos en la megaconstrucción post-Marslow que supone la publicidad ni en cómo nos afecta global y personalmente. Pero sí que tenemos que tener en cuenta que esa influencia la recogemos sí o sí en nuestra manera de relacionarnos. Y eso incluye todo nuestro consiguiente postureo y la forma normal de exprimir las imágenes que quedan ‘implantadas’ en nuestra memoria cuando nos hacen partícipes de la explosión de la imagen vendible.

Pero a pesar de tratar de no meternos en fregados que darían para una enciclopedia, sí que necesitamos acudir a nuestro catálogo personal de rostros habiendo dado dos pasos atrás para mirar alrededor de la forma más personal posible. Porque todos los rostros que vemos vienen filtrados por las constantes que acabamos de nombrar.

Así que ahora es un buen momento para hacer un ejercicio de memoria. Ustedes, quienes leen esto, háganlo conmigo. Acudan a las caras que han dejado huella en su vida. Pueden ser más o menos conocidas por ustedes, con un mayor peso real, y no necesariamente referidas a aquellas a las que podemos ponerles nombres, apellidos, brazos y piernas y dejarles andar por más de un recuerdo. Si rasgan la superficie darán con algunas que no tienen ni idea de por qué se han quedado ahí, que ni siquiera conocen, que asumen que han permanecido en ella por razones que, quizá, tampoco alcancen a entender. Piensen, por ejemplo, en la cantidad de imágenes que ha registrado su cerebro de rostros que no conocen más que porque los han visto en publicidad. A eso me refiero.

Vivo y trabajo rodeado de libros. Sus solapas traen en muchas ocasiones la fotografía del autor. Antes no era tan común. Si revisan entre sus libros más antiguos verán que, al menos en las ediciones españolas, no era fácil encontrar el rostro en las solapa. Las razones podían ser varias, desde que no había interés real de dar a conocer al autor, hasta un escaso desarrollo del marketing relacionado con el valor icónico del autor, o directamente una cuestión de estilo, de diseño y de tradición. En cualquier caso, hago memoria con ustedes ahora de aquellos libros que recuerdo que más me impresionaron cuando era joven. No era sencillo, como ahora, acudir a internet para saber cuál era la cara de sus escritores. Fantaseaba solo cuando leía sus nombres, exóticos y desconocidos para mí, con gente que posiblemente ya estaba muerta –hubo un tiempo, cuando era muy joven, que pensaba que todos los escritores que leía habían muerto ya–. Puede que estuviese atrapado por algún tipo de rechazo a poner los pies en el suelo a los autores de libros que pudieran no acercarse a los dioses. Pero los libros con fotografías de autores no solían ser mi primera opción.

"Being John Malkovich" Universal Pictures
La multitud de rostros del póster de la película «Being John Malkovich» ©Universal Pictures

¿Por qué pretendemos conocer o mostrar el rostro empatizante de los creadores de aquello que nos conmueve? A veces, actualmente, termino de leer un libro que de algún modo me alcanza y si la solapa del mismo no tiene el rostro del autor impreso, lo busco como colofón al final del libro. Otras veces, esa cara me causa turbación, si es joven me da envidia, si es viejo quizá me suscite reservas, si es de mediana edad puede que piense en si me tomaría unas cañas con él. Y si es la fotografía de la cara de algún autor reconocido, un Kafka, Twain o Joyce, puede que apenas les haga caso, que les ignore, que a los dioses mejor mirarlos de soslayo, no vaya a ser que se te crucen y sueñes con ellos.

Un sólo rostro es remarcable, es posible tratar de inmiscuirse en su unicidad. Muchos rostros juntos abruman. No hay un contexto claro para ninguno que pueda naturalizar la visión de muchas caras, cada una en su particularidad, puestas una junto a otra en un mosaico de color. Es como una imagen interplanetaria, con millones de estrellas en formas definidas, con secretos reales a descubrir. Cuando están juntas, todo se volatiliza. Las concentraciones de gente me resultan funestas. Me descubro analizando rostros y tratando de desgranar los individuos que conforman todo aquél montón de gente. Ernst Jünger distinguía la identidad de «masa» como tal, la dotaba de un sentido y objetivo propio, cuya imagen resolvía la verdad y cambiaba la historia de los lugares y el tiempo por los que habitaba. Lo hacía huyendo del individuo que le da vida, que fotográficamente ha de ser tomado tal como la sociología lo recoge porque, visualmente, los muchos rostros de la masa transforman las identidades de sus participantes anulando el mensaje de toda visión que no sea la global.

Esa ausencia de identidad o el cambio de la misma es un punto que hasta ahora no habíamos tocado a pesar de que nuestra apertura en forma de resumen daba para ello. No hay permanencia de identidad en los rostros cuando los mostramos a quienes no nos conocen. Y aún haciéndolo, no nos conoce nadie a través de ello. Pretender conocer a alguien a través de su rostro es un ejercicio de pinceladas de brocha gorda, se accede a ciertos datos que pueden estar alterados sin que el propio dueño de ese rostro lo sepa. Pero ¿a que les da la sensación de conocer a alguien con solo mirarle la cara? No van a negar que muchas veces ven un rostro y creen conocer si su dueño es amable, si tienen un mal día o incluso el sentido de su voto en las últimas elecciones. Hay estudios objetivos que sustentan nuestras apreciaciones, al menos en primera instancia, muchas basadas en nuestro aprendizaje empírico y forma cultural de ver el mundo.

©Steve Mccurry
Steve Mccurry nos clavó en la memoria la imagen de esta muchacha afgana. El paso del tiempo haría mella en ella pero no en cómo la percibimos entonces y ahora. ©Steve Mccurry

Pero nadie puede realmente conocer a nadie con total claridad con tan solo analizar su rostro. Y es un arma que posiblemente usemos como forma de romper lo que no nos gusta. La mentira, que aunque hayamos establecido cordialmente entre todos que es «mala», es tan necesaria que dota de un valor añadido a la forma en la que la concebimos para darla a conocer al mundo a través de nuestro rostro. Mentimos, nuestro rostro nos ayuda a hacerlo, y además, lo necesitamos porque si no nos moriríamos de asco. Piénsenlo. Robert Walser decía que «nadie va a conocerme jamás, ni a ti tampoco» posiblemente porque supiera que nadie dejaría jamás de mentir y hacerlo a través de sus gestos.

El dejavu de ver a alguien que pensabas conocer o que piensas que has visto antes tiene más que ver con esas concepciones y ese aprendizaje empírico que la antropología y la psicomorfología ya han estudiado. Pero no me resisto a darles un divertido ejemplo de lo que la concepción del rostro y nuestras alteraciones culturales que se generan dependiendo del lugar en el que hayamos nacido. Un amigo esperaba en la recepción de un hotel en Tokyo a citarse con su acompañante. Las dos recepcionistas cuchicheaban intensamente hasta que una de ellas resolvió acercarse a él y le pidió un autógrafo y una foto con ella. Mi amigo, desconcertado, pues no es ninguna personalidad conocida –que él y yo sepamos–, le preguntó la razón. Y la sonriente muchacha le preguntó confundida que si no era Tom Cruise. Les aseguro que se parece tanto a Tom Cruise como yo me parezco a Rihanna. Vale, el truco estaba en que en aquél entonces Cruise presentaba su película Valkiria, habían oído cantos de sirena y pensaban que el pequeño Cruise estaría por allí. Quizá podían tener en común el flequillo. Piensen en los tópicos absurdos que tenemos los occidentales de que los asiáticos se parecen entre ellos y reviértanlo, porque los tópicos dicen más de lo que creemos de nosotros como especie.

Y aquí, en medio de ese nombrado viaje a Tokyo pienso en las fotografías personales, las que uno hace a sus amigos o su familia en las que aparecen caras de otras personas desconocidas. Ese rostro te acompaña siempre que ves esa foto. Cuántas personas tendrán en sus álbumes familiares nuestras caras. Las veces que he visitado museos he salido en más fotografías de otros visitantes que nunca. Me imagino mi cara ojiplática asomando sobre el hombro en una foto de dos japonesas saludando a la cámara, con un Rodin al fondo. Y dentro de cincuenta años, cuando esas muchachas recuerden con sus vástagos aquél viaje a París, estaré yo también allí, hace cincuenta años.

La Gioconda de Da Vinci
‘La Gioconda’ de Da Vinci está considerado el rostro más reconocido en todo el mundo. Y sin embargo, pocos saben el nombre al que pertenecía su rostro.

La memoria en estos sentidos tiende a condecorarnos con recuerdos más nítidos y memorables cuanto más posibilidades tienen estos de relacionarse con sensaciones. O eso nos dice la ciencia. El rostro de conocidos desaparecidos suele no compensarnos en el tiempo tanto como desearíamos. Su imagen deja de ser nítida en nuestra memoria llegado el momento y nuestros mecanismos cerebrales tratan de cubrir huecos que no han sido llenados con nuevas imágenes. Y así, acaban por basarse en disparadores que el cerebro ha creado en tropel como ayuda a que no se pierda ese recuerdo. Hay veces que un familiar muerto hace tiempo solo es recordado por las fotografías que hemos visto de él.

Y así finalizamos nuestro pequeño viaje, animándoles a que echen un vistazo a los rostros que habitan en su recuerdo visual. Busquen, que no tardarán en encontrar diversos rostros que, no saben por qué, llevan acompañándoles tanto tiempo como memoria visual tenemos.

Dejar una respuesta

¡Por favor, introduce tu comentario!
Por favor, introduce aquí tu nombre

       

Los comentarios en esta página pueden ser moderados; en tal caso no aparecerán inmediatamente al ser enviados. Las descalificaciones personales, los comentarios inapropiados, de extensión desmesurada o con demasiados errores ortográficos podrán ser eliminados. Asimismo, en caso de errores considerados tipográficos, el editor se reserva el derecho de corregirlos antes de su publicación con el fin de mejorar la comprensión de los mismos. Recordamos a los lectores que el propósito final de este medio es informar. Para recibir soporte sobre dispositivos o problemas particulares les invitamos a contactar con el correspondiente servicio de atención al cliente.