Pocos organismos han sido más mitificados en España que la Inquisición. Un tribunal injusto y despiadado que no siempre fue tan apasionante como lo pintan novelas y películas, con monjes psicópatas y defensores a ultranza de la fe. Más bien, como pasa con muchos otros tribunales, la Inquisición tenía mucho de soporífero papeleo.
Sin embargo, entre todas esas pesquisas hay historias de lo más rocambolescas, como la que hoy nos ocupa, la prohibición de las imágenes.

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La Inquisición tan mitificada por la Leyenda Negra y el Romanticismo tiene episodios suficientes como para escandalizarnos sin necesidad de recurrir a novelas como Misterios de la Inquisición española de M. Feral en la que en su edición de 1869 se incluyó esta ilustración.

Conscientes del poder que tenían –y tienen– las imágenes, los inquisidores pusieron rápidamente cota a ciertas representaciones artísticas, utilizando a veedores, quienes inspeccionaban que nada se saliese de la norma.

Pasando el tiempo llegó el siglo XVIII y con él la Revolución francesa, cuyo eco también se extendió a las imágenes propagandísticas; no tardó el Santo Oficio en evitar que tales imágenes llegasen a la población española. Y es que el gobierno de Carlos IV temeroso de que el pueblo se rebelase, echó mano de un siempre útil socio político; la Inquisición. El Santo Oficio que en esto de la política sabía más por viejo que por Santo Oficio no dudó en incautar imágenes como por ejemplo unos naipes que aparecieron en 1796 con lemas tales como “Divorcio: Libertad de Matrimonio”, “Igualdad de clases”, “Dios solo: Fraternidad: Thalmud, Alcorán, Evangelio, Liberdad de cultos” o “República francesa arriba y Ley abajo”.

Imágenes que hoy podrían parecernos irrelevantes e incluso ingenuas, pero que en aquella época causaron grandes escándalos como el que en ese mismo año, de 1796, se desató en la ciudad de Murcia con motivo de la colocación de dos estatuas en el Paseo de la Alameda del Carmen.

Las estatuas según se describen en el proceso eran: “una mujer hermosa de facciones bien dispuestas (…) colocada sobre un delfín, inclinando su cuerpo y aparentando que con los brazos cruzados oculta sus abultados pechos” y por otro lado “un gallardo joven sentado en disposición que repizca la planta de un pie, cuya pierna tiene levantada en ademán de sacarse una espina”.

Todo apunta a que ambas esculturas eran copias de dos piezas clásicas sin el mayor peligro moral, la Venus del delfín y el Niño de la espina, sin embargo, la población se alborotó profiriendo frases como “¿De qué sirve la Inquisición y la Iglesia que no evitan semejantes deshonestidades?”.

Sumado esto a que inquisidores como don Miguel Santa Cruz López avivaron la polémica considerando a la pobre Venus como una “arrogante moza”. No es por tanto de extrañar que un espontaneo preguntase públicamente que qué santo era Venus, a lo que otro no tardó en responder “es el santo de las putas.”

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No hay que esforzarse mucho para deducir que las “deshonestas” estatuas de las que se hablaba eran dos copias de estas piezas clásicas. Fuente flickriver.com

El jaleo se descontroló y pronto se empezaron a poner carteles a los pies de las estatuas –sí, la del niño de la espina al parecer también era escandalosa– y de entre todas esas pancartas nos ha llegado una, transcrita precisamente por la Inquisición, en la que un soldado de los Dragones de Almansa puso:

¿Y aquel que no sabe leer
inscripciones ni tarjetas
al ver ese par de tetas
diga, usía que ha de hacer?

Finalmente un profesor de escultura, Roque López, tuvo que poner algo de sensatez al asunto, aclarando que el mérito de las esculturas era el primor de sus artífices y no que resultasen libidinosas a un público. Al parecer, muy poco acostumbrado a la estatuaria clásica.

Por el contrario, en otros casos el contenido procaz sí era evidente, como unos abanicos que, aun siendo fabricados en París, en 1803 se vendían en la madrileña Calle Montera y en Talavera de la Reina (Toledo); lo peligroso de estos abanicos titulados como La linterna mágica del amor es que en ellos se veían hombres en posturas “indecentísimas” entre ellos un monje capuchino.

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España también fue productora de imágenes procaces como esta baraja de cartas del siglo XIX.

Y es que como seres humanos que son, los religiosos también acabaron mezclados en estos asuntos pornográficos y así Fray Blas Solís y Fray Juan Bermejo de treinta años ambos y religiosos del monasterio de San Basilio en Madrid fueron amonestados por pintar paisajes escandalosos, en los que aparecía “un monje fornicando en su celda, una metresa sobre su madre y un guardia de corps sobre ambas”.

De hecho, el pueblo llano era consciente de las debilidades sexuales del clero, y así se desprende de otro caso de 1814 en pleno centro de la capital, cuando en un establecimiento de la calle Jacometrezo un secretario de la Inquisición acudió a llevarse “dos figuras de china de un tercio, hombre y mujer desnudos en actitud bastante provocativa”.

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Posiblemente las dos figuras de china de las que habla el proceso fuesen semejantes a esta pieza de porcelana.

A lo cual la propietaria, con toda la razón del mundo, dijo que si eran imágenes prohibidas que las destruyesen allí mismo antes de llevarlas a ningún otro lugar, pero ante la negativa del inquisidor el hijo de esta mujer respondió: “Si las querrá el padre Cura para divertirse con ellas en su cuarto”.

Más allá del interés sexual de los propios inquisidores, en estos y otros procesos (como el abierto a la Maja desnuda pintada por Goya) se evidencia cómo la ignorancia y la cerrazón han campado a sus anchas en este país hasta alcanzar las más importantes cotas del poder, persiguiendo una perversidad que lejos de estar en las costumbres de la población parece nacer precisamente en la mente de quien con tanto ardor persigue.

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Por muy “maja” que fuese la pintura de Goya también estuvo perseguida por la Inquisición.

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