Ramón y Cajal, fotógrafo, premio nobel y cachas.

Uno de los dilemas que siempre me ha llamado la atención, es cuando a las personas que rinden culto a su cuerpo se les exige determinado nivel cultural (como si para lucir una esbelta figura fuese necesario estar versado en las ciencias y las letras) y sin embargo a las personas que cultivan su intelecto rara vez se les exige una mínima condición física.
¿Por qué se es más displicente con los abdominales de un finalista premio Cervantes, que con los conocimientos socio-políticos de una Miss? ¿Qué es entonces lo correcto? ¿Ser culturista y ganar un premio Nobel?

Lo correcto no lo sé, pero desde luego admirable lo es un rato…

Como admirables son todos los logros del hombre que consiguió tal proeza, Don Santiago Ramón y Cajal (Nobel de Medicina en 1906 y con más de 112 cm. de circunferencia torácica).
Y es que la endeble estampa que los libros de historia nos han legado del anciano Ramón y Cajal, dista mucho de una fotografía tomada en torno al año 1870 cuando el joven Santiago era un fornido universitario de Zaragoza.

Fotografía/técnica mixta del joven Ramón y Cajal.
Fotografía/técnica mixta del joven Ramón y Cajal.

En su autobiografía “Recuerdos de mi vida” confiesa que su afición por el ejercicio físico tuvo su origen en una humillación a su honor, ya que tras haber sido derrotado en un pulso por un compañero de clase, se marcó como objetivo superar la fuerza de su adversario fuera como fuese.

La solución más sencilla fue acudir al gimnasio regentado por un tal Poblador, situado en la Plaza del Pilar (Zaragoza) y el acuerdo con el dueño del local fue sencillo, permitiría el acceso libre al joven Santiago, a cambio de que éste le diese una serie de clases de anatomía.
Y dicho y hecho… el chaval comenzó a ganar músculo, hasta tal punto que “ardía en deseos de probar mis puños en cualquiera” y aunque no era un tipo violento reconocía que un instinto irracional le impulsaba a justificar su fuerza “sobre las espaldas del prójimo”.

Es curioso como él mismo relata los cambios que en su carácter producía el culturismo y como llegó a temer ser una “víctima irremediable del embrutecimiento atlético”. Y es que según Ramón y Cajal salvo la fortaleza, pocas más eran las ventajas que reportaba aquella musculatura, pues ni siquiera el éxito con las chicas estaba garantizado, ya que como él mismo apunta en sus memorias salvo: “la estatura aventajada y en la distinción de los modales. Lo demás importa poco.”

En cualquier caso no se preocupen porque finalmente triunfó el amor, y por muchas pesas que resistiesen los bíceps del joven Santiago, al final no pudo hacer frente a los encantos de una hermosa jovencita que vivía en la calle Cinco de Marzo. No ha trascendido el nombre de la chica pero el mote con el que la conocían Santiago y sus amigos (la Venus de Milo) induce a pensar que debía ser una muchacha lo suficientemente atractiva como ganarse un precioso álbum fotográfico del Monasterio de Piedra de manos del fornido aunque tímido chaval.

Finalmente aquel amor no llegó a fraguar, sin embargo nos pone en la pista sobre otro amor que perduraría para siempre en la vida del insigne médico, la fotografía.

Como si de un relevo generacional se tratase Ramón y Cajal nació un año después del fallecimiento de Daguerre y si este había inventado la fotografía no se quedaría atrás nuestro aragonés, quien desde la adolescencia quedó maravillado por los daguerrotipos, el colodión húmedo y las emulsiones que él mismo llegó a crear.

Los primeros contactos debieron ser en Huesca gracias a los fotógrafos ambulantes aunque gracias al detalle del álbum de fotos del Monasterio de Piedra sabemos que debió conocer el estudio de Mariano Júdez (autor de dichas fotos); no obstante se sabe que por ya entonces el negocio había sido traspasado a Anselmo María Coyne, y quizás allí fue donde se tomó la flamante instantánea que hoy nos ocupa, desde luego más allá de lucir dorsales, el interés de nuestro ilustre premio Nobel por la fotografía fue muchísimo más lejos.

Como otros grandes pioneros de la fotografía, la curiosidad fue el motor que puso en marcha todos los descubrimientos del sabio aragonés, el cual no estaba dispuesto a conformarse con la fotografía de su tiempo sino que quiso llegar más lejos.

Primero fue una fusión entre la técnica del grabado y la fotografía desarrollando lo que se vino a llamar fotolitografía, más tarde vinieron las microfotografías, visibles tan solo al microscopio y ya a comienzos del siglo XX quiso alcanzar el sueño de todos los fotógrafos del momento, la fotografía en color.

No era sencillo, pero parece que en la vida de Ramón y Cajal la palabra “dificultad” fue siempre un aliciente más que un impedimento, y de este modo llegado en el  año 1908 ya logró al menos una fotografía en la que se autorretrataba a todo color.

También en la misma época pudo captar las plantas de su florido jardín en la madrileña calle Almansa y finalmente en 1912 poner el broche de oro a la investigación con la publicación del libro “La fotografía de los colores” todo un tratado en el que el ingenio y la fuerza de voluntad demuestran que no hay nada imposible cuando nos guía la fascinación y el entusiasmo.

       

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