No son pocos los medios de comunicación que se han hecho eco de la polémica suscitada a raíz del amamantamiento en público de los bebés. Leyes con pocos visos de realidad y menos aún de cordura, han generado en los últimos meses infinidad de opiniones a favor y en contra de que las madres den el pecho a sus hijos a la vista de todo el mundo.

Como digo, más allá de la veracidad de esta ley, si que es cierto que este acto tan natural como humano ha suscitado diversas opiniones en las redes sociales e internet, con escandalizados comentarios enfrentados a imágenes que se hicieron virales en unos instantes al defender la naturalidad de este hecho a través de la fuerza de la fotografía.

Lactancia, maternidad, Velez Rubio, Kati Horna
Mujeres dando el pecho en Vélez Rubio en 1937. Fotografiadas por la célebre Kati Horna

 

El caso más sonado ha sido la reciente fotografía que la estadounidense Naomi Covert subió a Instagram dándole el pecho a su hijo durante una boda, aclarando además, que no solo dio el pecho al niño durante el banquete sino también en iglesia donde tuvo lugar la ceremonia. Las críticas no tardaron en llegar…
Ahora bien ¿por qué una iglesia no podría ser un lugar adecuado para darle el pecho a un niño? No hay ninguna normativa a priori que lo prohíba, y es más, a poco que echemos la vista atrás, comprobaremos que existe toda una tradición icónica que secunda nuestra naturaleza mamífera.

Quizá por ello quienes se sigan alarmando por estas cuestiones agradecerán el repaso visual que ahora ofrecemos ya no solo acerca de la naturalidad de este gesto sino incluso a la veneración que ha supuesto la lactancia en nuestra cultura occidental.
Empecemos por el principio de los tiempos, allá cuando el ser humano buscaba una explicación mítica a la naturaleza, incluido un cúmulo de estrellas que asemejaban un camino allá en lo alto de las noches de la antigüedad.

La tradición romana nos dice que ese sendero de estrellas fue ocasionado por el amamantamiento de un niño, un bebé un tanto especial ya que se trataba del mismísimo Hércules a quien su padre Júpiter lo puso a beber de los mágicos pechos de la diosa Juno cuya leche transformaba en inmortal a quién la bebía.

Hércules, Juno, Nacimiento de la Vía Láctea
Juno amamantando a Hércules, pintado por Rubens y visible ante todos los públicos en el Museo del Prado

Dicen los autores clásicos que Juno alarmada por ese bebé que su esposo le colocó mientras ella dormía, lo apartó de sí derramando por el cielo todo un manantial lácteo que dio nombre a la galaxia en la que vivimos, ese cúmulo de estrellas que desde este lado del universo se aprecia verdaderamente como una vía láctea.

Así podríamos seguir con infinidad de divinidades clásicas como la propia Isis quien aun siendo representada en forma de diosa árbol —como sucede en la tumba de Thutmosis III— conservaba su naturaleza mamífera para amamantar al faraón.
Sin embargo Isis y Juno no fueron las únicas diosas madres de nuestra cultura, la virgen María también escanció sus pechos ante la veneración de sus fieles, con más simbolismo si cabe, pues los grandes pensadores de la Iglesia tales como Clemente de Alejandría, no tardaron en asumir el papel de la Virgen amamantando al niño como una metáfora del sustento que la Iglesia –se supone– proporciona a sus fieles.

Pedro Machuca, Museo del Prado
La Virgen dando su leche a las ánimas del purgatorio. Pintado por Pedro Machuca

A poco que revisemos la historia de la pintura nos daremos con que se trata de un motivo pictórico tan aceptado que hasta reyes tales como Enrique II de Castilla posaron ante la figura de la Virgen de Tobed, que es al fin y al cabo, una Virgen de la Leche.
Y es que fueron infinitas las acepciones que tuvo esta escena, desde la Virgen del Reposo a Madonna lactans o Galactotrofusa.

Virgen de Tobed, Reyes de Castilla, Virgen lactante
Enrique II de Castilla y familia ante la Virgen lactante de Tobed

De hecho durante la Edad Media fue una temática totalmente aceptada, pues solo hace falta ver como los pechos fueron cada vez más generosos, sin embargo a raíz del Concilio de Trento se impuso el recato, ocultando poco a poco los divinos senos, lo cual queda visible en la obra de Luis de Morales donde apenas se vislumbra una abertura en las ropas de María por la que el ansioso niño cuela su mano.

Divino Morales, Luis de Morales, Museo del Prado, Virgen de la Leche
El Divino Morales fue uno de los pintores renacentistas más prolíficos en materia de “vírgenes de la leche”, eso sí, siempre guardando el decoro que se exigía desde Trento

Pero no hay prohibición que no tenga sus consecuencias y al mismo tiempo que se censuraban estas y otras imágenes surgió en el entorno católico todo el fenómeno del misticismo, donde afloró la pasión y la sensualidad.
En todo ese maremágnum de ángeles que clavan flechas en el corazón, santos que levitan y bodas sobrenaturales, nos encontramos una escena de lo más rocambolesca, la visión mística de la virgen amamantando a santos.

San Bernardo, San Agustín, Santo Domingo, San Pedro Nolasco o San Cayetano fueron algunos de los santos varones que probaron tan divinos pechos. Y así lo vemos en lienzos de Alonso Cano, Murillo o el Greco en los que si no se tiene en cuenta todo el simbolismo que hay detrás… las imágenes resultan ciertamente desconcertantes.

San Bernardo de Claraval, Alonso Cano, Lactante, Virgen de la Leche
San Bernardo y su visión mística representada por Alonso Cano nos sirve de ejemplo para analizar los sorprendentes derroteros por los que circuló el simbolismo de la lactancia

San Agustín por ejemplo es representado en la oración en la que tuvo la visión de Cristo y la Virgen ofreciéndole respectivamente la sangre de sus llagas uno y la leche de sus pechos la otra. El santo varón compungido y según se desprende de sus escritos se llena de confusión, no por los chorros que le empapan, sino por no saber a qué manantial dirigirse.

En fin, que tal como vemos, una escena tan cotidiana como alimentar a un bebé puede ocasionar infinidad de simbolismos, tales como la ternura, la generosidad, la caridad, pero cuando esto se prohíbe y lo natural se demoniza, los simbolismos comienzan a crecer en una dirección cuanto menos extraña.

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