Sorolla ante la cámara

Desde su origen la fotografía estuvo fuertemente hermanada con la pintura, los fotógrafos no tardaron en imitar las composiciones y estilos de los cuadros y el arte de los pinceles no dudó en tomar nuevos rumbos dejando el realismo en manos de las cámaras fotográficas. No es por tanto de extrañar, que el impresionismo y algunas corrientes pictóricas naciesen al poco de haber surgido la fotografía.

No obstante en contra de lo que pueda parecer pintura y fotografía crecieron ayudándose mutuamente. Entre los primeros fotógrafos hubo pintores (el propio Daguerre sin ir más lejos) y entre los pintores pronto empezaron a circular fotografías fundamentales para sus obras.

Un ejemplo sería, el pintor holandés Lawrance Alma Tadema el cual nunca hubiese podido realizar sus cuadros historicistas si no hubiese tenido a mano la importante colección de fotografía arqueológica de la que disponía. Muchos otros pintores jamás hubiesen visto grandes obras de arte si previamente un hábil fotógrafo no las hubiese capturado.

De este modo y sin movernos del siglo XIX nos trasladaremos a Valencia y más concretamente a la Plaza del Ayuntamiento donde el fotógrafo Antonio García Peris tenía establecido su estudio. Por allí pululaban algunos jóvenes que como él, habían sido estudiantes de bellas artes y que en su estudio se dedicaban principalmente a retocar fotografías.

Uno de ellos había sido discípulo del pintor alicantino José Estruch, y dada su habilidad con los pinceles se dedicaba a colorear las fotografías en un proceso similar a la acuarela. Aquel muchacho no era otro que Joaquín Sorolla.

Desde entonces la relación entre Antonio García Peris y Sorolla fue tan sólida que el pintor terminó casándose con Clotilde García del Castillo (la hija del fotógrafo) un noviazgo que tuvo su reflejo en la fotografía, ya que el joven Joaquín le envió a Clotilde un retrato suyo en el que además de leerse el logotipo de Antonio García, se apreciaba la dedicatoria manuscrita “A mi querida Clotilde de su Joaquín”.

Pero no solo Joaquín y Clotilde se unirían en un feliz matrimonio, la fotografía y la pintura vivieron su particular idilio en la vida de este pintor.

El trato familiar entre Sorolla y García Peris pudo estar influido por la triste situación familiar del pintor, que, huérfano desde los dos años apreció rápidamente el calor del hogar, buena muestra de ello son los números retratos de grupo de los que su mujer e hijos fueron los grandes protagonistas, curiosamente uno de estos retratos llamado “Mi familia” se basa en una fotografía de idéntica composición.

De igual modo su suegro aparece al menos en otros dos retratos, uno en el que el fotógrafo posa mirando al espectador y otro quizás el más interesante, en el que aparece en plena faena fotográfica vislumbrando una placa en su laboratorio. 

No era de extrañar por tanto, que Sorolla lo retratase así, al fin y al cabo García Peris era un reputado fotógrafo condecorado con la Medalla de Oro en la Exposición Nacional de Fotografía, lo cual en gran medida le hizo convertirse en el primer mecenas del pintor.

Las fotografías que García Peris tomó de las obras de su yerno, hicieron que su fama alcanzase gran difusión y debido a la buena fama del pintor, llegaron encargos de los más lejanos lugares.

Uno de estos encargos provino de Nueva York donde la Spanish Society encargó en 1911 un gran mural que reflejase los usos y costumbres de las principales regiones de España.

“Visión de España” que es como se llama esta monumental obra, le obligó a recorrer buena parte de la península Ibérica a la caza y captura de maragatos, nazarenos y pescadores y allí para captar esos instantes se encontraba el fotógrafo, Venancio Gombau. Afincado en Salamanca este fotógrafo coincidió con el pintor en el municipio de Villar de Álamos en cual Sorolla pintaba a un jinete charro.
 
También existen fotografías de Sorolla pintando a un imberbe Alfonso XIII, o incluso pintando sus famosos cuadros en la playa. Estas fotografías nos demuestran que Sorolla no tomaba apuntes in situ para luego en el taller llevarlos a una escala mayor, sino que directamente trasladaba los cuadros hasta la orilla del mar por muy grandes que fuesen sus dimensiones.

Esto lógicamente suponía tales dificultades que la única solución era parapetarse en una especie de fuerte en el que  combatía el viento y la arena. Unas aventuras que dejaron su huella tanto en la fotografía como en los lienzos, pues precisamente las huellas de las manos de Sorolla se plasmaron en tales cuadros cuando no le quedó más remedio que sostenerlos ante el fuerte vendaval.

La pintura ayudó a la fotografía como cuando el joven Sorolla coloreaba aquellas fotografías, pero también la fotografía ha colaborado con la pintura ya no solo dando su soporte en el que estudiar más calmadamente lo que se iba a pintar, si no también saber que trucos e ingenios desarrollaban los pintores en su día a día cuando la obra aún estaba en plena gestación.

       

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