La vida de Strindberg (Estocolmo, 1849 – Ibídem,1912), el posiblemente más importante dramaturgo sueco, ha tardado en ser contada en nuestro idioma con la suficiente extensión y pormenorización hasta ahora, en la biografía de Jordi Guinart que acaba de editar Funambulista; “Strindberg, desde el infierno”.

Strindberg tardó en darse cuenta de que lo suyo era la escritura, pero cuando supo que todo lo que contenía su interior podía salir de él a través de la pluma, no quiso ni supo dedicarse a otra cosa. Su infancia no pudo considerarse especialmente fácil, aunque puede que tampoco fuera muy diferente a la de los muchachos de su edad, al menos no en cuanto a sus dedicaciones y gustos. Pero la separación de sus padres cuando Strindberg era un niño –ya entonces los suecos se podían divorciar, gran adelanto este, con la previa mediación de un pastor que les recordase las consecuencias de hacerlo– pudo suponer que el dramaturgo interiorizara la idea de que las intenciones y las promesas maritales podían cambiar de ser necesario.

Autorretrato, Strindberg
Autorretrato, Strindberg 1906. Original i Nordiska museet.

Sobre lo que dieron de sí sus matrimonios y la supuesta animadversión hacia su familia –y la etiqueta de misoginia con la que hemos conocido muchos a Strindbeg– solo decir que tuvo tres esposas: Siri von Essen, Frida Uhl y Harriet Bosse. Con todas tuvo hijos, y aunque es cierto que dejó, en varias ocasiones, que fuese la madre quien se quedase con ellos, la importancia de las relaciones y obligaciones para con su familia se vieron sin duda reflejadas en las piezas más destacables de su obra, tales como El padre o Amor de madre. O, también, algunas más minoritarias pero con enorme fuerza, como por ejemplo, Jugar con fuego, donde proyecta el miedo a la pérdida de un familiar.

La mayoría de sus escritos tenían a su familia, sus esposas y sus hijos como germen, más allá de que proviniesen o fuesen consecuencia directa de ellos; también tocaban planos que, aunque no totalmente relacionados, acababan por hacerle regurgitar sentimientos derivados de estas relaciones, desde celos, inseguridades, inquietudes y carencias afectivas.

Estocolmo por Strindberg
Estocolmo visto por August Strindberg, Molnfotografi, Stockholm, 1907

Algunas relaciones, como la que tuvo con Siri, se volvieron duras y violentas. El carácter de ambos era muy fuerte. Dice bastante al respecto lo que dejase patente el acta del juez que instruyó su divorcio, que citaba que Siri tenía a veces un carácter “difícil y violento, mientras que su esposo no reconoce ninguna culpa”.

A sus hijos los tuvo y los quiso tener, muchos a costa de la relación con sus esposas. En toda su obra se manifiesta esa tensión entre sexos, la propia sexualidad de la unión y su conflicto, la dificultad de las relaciones, el choque de lo establecido con la novedad, y la familia, en todas sus amplitudes, así como el significado de la misma, sus valores y los roles de mando de la misma.

Strindberg y sus hijos
Strindberg con sus hijos Karin y Greta en Gersau, en 1886 Göteborg / Suecia
Foto: August Strindberg

Se ha dicho de él que era misógino, cascarrabias y contestón. Así mismo, que era homosexual, que no amaba a sus hijos y casi que vivía en un estado alterado con picos de ira y depresión. Las opiniones sobre la persona de Strindberg se han alterado tanto durante estos años que casi podría uno hacerse a la idea de quién es sin apenas conocerle.

Sí fue duro y poco amable con ellos en muchas ocasiones, la fama no le viene a uno porque sí. Pero su personalidad y su estado de ánimo, repleta de valles y picos de interés e interacción con sus parejas, le hizo relacionarse con sus esposas a su manera, amándolas y odiándolas, poniéndoles trampas y encierros de los que acababa por arrepentirse cuando no había marcha atrás.

Estocolmo, foto de Strindberg, 1907
Estocolmo, foto de Strindberg, 1907

No es menos cierto que su trasiego en el mundo literario de la época y su mordacidad y desparpajo eran muchas veces percibidos como inmorales y a veces altamente desagradables. El entorno de La Asociación de Editores Suecos le hizo el vacío varias veces hasta hacer que las ventas de sus libros se vieran resentidas. Sobre todo porque se daba la circunstancia de que su editor era un pez gordo de la citada asociación.

Su etapa londinense le hizo desesperar por la intranquilidad de la ciudad. Su vida en Londres fue ruidosa y apabullante y acabó mudándose a París, ciudad que le multidisciplinó llevándole a ser considerado un gran alquimista al que visitaban los que creían en el ocultismo. Allí se aficionaría a la absenta, cuando ésta tenía tanto contenido de ajenjo como para ir volviéndole loco poco a poco.

Celestografía 1983 goteborg.se
Celestografía 1984 goteborg.se

Strindberg creó un personaje de sí mismo que trataba de mantener vivo a través de lo que hacía saber a los demás también de sí mismo. Todo lo que le concernía lo exageraba, lo llenaba de florituras y quedaba dotado de una grandilocuencia que no siempre coincidía con lo que afirmaban los testigos que habían vivido capítulos que él describía con formas maquilladas.

Durante su estancia en el hotel Orfila –una suerte de sanatorio mental en el que estaban prohibidas las mujeres– según cuenta él mismo en sus diarios y otros tantos que le conocieron esa etapa, tenía fuertes caídas depresivas y delirios. Puede que parte de estas paranoias y visiones trasnochadas pudieran hacerle ver la representación de la visión y la fotografía como medio para llegar a atisbar lo desconocido. No solo sus episodios casi litúrgicos de angustia paranoide, sino la absenta, a la que al parecer estaba enganchado y cuyo resultado iba haciéndose notar en su cuerpo.

Pintura de Strindberg
Pintura de Strindberg

De la fotografía pensaba que era un medio para acceder a lugares y estados que nos eran corrientemente desconocidos. Su contacto con el mundo extraño de la época parisina en la que vivió –con su esposa Harriet afirmaba comunicarse telepáticamente, y tener encuentros sexuales con ella aún en la lejanía– pudo hacer que, al igual que sus coetáneos, viera en la fotografía un medio esotérico de contacto. Sin embargo, era desconfiado con el aparato en sí, con la cámara, con sus lentes y espejos, y pensaba de ellos que estos podían reducir la verdadera visión de esa verdad oculta.

En la década de 1890 Strindberg creó las Celestografías; intentos de fotografía experimental que consistían colocar papel fotográfico en el suelo y que el cielo proyectase sus luces en él. El resultado es conmovedor a la vez que turbadoramente sorprendente. Las estrellas acaban por ser lo que menos se refleja en el papel, que viene a ser una mezcla entre la luz que emana de ellas y la suciedad que pulula entre medias. Aún así, algunos acabados son evocadores y no nos escuece hilvanarlos con la naturaleza tan particular del autor.

Autorretrato de Strindberg
Autorretrato de Strindberg. Esta fotografía llena de vida refleja más sobre el autor que mucho de lo que se ha escrito sobre él,

La fuerza visual con la que Strindberg respondía a los estímulos del mundo daba de sí hasta llevarle al campo pictórico por el que pasó con cierta gloria. Sus trabajos nos recuerdan hoy a Pollock o a Rothko, a ratos expresionistas, a ratos simbólicos, con brochas abiertas y duras. Y fotografías. Se hizo con una Leica cuando convenció a un editor en cuanto a que en sus viajes realizaría fotografías fantásticas para que pudiera publicarlas en su periódico. Algunas de esas muestras aparecen este artículo.

Arrollador en todos los sentidos, Strindberg pertenece a esa amplia familia de escritores poco conocidos más allá de sus obras, que exigen una introspección como la que hace este libro, “Desde el infierno“, y su autor, que detenta el poder de hacer fascinante una narración de por sí arrolladora, y hacerlo tratando de que no se escape nada, y lo que quiera escaparse, que lo haga con calma. No podría decirse otra cosa de Strindberg que lo que Kafka dijo de él; “ganó la genialidad a fuerza de puñetazos

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