Pocos gremios están tan unidos a la fotografía como lo está el mundo de la moda. Pensar en grandes marcas surgidas a principios del siglo XX nos hace pensar rápidamente en célebres firmas como Christian Dior o Chanel, pero quizá deberíamos pensar también en un genial español, Mariano Fortuny. Y no me refiero al célebre pintor, sino a su hijo el polifacético Mariano Fortuny y Madrazo.
 
Con el arte fluyendo por sus genes (era hijo de Fortuny además de nieto y sobrino de los Madrazo) el pequeño Mariano vino al mundo 11 de mayo de 1871 en la idílica ciudad de Granada. Su padre por entonces contaba con el prestigio y el nivel económico suficiente como para haber vuelto de Francia, al iniciarse la guerra franco prusiana, y dedicarse a disfrutar de la vida en la Alhambra.

Granada por entonces era lo más cercano a oriente que un europeo podía palpar. Bien es cierto que aquellos jardines y suntuosas salas fueron idealizados por escritores como Washington Irving con sus Cuentos de la Alhambra o el poeta Theophille Gautier que pasó noches de ensueño en el Patio de los Leones.

Cuadro de los hijos de Fortuny
Los hijos del pintor en el salón japonés. Fuente Museo del Prado. El pequeño Mariano y su hermana Maria Luisa retratados por su padre Mariano Fortuny en 1874 durante las vacaciones en la residencia de Portici. Un detalle casi profético es que el padre pintase al futuro diseñador jugando con una exótica tela

Lamentablemente aquella vida idílica no duraría para siempre y a la prematura muerte del cabeza de familia, su viuda Cecilia Madrazo marchó con sus hijos a París donde también vivía su hermano Riamundo Madrazo, un auténtico referente para aquel niño que empezaba a dar síntomas de ser un artista brillante.

La ajetreada vida parisina debió fascinar al pequeño, el cual en 1886 admiró un espectáculo singularísimo, las coreografías de Loïe Fuller, una vanguardista bailarina cuyas representaciones contaban con un factor esencial; La iluminación.

Bailarina siglo XX, Loie Fuller, Mariano Fortuny
Loïe Fuller retratada por Frederick Glasier de 1902.

Loïe Fuller mezclaba la vaporosidad de sus prendas con un delicado enfoque de la luz, lo cual transportaba a cualquiera a mundos oníricos como los que debió sentir el joven Fortuny quien desde entonces no cesó en indagar qué era aquello de la iluminación.

Cinco años antes, se había producido toda una revolución con la Exposición de la Electricidad de París, donde el sistema eléctrico de Thomas Alba Edison no tardó en imponerse ante las lámparas de gas. En ese ambiente la mente inquieta de Fortuny no dejó pasar la ocasión y volcó toda su creatividad desarrollando finalmente una lámpara de luz indirecta que terminará patentando varias décadas después, en 1901.

Pero la genialidad de este incesante creador no se limitó a las llamadas lámparas Fortuny, también inventó todo un sistema escénico en el que a través de una sofisticada cúpula evitó usar el papel pintado para simular los diferentes cielos de las escenas con un método parecido a la proyección.

Mariano Fortuny, Lámpara Fortuny
Fortuny (a la derecha) indagando en los beneficios de la energía eléctrica.

Por aquel entonces Mariano Fortuny y Madrazo vivía en Venecia, una ciudad en la que había desembarcado en plena juventud. Su madre se había cansado del agobiante jolgorio parisino y Venecia aportaba cierta tranquilidad y de ella emanaba un cierto orientalizmos que desconocemos si la culta Cecilia había tenido en cuenta.

Venecia había sido durante siglos la puerta comercial de Europa con Oriente y a su manera esa influencia era visible en sus monumentos y obras. Una influencia que también terminaría calando en Mariano Fortuny que por aquel entonces ya era un respetable pintor, un excelente grabador, un ingenioso inventor amén de un interesante fotógrafo.

Cualidades que tuvo muy en cuenta el dramaturgo D’Annunzio quien le encomendó una propuesta apasionante para una mente imparable como la de Fortuny, el diseño del vestuario para una de sus grandes obras.

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Mariano Fortuny, Modelo de manera con el vestido Delphos. Fuente: Fundación Museos Cívicos de Venecia, Museo Fortuny

Fortuny que no perdía hilo, y nunca mejor dicho, de todas las novedades culturales que acontecían a su alrededor comenzó a valorar la posibilidad de poner en valor los antiguos diseños griegos en sus prendas, de este modo los motivos minoicos y las referencias a Delfos marcaron indudablemente su estilo. Pero también lo hizo la ingente colección de telas que tenía su padre quien recordemos era un orientalista convencido y viajero infatigable en cuyos periplos se hizo con las telas más exóticas.

Estudiando las prendas clásicas llegó a inventar un nuevo plisado, una técnica de tratamiento de la tela cuyo logro fue un auténtico prodigio de la industria de aquel entonces, baste recordar como por ejemplo Prust se hace eco de la maestría de Fortuny diseñando telas en su inolvidable novela En busca del tiempo perdido.

Se podría decir sin miedo que Mariano Fortuny supuso una revolución del mundo del diseño, creando objetos en los que se fusionaban la cultura arábiga con el renacimiento y ribetes del mundo clásico.

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El primer taller textil de Mariano Fortuny situado en el tercer piso del Palazzo Pesaro Orfei, 1907. Fuente: Fundación Museos Cívicos de Venecia, Museo Fortuny

Su visión empresarial del diseño y su dominio de infinidad de disciplinas artísticas le hicieron triunfar en lo profesional y en lo social, realizando diseños para la Scala de Milán y adquiriendo un hermoso palacete en Venecia que hoy lleva su nombre.

A su muerte en 1949 su viuda Henriette Negrín ofreció el palacete y gran parte de la colección al estado español, y a ver si lo averiguan… efectivamente; por enésima vez el gobierno español rechazó continuar con el legado de un genio.

Quizás —léase con ironía— por eso otros tienen a Chanel o Dior y nosotros no tenemos a Fortuny. No obstante para aportar algo de sosiego ante tal despropósito hay que decir que hay iniciativas que mantienen vivos los diseños de este genio injustamente olvidado.

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Mariano Fortuny con uno de sus artilugios teatrales en el Palazzo Pesaro-Orfei. Autor desconocido.

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