En estas fechas tan veraniegas hay algo común a la mayoría de las localidades españolas, las fiestas. Los festejos veraniegos llegaron también hace unos días a Madrid y es que con la fiesta de la Paloma se da inicio a un sinfín de verbenas y festividades en los diferentes distritos de la capital.

Un hecho que tiene su origen en muchos casos en las fiestas patronales de los viejos municipios que rodeaban a la capital siendo hoy meros barrios de una de las ciudades más pobladas de la Europa actual.

Una metrópoli cada vez más grande y en la que sin embargo se sigue repitiendo uno de los tópicos más frecuentes al hablar del viejo Madrid, el referirse a la ciudad como “un poblachón manchego”.

Buey andando por Madrid
Pese a que a veces los animales se escapaban como este buey que paseó por la calle Serrano, Madrid no era ningún pueblo. Fuente: Archivo Diario Madrid

Este adjetivo lo empleó el escritor Francisco Umbral en el pregón de las fiesta de 1982 provocando la indignación de Inocente García de Andrés, que como secretario general del Consejo de Comunidad Castellana de Madrid, exigió una explicación.

Sin embargo en 2007 Umbral aclaró que la frase era de Azorín, entrando así en una sucesión de atribuciones hasta que al final no se sabe si a Madrid le llamó poblachón manchego, Azorín, el torero Bombita o el mismísimo Manuel Azaña.

Sea como fuere y con todo el respeto hacia los pueblos de la Mancha, Madrid hace siglos que no es ningún poblachón, es más los segovianos por aquello de los innegables vínculos históricos entre esta región y Madrid, se molestarían si dijésemos que Madrid es manchego, pues también hay un tópico que dice que Madrid es el pueblo más grande de la provincia de Segovia.

Madrid carreta
Estampas como esta en la ciudad de Madrid hacían dudar al forastero si en realidad la capital no era un enorme pueblo

En cualquier caso Madrid dejó de ser un pueblo ya en la Edad Media, la prueba más evidente es el Fuero de Madrid promulgado en 1202 mediante el cual se establecen una serie de normativas (como que los cerdos no campasen a sus anchas en las calles) y que hacen pensar en que la villa de Madrid estaba adquiriendo otro estatus.

De hecho hay un detalle singular. Los madrileños, pasado el tiempo, habían perdido su contacto con el mundo rural de tal manera que a la gente del campo que acudía a la ciudad se les llamaba Isidros porque el único referente que quedaba en Madrid sobre los labradores era San Isidro.
No obstante el cambio definitivo lo dio el hecho de adquirir la capitalidad del reino en el siglo XVI, desde entonces el crecimiento ha sido imparable. Y generalmente con una inmigración de origen patrio, que ha llenado la ciudad constantemente de andaluces, extremeños… que muchas veces ocupaban determinados sectores profesionales, como los serenos, ayudando a sus paisanos en una especie de corporativismo.

Niños del barrio de Tetuán
Niños del barrio (entonces pueblo) de Tetuán fotografiados por Alfonso

Desde entonces Madrid se convirtió en el pueblo de todos, y durante el siglo XIX y XX la ciudad empezó a absorber población y costumbres incluso de otras nacionalidades. Poco a poco las tradicionales seguidillas (que esas sí que eran manchegas) fueron eclipsadas por el madrileñísimo organillo, nacido en verdad en el Piamonte italiano, o por el chotis de los escoceses, y así podríamos seguir con otros tantos elementos culturales que, pese a no ser madrileños, configuraron la imagen de la ciudad que los adoptó.

Este aluvión de forasteros se fue situando en barriadas del extrarradio próximas a las principales vías de comunicación, localidades cercanas a la capital que hoy día han sido absorbidas como barrios. Hortaleza, Vicálvaro, Vallecas y otros tantos distritos fueron en su día localidades independientes cuya vida rural sí que estuvo presente hasta tiempos bien cercanos.

Hortaleza y Alcorcón cuando eran pueblos
Localidades aledañas a Madrid como Alcorcón y Hortaleza sufrieron un cambio tan monumental que hoy día son irreconocibles en las fotografías de principios del siglo XX. Fuente: Historias Matritenses

Vaquerías, rebaños, labradores y huertos popularizaron estos barrios dejándonos estampas como ovejas en pleno barrio de la Elipa o bueyes como el que se captó en 1965 cruzando la calle Serrano.

En ese sentido Madrid sí que conservaba algo de pueblo, pero por influencia como digo de la inmigración rural. En otras ocasiones la relación entre el campo y la ciudad queda patente en fiestas como la de la trashumancia en la que se rememoran los pactos establecidos en la concordia de 1418, en la que se establecía el permiso que los procuradores de Madrid daban a los hombres buenos del consejo de la Mesta para que los ganados atraviesen la villa en busca de verdes pastos.

Lamentablemente no siempre la relación ha sido afectiva, en ocasiones Madrid como sede del gobierno ha recibido las protestas de los colectivos rurales más desfavorecidos quienes en busca de visibilidad para sus quejas han recurrido a los medios más llamativos, como por ejemplo el colapso de tráfico que el 26 de abril de 1988 provocó la suelta de cerdos en la M-30.

Cerdos colapsan Madrid
La protesta contra las medidas agrarias y ganaderas ha sido otra cuestión que ha dejado infinidad de imágenes indescriptibles como esta de los cerdos en la M-30

Esa imagen rural de Madrid fue aprovechada por fotógrafos como Labbau quien captó Madrid desde sus afueras con espectaculares vistas de tormentas amenazantes que daban al paisaje madrileño el aspecto propio de un lienzo del Greco. Y es que es innegable que Madrid tuvo mucho de pueblo, pero no por ser ese “poblachón” como tantos escritores lo llamaron, sino por ser el pueblo de todos.

Plaza de Toros de las Ventas 1930
Panorámica de Ventas desde las cercanías del actual barrio de Moratalaz. Fotografía de Lebbaus 1930

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