Una historia de fantasmas

La Real Academia de la Lengua reconoce que por fantasma se puede entender la “imagen de una persona muerta que, según algunos, se aparece a los vivos”, pero también a una “persona envanecida y presuntuosa” y fantasmas de ambos tipos se darán cita en el capítulo de esta semana al ocuparnos de la vida del que quizás sea el mayor fantasma de la historia de la fotografía, el fotógrafo William Mumler.

 
Autorretrato de Mumler con una dama fantasmal de fondo.
Autorretrato de Mumler con una dama fantasmal de fondo.

Mucho antes de la fotografía, ya se hacían espectáculos imitando apariciones espectrales a medio camino entre el morbo y el entretenimiento. Generalmente se realizaban con un aparato (la linterna mágica) al que podríamos considerar como el germen del cinematógrafo, instrumento que ya era empleado para crear fantasmagorías aterrorizando a los más incautos. Curiosamente una de las primeras noticias de lo que podría ser una linterna mágica la encontramos en Madrid, en la casa del inquisidor Juan Espina a quien se le acusa de “fabricar fantasmas” a principios del siglo XVII.

Lo cual nos hace pensar que en el año 1861 con la fotografía en pleno auge no fuesen pocos los fotógrafos que aprovechasen el filón de verosimilitud que daban estas imágenes para dar por cierto todo lo que sus cámaras captasen. Eso sumado a un clima emocional adecuado, proporcionó que por los estudios fotográficos desfilase toda una serie de fantasmales personajes haciendo las delicias de los más curiosos.

El primero en percatarse de que las fotografías podían trucarse fue un joyero estadounidense de 29 años que a tiempo parcial coqueteaba con la fotografía, se trataba de William Mumler. Por lo que en principio fue un fallo a la hora de limpiar el material fotográfico, Mumler  descubrió la doble exposición, creando así un autorretrato en el que aparecía acompañado de un extraño ser, una figura evanescente ideal para bromear con un amigo. Una broma que llegó demasiado lejos, tanto como para ser creída por el periódico The Banner of Light.

Este diario que apenas llevaba unos años en funcionamiento tenía un objetivo claro, saciar de novedades y noticias a la recién creada comunidad espiritista en Estados Unidos, y es que las teorías filosóficas más que religiosas de Alan Kardec, (padre de la doctrina espírita) estaban en pleno apogeo a raíz de las misteriosas hermanas Fox cuyas experiencias paranormales avivaron el fuego de una sociedad ya de por sí deseosa por creer en el más allá.

Copiando términos e imitando la parafernalia espiritista, Mumler decía ser un canalizador de las entidades fantasmales, las cuales solían aparecerse tras una charla con sus clientes los cuales tras posar ante la cámara de Mumler eran fotografiados junto a sus seres difuntos.

Ahora bien, pese a que el precio de las fotografías “espíritistas” (por llamarlo de algún modo) era cinco veces superior al precio habitual, el fotógrafo era lo suficientemente “honrado” como para avisar a sus clientes de que quizás el espíritu que andaban buscando no aparecería en la primera instantánea, sino que lo más factible era hacer unas cuantas, aumentando así las posibilidades de éxito.

Con la guerra civil norteamericana en ciernes, las doctrinas espiritistas en pleno auge y una sociedad fascinada por la fotografía…  el éxito no se hizo esperar. Niños tristes, ancianos melancólicos, maridos inolvidables y todo tipo de seres queridos surgían en las fotografías de Mumler, cuando la descripción no era clara y no contaban con los suficientes datos como para falsear el fantasma, el truco era tan sencillo como difuminar la imagen.

Toda una trama de la que no tardaron en percatarse otros fotógrafos como Oliver Wendell, James Black o Abraham Bogardus quienes estaban convencidos de que Mumler hacía trampas. Sin embargo el gran triunfo del fotógrafo de fantasmas estaba aún por llegar.

Una entrañable mujer acudió al estudio haciéndose llamar señora Tundall, aunque en realidad y posiblemente tras esa charla inicial Mumler y su esposa descubriesen que aquella mujer no era otra que Mary Todd Lincoln (viuda del presidente norteamericano).

Como era de esperar una de las fotografías captó justo lo que la señora “Tundall” quería ver, la figura del presidente Lincoln reposando las manos en sus hombros.

Mary Todd fotografiada tal y como deseaba junto al fantasma de su marido. Abraham Lincoln.
Mary Todd fotografiada tal y como deseaba junto al fantasma de su marido. Abraham Lincoln.

La muerte de su hijo Thomas Lincoln sumado a la mala relación con su único vástago superviviente, hacían claramente a Mary Todd una mujer emocionalmente débil, fácilmente atrapable por los trucos de Mumler.

Quizás por eso y por casos igualmente escandalosos, los fotógrafos enemigos de Mumler comenzaron a rodearlo, descubriendo sus trucos e incluso ayudados por P.T. Barnum, que como experto embaucador desveló que las fotos de los espíritus eran una verdadera majadería que él mismo había incluso comprado para exhibirlas en su circo, a sabiendas de que eran falsas.

P.T. Barnum
P.T. Barnum

Barnum era tan estafador o más que Mumler, pero eso no fue óbice para que participase en el juicio contra el fotógrafo, donde gracias a sus disparatadas ocurrencias y la colaboración del fotógrafo Abraham Bogardus, presentó una fotografía suya en la que también salía Lincoln, lo que era la muestra evidente de que con trucos sencillos se podía fotografiar a un fantasma. Aunque conviene aclarar que con fantasma se refería al difunto presidente y no a él mismo, que en cierto modo también lo era un poco.

       

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