Vivian Maier estuvo aquí

Vivian Maier, fotografía americana, Rolleiflex, John Maloof, rostroDesde que John Maloof dio casi por casualidad con el legado fotográfico de Vivian Maier, han ido apareciendo en la red cada vez más fotografías que confirman que la historia de Maier es una de las más apasionantes de la historiografía americana actual.

Un par de cajas llenas de negativos fueron la herencia que un muchacho aficionado a la fotografía llamado John Maloof descubrió en una subasta pública en 2007. Cuando la subasta se dio por cerrada, Maloof se había hecho con uno de los tesoros más enigmáticos que la historia de la fotografía reciente nos ha legado. La historia de Vivian Maier.
En uno de esos hangares donde se subastan aquellas pertenencias de personas cuyo legado nadie reclama, Maloof encontró un millar de negativos que en un primer vistazo consideró que eran algo antiguos y que podrían servirle para realizar un reportaje sobre la ciudad de Chicago.

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Vivian Maier en una fotografía a un escaparate, 1957.

Nada más ponerse manos a la obra se dio cuenta de la magnitud del hallazgo, de lo abrumador del material que tenía entre manos y de la imposibilidad de rastrear a su autora. No había forma de encontrar ningún dato sobre ella en ningún lugar.

Un rostro aparecía de manera constante en muchas de aquellas fotografías, el de Vivian Maier, una jovencita delgada oriunda de Nueva York, que vestía pantalones de hombre, recaló en Chicago a mediados en los años cincuenta y que pasó su vida trabajando de niñera.

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La serie de fotografías de la playa ha sido una de las más recientemente reveladas por Maloof

Cada vez que salía a la calle, ya fuese para pasear a los hijos de las personas para las que trabajaba o para aprovechar su dedicado tiempo libre, su cámara Rolleiflex le acompañaba (*). Las características de esta cámara, cuyo visor está situado en la parte superior del cuerpo, le permitía realizar las fotografías con la cámara apoyada en su vientre, por lo que pasaba desapercibida.

El anonimato de Vivian Maier es equiparable al que quiso para los protagonistas de sus fotografías. El que no revelase más de un 1% de toda su producción (el precio del revelado era sin duda una de las razones) y que jamás pareciese entablar contactos con nadie que perteneciera a ningún tipo de círculo artístico, hace pensar que Maier quería para sí una intimidad de la que pueden dar muestra sus fotografías.

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La mirada de Maier resulta una característica muy personal en su obra. Archivo de John Maloof

Su rostro es tranquilo, sosegado y tímido. No dudaba en recorrer las calles de Chicago buscando a personajes que retratar, siendo descarnada cuando fuera necesario, mostrando a sin techo, a enfermos, o recorriendo lugares que fueran testigos de asesinatos o tuviesen una historia turbia tras de sí. Nunca, a pesar de ello, se dejaba llevar por la compasión ni se regodeaba en el dolor ajeno.

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El archivo de Maloof contiene también fotografías en color.  Vivian Maier, Agosto 1975

Y aún con ello no huía de la belleza en todas las vertientes de la misma. Muchas de sus fotografías son luminosas, abiertas y sin complejos, de parques, de niños jugando en las aceras o de transeúntes inmersos en una eléctrica rutina. Todo quedaba a merced de la cámara de Maier tomando un punto de vista ecléctico en situaciones donde es fácil tomar partido.

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En 1959, Maier viajó por diversos lugares del mundo, entre ellos, Egipto.

Lo que hace que Vivian Maier recale en la historiografía americana reciente como una de las figuras más singulares es la igualmente singular personalidad con la que retrató la vida urbana que la rodeaba. Detrás de su cámara se esconde una mujer inquieta y compleja. Su energía incansable (según Maloof solo dejaba de fotografiar los días que pudiera estar enferma) y su casi enfermiza necesidad de captar todo lo que le sucedía convertían sus obras en dueñas de una autoría sencillamente identificable.

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El resultado de la mayoría del trabajo de Maier supone la descripción visual del Chicago urbano en todas sus vertientes.

Maloof dio con los niños, ya adultos, de las tres familias para las que Maier estuvo trabajando. En la última etapa de su vida, estos le pagaron el alquiler de su vivienda y poseían el grueso de sus obras así como las posesiones que Maier había dejado después de morir. Para cuando ellos le prestaron su ayuda, ya había vendido todas sus fotografías en mercadillos buscando dinero para seguir adelante. La anciana Maier se desprendió de todo el trabajo que cuajó con dedicación en las cinco décadas anteriores.

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Su relación con los niños (el trabajo que más tiempo le ocupó fue el de niñera) es un motor en sus imágenes. 1950

También le hablaron de ella, le dijeron que era una mujer buena, tímida, que caminaba con andares de jirafa y parecía tener toda la paciencia del mundo. Que les cuidaba y trataba como si fueran adultos.

El enorme volumen de la obra cuenta con casi cien mil negativos que aún hoy –en disputa legal por los derechos– están bajo el minucioso estudio de Maloof y de los que aún surgen sorpresas impredecibles, como la que confirma que durante 1959 Maier viajó por varias ciudades del mundo realizando fotografías en las que se puede vislumbrar su inconfundible estilo.

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Maier se interesó también por el lado más sórdido de la vida en la ciudad con un estilo que recordaba a Diane Arbus.

Varios años después del descubrimiento de Maloof, aún surgen nuevas perspectivas en las siempre nuevas fotografías de Maier. La perspectiva del tiempo va configurando la personalidad de esta convencida feminista, creativa y solidaria, con aparente parecido  en forma y fondo con una urbanita y descarada Virginia Woolf y de una falta de complejos creativos que llama la atención.

La historia de Maier nos reconcilia con las historias, con el arte de contarlas y de escuchar. Misterios como el suyo envuelven a este arte en algo de lo que en literatura hablaba Borges, Pinchon o Beckett. Posibilidades, narraciones con posibilidades, con ventanas de nuestras propias casas abiertas hacia lugares aún no explorados. Así nos encontramos con almas livianas que no pueden evitar dejar  impregnados con su impronta los lugares por los que pasó, como hizo Maier, sin decir que estuvo allí.

(*) Tenemos evidencia de que Maier no solo tuvo –a lo largo de su vida– distintos modelos de Rolleiflex, de menos a más evolucionados, sino que también utilizó cámaras muy atípicas como las Robot, para formato de 24 x 24 mm sobre película de 35 mm, con avance motorizado a resorte.

 

       

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