Año 1957. En un autobús de Nueva York, una titubeante Diane Arbus  (1923-1971) dispara su cámara, sin atreverse a mirar por el visor, delante de una señora que de manera inquisitiva contempla con recelo los movimientos de la frágil mujer que se ha colocado enfrente de ella. No es la Diane Arbus que todos conocemos. Todavía quedaban diez años para que se celebrara la exposición New Documents, que la catapultó al Olimpo fotográfico, de la mano del Museo de Arte Contemporáneo de Nueva York, y su curador John Szarkowski.

Las manos que de forma vacilante cogían la cámara en ese autobús eran las de una mujer que estaba a punto de separarse de su marido, Allan Arbus, de la que había sido fiel y abnegada colaboradora –más como estilista que como fotógrafa– en su carrera como fotógrafo de moda, y que se encontraba en esa etapa de búsqueda personal y artística a la que de manera tan amarga y desgarradora se entregaría posteriormente. Era una mujer que quería tomar las riendas de su destino, y que escribía en una carta fechada en ese mismo año: «Siento la emoción de estar en el comienzo de algo«.

'Lady on a bus', Diane Arbus (New York, 1957)
‘Lady on a bus’, Diane Arbus (New York, 1957)

Y así era. En 1957 empezó a estudiar en la New School for Social Research de Nueva York, donde tuvo como maestra a la fotógrafa Lisette Model. Y, seguramente, ese famoso consejo de Model de «fotografiar con las tripas» estaba presente en esas primeras fotografías personales que realizó, como la que hoy contemplamos. Todavía no encontramos su formato cuadrado, ni esos encuadres certeros, ni el flash, ni los personajes freaks que tanto atrajeron a esa ‘niña rica’ hija de comerciantes judíos, para la que la vida había sido hasta ese momento pura fachada de personajes superficiales y falsos.

Un matrimonio fallido, unos padres ausentes, una madre depresiva, una presunta relación incestuosa con su hermano… indagar en las biografías que se han escrito sobre Diane Arbus es una manera de comprender, o al menos atisbar, toda la carga emocional del trabajo de la fotógrafa norteamericana. La manera en que Arbus vivió la vida a través de sus personajes, esos personajes de fábula, que para ella eran auténticos, fuertes y valientes. Enanos, gigantes o travestis, los ‘apestados’ de la sociedad. Ellos eran el mundo en donde la artista judía se sentía cómoda, el territorio al que quería pertenecer, y a los que de alguna manera envidiaba. Ella, que lo había tenido todo, y era un volcán de conflictos internos, inseguridades y miedos. Ellos, que no habían tenido nada, y cada día mostraban abiertamente sus traumas, sus deformidades o sus ‘desviaciones’.

Así comenzó una carrera de exploración, de autoconocimiento y también de autodestrucción, llevando al límite su labor como fotógrafa, traspasando la barrera de lo puramente artístico, mezclando su vida con sus obsesiones y sus personajes, y mostrando el lado grotesco de la condición humana. Extendiendo la anormalidad fuera de sus límites, apartando la supuesta belleza de sus imágenes, rompiendo los cánones, como ya hicieran otros previamente, pero que sólo Arbus fue capaz de transformar en un corpus cohesionado y equilibrado, dotando a cada imagen de un punctum, de un significado que iba más allá de lo formal y lo descriptivo. Conectando con claves cognitivas que se alimentan de nuestras propias ideas, convenciones y prejuicios, y partiendo de imágenes enraizadas en lo más profundo de la existencia de Diane Arbus. Una vida, la de la artista neoyorkina, demasiado corta, que terminó abruptamente con su suicidio en 1971.

Pero volvamos a la fotografía de partida. Una imagen que forma parte de esa etapa de aprendizaje de Arbus, que el año pasado fue recogida en una maravillosa exposición titulada Diane Arbus: In the Beginning, organizada por el Museo Metropolitano de Nueva York. Un periodo que va desde 1956 a 1962, donde se dedicó a asimilar de forma concienzuda esa nueva vía que le mostró Lisette Model en sus clases. Las principales herramientas que Model le proporcionó, no fueron formales o técnicas, fue la libertad de sentirse artista, de buscar, de ir más allá, de no quedarse en los límites de la objetividad. Y, en 1957, Arbus todavía estaba dando esos primeros pasos. En esta imagen hay una distancia que no existirá posteriormente. Todavía no había roto la barrera con el retratado, con esa implicación tan brutal que llegaría en la década de los sesenta. Se trata de una fotografía de calle que bien podía haber firmado alguno de sus compañeros de generación y de ciudad, como Garry Winogrand o Helen Levitt.

Pero sí podemos ver algo curioso. Contemplamos como su cámara se centra en un personaje concreto, que le ha llamado la atención, posiblemente por su forma de vestir, y con seguridad por alguna conexión que iba más allá de las apariencias. Y observamos, como un vaticinio, que ese formato alargado del 35 mm parece que no se ajusta bien a su foco de atención. Todavía no tenía la confianza para interactuar, y la instantánea no es tan narrativa en los extremos para necesitar esa superficie. Hasta 1962 no comenzaría a trabajar con la Rolleiflex y su formato cuadrado (1), pero si estudiamos ésta y otras imágenes de esos años, nos daremos cuenta que su sentido equilibrado y centrado de la composición encajaba más en un espacio simétrico y unidireccional. Arbus tenía claro cuál debía ser el protagonista de su instantánea, y el formato cuadrado le permitiría recalcar con precisión esa idea. De igual manera, cuando fuera avanzando en el descubrimiento del núcleo central de su creación, se daría cuenta que no necesitaba trabajar con un tipo de cámara que más tenía que ver con la inmediatez y la rapidez del momento, que con la intimidad y el sosiego que reclamaba su obra. E incluso la luz de esta fotografía, lateral y dramática, poco se ajusta a la frontalidad, recalcada con el uso del flash, que presidió su trabajo más emblemático. Al final, hay que analizar esta imagen como una pieza iniciática a encajar en ese complejo rompecabezas que fue Diane Arbus, siempre actual, y siempre un referente para todos.


(1) Sus primeros trabajos conocidos fueron mediante una Nikon F de 35 mm. Posteriormente, tras una breve temporada con una Rolleiflex –angular–, abrazaría definitivamente las Mamiya réflex binoculares (TLR) con óptica intercambiable –modelos C2 y C33–, que marcarían su estética fotográfica personal.

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