Susan Sontag escribió que todas las fotografías son un memento moriLa tradición crítica ha incidido siempre en lo que se ha llamado el “efecto tanático» de la fotografía, pero esta íntima relación entre imagen y muerte se remonta al nacimiento del retrato y a la idea misma de representación visual.

Régis Debray nos recuerda, en su estudio Vida y muerte de la imagen. Historia de la mirada en Occidente, la etimología de la palabra «imagen«. En la Antigua Roma, imago era el término que designaba la máscara de cera que reproducía el rostro de los difuntos. Un nacimiento por la muerte que convierte la imagen del retrato en una suerte de arte funerario.

© Marta James

Mucho se ha escrito sobre la posibilidad o imposibilidad del retrato. Es innegable que la fundamentación humanista de la representación humana se ha vuelto un anacronismo hoy en día, pero el debate o el soporte filosófico sobre el que se sustenta está lejos de ser resuelto.

Hay una incuestionable crisis en la representación visual que evidencia, por un lado, la crisis de la relación entre la imagen del cuerpo y la imagen de la persona, y por otro, los cambios sobre nuestro sistema de creencias en la propia imagen y sobre nuestra idea de lo humano.

© Marta James

La corriente actual de la post-fotografía se vincula a las nuevas ideas de lo post-humano y a sus teorías sobre la representación del cuerpo. Sin embargo, los seres humanos empezaron a elaborar imágenes de sí mismos mucho antes de idear cualquier sistema de escritura por lo que este problema está lejos de ser un problema nuevo. La imagen como cualquier creación cultural ha estado siempre en crisis, siempre bajo la tensión de los cambios de la sociedad y sus dogmas.

La contradicción entre esencia y apariencia es eterna. ¿Somos nuestro cuerpo o tenemos un cuerpo? Las fotografías muestran rostros y cuerpos humanos, pero significan personas. Las imágenes se ciñen a las características físicas pero el retrato parece siempre querer hablar del alma.

© Marta James

Marta James (Madrid, 1980) hace retratos cuadrados de una belleza redonda. Su fotografía, de clara factura clásica, nos habla de los pedazos en los que nos rompemos. Francis Scott Fitzgerald escribió que la vida es un proceso de demolición. Vivir desgasta. El cuerpo que nos cobija es, a la vez, nuestra estatua hierática y nuestro pecio. Somos los restos de nuestro naufragio.

El trabajo de esta fotógrafa es un ejemplo de la pervivencia de la representación de la figura humana y del rostro como metáfora de la existencia y la condición humana. Hay una tradición pictórica en Occidente que deriva de los iconos bizantinos y antes de los retratos de El Fayyum que en el libro El ojo y la sombra Pedro Azara define así:

“Imágenes pintadas de cara o busto, de frente, en las que los ojos son los protagonistas, y que, casi siempre, observan fijamente al espectador. Estos retratos individuales, semejantes a reflejos en un espejo, muestran a seres humanos, libres de artificios, que se miran y miran a cara limpia.”

Una tradición que fue heredada por la fotografía y por sus grandes retratistas: Arnold Newman, Irving Penn, Diane Arbus , Richard Avedon, Robert Mapplelthorpe, Peter Hujar o George Dureau.

Marta James trabajó durante cinco años en el laboratorio junto al reconocido Alberto García-Alix, un fotógrafo que podríamos vincular fácilmente a la escuela retratística anteriormente mencionada.

© Marta James

Cuando García-Alix recopiló sus escritos lo hizo bajo el título de Moriremos mirando y, consciente o inconscientemente, el epígrafe nos remite al mundo griego y a su visión de la vida. Vivir para un griego antiguo, no era, como lo es para nosotros respirar, sino ver. Morir era perder la vista. Nosotros decimos como Luís Buñuel en sus memorias «mi último suspiro», pero ellos decían «mi última mirada».

Los personajes retratados por Marta James, aunque no siempre miran al espectador, no apartan nunca su mirada, conscientes que llegará la muerte y les abrirá los ojos. Fiel a la tradición, sus retratos parten de fotogramas cuadrados y película negativa en blanco y negro y en el uso de una Hasselblad. Una cámara de formato medio llena de rabia y poco dada a la complacencia. Un aparato fotográfico muy despiadado.

La obra de la fotógrafa madrileña se puede contemplar en la página web la voz en ruinas y en una publicación reciente intitulada Portrait of a man. Retrato de un hombre. Léase aquí hombre en su sentido de ser humano. En el significado que puede leerse en la Biblia donde se habla de hombre varón y hombre mujer, sin confundir la parte por el todo.

El título de la recopilación de las fotografías de Marta James proviene de la canción homónima de Screamin’ Jay Hawkins. Atentos a su letra podemos escuchar:

“Estoy pintando al óleo, el retrato de un hombre, estoy usando todos los colores de la tristeza que tengo a mano”… ”puedo ver la muerte en sus ojos”… ”Estoy pintando al óleo, el retrato de un hombre y yo soy ese mismo hombre”.

Evidentemente, todo buen retrato habla más del retratista que del retratado y en este sentido debe leerse Portrait of a man de Marta James. Un conjunto de retratos que conforman el retrato de la propia autora. Todo retrato deviene así en autorretrato.

© Marta James

Como hemos apuntado, la fotógrafa recoge este sentido tradicional y recto del retrato pero no rehúye sus contradicciones y problemas. Su trabajo alberga, a un mismo tiempo, nitidez y niebla. Certeza y duda.

Sus retratos se acercan y alejan constantemente de la misma idea de retrato. En sus imágenes aparecen pulidos y serenos rostros junto a emborronadas caras sumidas en la sombra. Podemos ver la torsión de un cuerpo descabezado, una niña que se esconde y nos mira tras el velo de su alborotado cabello o la silueta oscura de un rostro de perfil.

© Marta James

Distintas fotografías con distintos tratamientos de la luz. A veces una luz suave y envolvente a veces una luz cruda y punzante como un cuchillo. Sus retratos parecen impugnar la idea de que la identidad individual reside en el rostro, pero tampoco la niegan del todo.

La cara es el espejo del alma decían los antiguos y estaban equivocados. El poeta David González es mucho más sabio cuando escribe: «la cara es el espejismo del alma».

El sentido atávico del retrato se basa en una aparente correspondencia entre rostro e individuo, entre semblante e identidad. La definición originaria de «retrato» implica la aparición de una persona particular que se reconoce por la semejanza y parecido con su rostro y que suele titularse con el nombre del retratado. El retrato convencional considera la presentación de único rostro para la representación de un único sujeto inmutable.

Todo retrato no deja de ser una ficción consensuada. Una narración sobre la identidad del yo. La auténtica personalidad que se quiere representar siempre estará en otra parte, nunca en la superficie de su rostro.

© Marta James

La máscara del uno. La fragmentación del yo contemporáneo y la disgregación del ser necesitaría más de una faz para dar cuenta de la compleja naturaleza del sujeto. No obstante, el retrato tiene relación con la verdad o con cierta posibilidad de verdad. Un retrato cuenta a partir de lo individual lo común de la naturaleza humana.

Hay verdad y belleza en las fotografías de Marta James. Hay compromiso y hay una profunda indagación sobre el individuo. Podemos encontrar una constante interrogación que se basa en la significación ética del retrato y en la búsqueda estética del rostro y de su máscara.

Cuando decimos máscara nos referimos de nuevo a la ficción del yo. No está de más recordar el origen etimológico de persona. El término procedente del latín se refiere a la máscara teatral utilizada por el personaje y está vinculada al verbo personare, ya que ésta también servía para proyectar la voz del actor. El concepto de persona expresa la singularidad de cada individuo de la especie humana pero cuando retratamos a una persona retratamos realmente a una de sus máscaras. Queremos fijar para siempre a un hombre y retratamos una sombra fugaz, a un yo inaprensible.

Decía Pedro Zarraluki que para aprender a escribir hay que aprender a hacer buenos retratos. Lo mismo podríamos decir de la fotografía. Los grandes fotógrafos operan como los buenos escritores y consiguen decir verdades a través de la mentira o de la ficción.

Marta James nos enfrenta al rostro de nuestra máscara, nos muestra un cruel espejo. Nos enfrenta al retrato de un hombre y en él comprobamos que nosotros somos ese mismo hombre.

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