Nadar entre caricaturas y muertos

Uno de los géneros artísticos más exitosos en la Europa del siglo XIX fue sin duda la caricatura. Aunque su origen es bastante remoto, la situación política e intelectual de aquel entonces regaló muchas escenas cómicas difícilmente desaprovechables por pintores y dibujantes.

El carácter humorístico y satírico de la caricatura parece restarle importancia a ojos de la crítica artística, pero sabiendo las consecuencias que algunos de estos retratos tuvieron en los malhumorados gobernantes es imposible no reconocer el honorable papel que la caricatura ha tenido en la historia del arte.
 
Revistas como El Fisgón o Gil Blas  tuvieron gran una difusión en la España decimonónica, de hecho las guerras carlistas tuvieron su reflejo humorístico, ya que los liberales leían “La flaca” y los carlistas “La Gorda”. Ambas publicaciones estaban plagadas de viñetas y en el caso de la revista carlista contaba con números especiales que salían cada seis meses con el sobrenombre de “La gordísima”.

En Francia por su parte triunfaba Le Silhoutte, Le Charivari o Caricature, esta última prohibida por ser antimonárquica.
Lo curioso es que pese a que en muchas ocasiones los dibujantes utilizaban pseudónimo en otras se sabe quién firmaba tales viñetas y en no pocas ocasiones surgieron artistas de la talla del grabador Gustave Doré o nuestro recordado Felix Nadar, aquel fotógrafo aeronauta.

Precisamente Nadar, llegó a la fotografía de la mano de la caricatura, y es que son tantos y tan curiosos los aspectos de su vida que era imposible limitar su paso por la historia de la fotografía con tan solo un artículo.

Para descubrir esta otra faceta nos tenemos que trasladar en el tiempo hasta el año 1848 y situarnos en la redacción de la revista Le Charivari dirigida por Charles Philipon y Gabriel Aubert, los  cuales después de haber tenido que pagar unas cuantas multas por sus sátiras políticas decidieron tomar otros rumbos menos arriesgados.

Para ello contaban con un joven de veintiocho años especializado en caricaturizar famosos, de este modo escritores, arquitectos, músicos y demás celebridades pasaron por las páginas de Le Charivari, haciendo famoso no solo a la revista si no también a su dibujante Gaspard-Félix Tournachon más conocido ya como Nadar.

Para hacernos una idea del infatigable trabajo del futuro fotógrafo baste recordar su gigantesca litografía llamada Pantheon Nadar donde 249 caricaturas daban cuenta de la flor y nata de la intelectualidad francesa.

Allí se dan cita Victor Hugo, Baudelaire e incluso Alejandro Dumas padre e hijo, en cuya animada charla parecen estar escenificando el chiste que se contaba entonces sobre la empresa de negros literarios que Dumas padre tenía para la incesante publicación de sus novelas. El chiste en cuestión es un encuentro entre padre e hijo en el que el autor del Conde de Monte Cristo preguntaba a su hijo si había leído su última novela, y éste con cierto socaire respondía “yo no, ¿y tu?”.

Nadar auto-caricaturizado junto con otros intelectuales parisinos, entre ellos destacan Alejandro Dumas padre e hijo en el centro de la imagen.

Lo fundamental de estas caricaturas independientemente de la chanza que conllevan es que fue precisamente por ellas por lo que Nadar se hizo fotógrafo.  En 1853 cuando la fotografía se estaba democratizando, su hermano pequeño Adrien (fotógrafo pionero) le sugirió que todo sería más sencillo si hiciese las caricaturas basándose en fotografías. Una idea que el inquieto Nadar no dejó escapar. De esta forma retrató a infinidad de personajes que luego han sido claves para la historia, desde el anarquista Mijail Bakunin hasta el poeta Théophile Gautier pasando por Honoré Balzac.

Bakunin captado por Nadar.

De hecho estas fotos que él utiliza para las caricaturas luego fueron empleadas por pintores como Manet, síntoma inequívoco de la calidad artística que tenían. Y es que sin apenas darse cuenta el hecho de quitar todos los objetos de atrezo, no colorear las fotografías y huir de toda una serie de medidas que imponían las modas, hizo que buscando imágenes que fuesen luego más fácilmente trasladables a la caricatura, terminase encontrando un estilo genial.

Un estilo artístico que no le impidió respetar otros e incluso encumbrarlos pues recordemos que una vez que estuvo consagrado como fotógrafo prestó su estudio para que aquellos pintores incomprendidos como eran los impresionistas, tuviesen un lugar donde hacer su primera exposición.

El famoso estudio de Nadar era visible desde la lejanía gracias a su rótulo iluminado con gas.

Además del valor artístico de sus imágenes, recordemos que su pretensión última era captar la esencia y personalidad de cada retratado con lo cual la carga psicológica que se desprende de estas imágenes es igualmente incalculable.

Y es que en sí misma la personalidad de Nadar era arrolladora, participó en la guerra franco prusiana, fue cautivo, espía, escritor, también tuvo sus momentos lamentables como cuando discutió con su hermano por el pseudónimo Nadar, lo que obligó a Adrien a firmar como Nadar el Joven, e incluso episodios tenebrosos como las primeras fotografías de las catacumbas de Paris donde hubo de exprimir al máximo su ingenio para con luz artificial y maniquíes poder obtener buenas fotografías.

El flash de magnesio y otros artilugios tienen fácil explicación pero lo de los maniquíes conviene explicar que dado que había poca luz, cualquier movimiento de una figura emborronaba la foto, con lo cual recurrió a maniquíes que colocados en los lúgubres subterráneos daban escala a la escena haciéndola si cabe más inquietante.

No queda por menos que recomendar la autobiografía de Nadar titulada “Cuando yo era fotógrafo” tan repleta de peripecias que le hace a uno dudar sobre si es realmente una autobiografía o toda una novela.

Las tétricas imágenes de las catacumbas de Paris no estaban exentas de cierta teatralidad morbosa.

       

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