Con motivo de la concesión del premio Príncipe de Asturias de las Artes en 2013, Annie Leivobitz respondía a la pregunta de cómo se hace una foto excepcional –cuestión sin respuesta posible, por cierto– reconociendo no saberlo. Sobra decir que yo tampoco. Al responder confesó que una de sus mejores fotos, su favorita, es un retrato de su madre. Y lo era “porque no hay barrera en esa imagen. Es como si no hubiera cámara (…) Pero eso no se puede hacer siempre. Es difícil llegar a ese nivel, a ese poder; es raro” (El País, 25 de octubre de 2013). Resulta que una de sus mejores fotos es precisamente de una persona con la que tiene un vínculo muy especial: su madre.

La prestigiosa fotógrafa estadounidense nos dice implícitamente que las mejores fotos se logran cuando eres capaz de establecer una cierta conexión emocional con aquello que fotografías. De alguna manera, señala que no podemos crear algo extraordinario si el motivo elegido no nos atrae en absoluto. ¿Acaso seríamos capaces de hacer una fotografía excepcional de algo que nos dejase indiferentes? Habrá quienes piensen que quizá; yo creo que ni hablar.

Hacer fotos es relacionarse, de una manera u otra, con aquello que captamos, hacerlo nuestro –aunque sea por un instante–, amarlo u odiarlo, verlo de manera que se haga visible no solo a nuestra mirada sino a nuestro ánimo. No es casualidad que una de las grandes funciones de cualquier obra de arte sea provocar algo en nuestra experiencia, es decir, afectarnos. Y esta afectación tiene mucho que ver con el hecho de que las personas no somos únicamente seres que razonan; somos ante todo un universo de emociones. Tal y como afirmaba la premio Nobel de literatura Nadine Gordimer, “el acto creativo jamás es puro”. Ni puro ni neutro, pues cualquier acto creador surge de una idea previa –o varias– y cada idea lleva asociada un sentimiento –o varios–.

El investigador António Damásio ha dedicado buena parte de su vida a estudiar las emociones y su importancia en el comportamiento humano y en la construcción de eso que llamamos consciencia. Las emociones, según este neurólogo portugués, son en realidad conjuntos de respuestas químicas y neuronales que conforman patrones singulares de comportamiento. Damasio ha acuñado el término “marcador somático” para referirse a esa huella emocional que todos tenemos y que pone en marcha cierto tipo de decisiones que nos hace reaccionar de una determinada manera u otra. Los sentimientos provocan cambios fisiológicos en el organismo que catalogan de buenos, malos o neutrales los resultados de una acción, condicionando, de forma mayormente inconsciente, nuestra decisión final. Detrás de cada decisión existe una emoción, así que la cámara más que por ideas, está guiada por las sensaciones que nos provoca lo que hay a nuestro alrededor.

António Damásio en Porto Alegre, Brasil, en 2013, © Wikipedia
António Damásio en Porto Alegre, Brasil, en 2013, © Wikipedia

Esta dinámica interna hace que la fotografía sea un asunto mucho más emotivo que mecánico. Lo que hacemos en una situación concreta depende no solo de las características objetivas de dicha situación, sino de lo que aportamos desde nuestras necesidades, nuestros sentimientos y las experiencias vividas. La personalidad, los modelos de referencia o las expectativas que proyectamos sobre cualquier hallazgo afectan profundamente a la reacción que tenemos ante cualquier estímulo. Digamos que sin entusiasmo es difícil realizar una obra íntima y mínimamente imaginativa. La pasión es la que nos hace seguir experimentando, sobreponernos a los errores y profundizar en aquello que tenemos entre manos.

No hay que ser un lince para comprobar que el placer promueve la creatividad mientras el aburrimiento fomenta el abandono. La fotografía debe ser ante todo una experiencia lo más plena posible; una vivencia que nos aporte mucho más gozo que desánimo. Así pues, el que una imagen pueda convertirse en una fotografía menos tópica que refleje nuestra propia individualidad depende mucho del vínculo emocional existente entre el motivo y el creador. En definitiva, del aliento que seamos capaces de insuflar a lo creado.

Ya nadie discute que las fotografías que hacemos expresan una visión particular del entorno y son, por tanto, proyecciones de nuestra naturaleza íntima. El arte siempre va a reflejar poco o mucho de ese peculiar mundo interior, y es por ello que en el acto de creación son tan decisivas tanto la parte consciente como la instintiva. El que en muchas ocasiones no nos demos cuenta de la trascendencia de la dimensión inconsciente, no significa que tenga menos peso a la hora de crear nuestra obra. Muy al contrario; cada imagen realizada expulsa al exterior una pequeña o gran fracción de ese a veces insondable cosmos interno, y es lo que hace que no todos hagamos las mismas fotos.

Pero para plasmar dicho universo a través de imágenes necesitamos un elemento motivador que despierte nuestro interés y genere la necesidad de crear. Es aquí donde radica la importancia del armazón afectivo, pues las emociones constituyen, ya lo sabemos, un proceso activador de la conducta –que no el único–, y forman parte del equipo básico con el que nacemos.

Resulta entonces que si para cualquiera es importante tener en cuenta las emociones, para un fotógrafo se tornan vitales en tanto que de ellas dependerá cómo va a percibir la realidad que le rodea y aquello que finalmente captará con la cámara. Cada recuerdo y cada mirada poseen sus propias sensaciones, así que conocerlas bien es una de las mejores cosas que puede hacer un autor. Ese conocimiento nos puede permitir entender la continuidad que existe entre el acto fotográfico y nuestra actitud mental y, al mismo tiempo, hacer “visible” la conexión existente entre nuestros gustos y afinidades y las temáticas que decidimos fotografiar.

Lo de utilizar una cámara de fotos no es más que un asunto instrumental. Un medio para hacer realidad el anhelo de plasmar sobre un soporte físico una emoción, un sentimiento, una experiencia. La cabeza guía la herramienta, pero es el sustrato emotivo el que condiciona al cerebro. Por eso es bueno saber que la obra creada contiene una parte más o menos visible de nuestras querencias e, implícitamente, de nuestros rencores. Hacer fotos sin algo de apego, creo yo, no es fotografiar, es simplemente darle al botón. Tres años antes de morir, el padre de V. S. Naipaul le escribió a su hijo: “¿A qué crees que se reduce la literatura? A escribir con las tripas, no con la cabeza”. Algo así, me parece a mí, debería ser la fotografía, una actividad que brote de las entrañas, es decir, de nuestra alma.

Ya se ha demostrado que los procesos cognitivos dependen en gran medida de los estados emocionales, y que la creatividad está directamente vinculada a la interacción entre razón y sentimiento. Y aunque pueda parecer paradójico, los afectos también abren el intelecto. Es más, incluso sabiendo del componente descriptivo inherente a la captación de imágenes, las investigaciones nos señalan que eso que se ha dado en llamar “mirada fotográfica” nunca es independiente de la personalidad del sujeto que mira.

Intentemos pues lograr, para nosotros fotógrafos y para los estudiantes, una experiencia creadora que sea “pensada”, pero también “sentida”.

4 Comentarios

  1. Fotógrafo y artista son dos cosas distintas. Nunca excluyentes y a veces complementarias, pero distintas. Y no creo que sean «categorías», por debajo los fotógrafos y por encima los artistas. De hecho, he visto más talento en las fotos de comida en la carta de VIPS que en ARCO.

    Supongo que todos los que leemos por aquí alguna vez nos hemos emocionado con una foto o bien nos ha hecho pensar, y es una experiencia muy gratificante. Pero también hay magníficas fotos que no pretenden «plasmar sobre un soporte físico una emoción, un sentimiento, una experiencia».

  2. Hola. Antes de nada, gracias por tu comentario. Creo que a estas alturas separar artista y fotógrafo sería como retroceder en el tiempo más de medio siglo. Cierto que habrá trabajos fotográficos, muchos, que seguramente no sean obras de arte, pero también que hay trabajos artísticos que mejor ponerlos en la categoría del bricolaje, el pensamiento conceptual o la técnica pictórica. Tampoco dudo de que hayas visto más talento en las fotos de comida de VIPS que en ARCO, pero entonces quizá la pregunta sería si la única propiedad que define el arte es el talento. Y por cierto, ¿el talento para qué? ¿Para hacer fotos chulas? ¿Para crear imágenes sugerentes? ¿Para unir concepto y obra visual? ¿Para emocionar, transmitir, demostrar?

    De acuerdo también es que habrá fotos que no pretendan plasmar una emoción, un sentimiento o una experiencia. Quizá se me olvidó añadir también “una idea”, pero el caso es que yo parto de la base de que cuando enseñamos lo que hacemos en el fondo deseamos comunicarnos con los demás (si no fuese así, pienso yo, lo guardaríamos en el cajón y ya está) y al comunicarnos nos estamos expresando, mejor o peor, a través de nuestra obra. Y creo que el ser humano siempre ha querido comunicarse con los demás y siempre ha necesitado expresarse. Y también creo que en ese proceso bidireccional entran en juego irremediablemente las emociones, los sentimientos y las experiencias vividas. Y también, que no se me olvide, las ideas. Pero como digo siempre, esto e slo que pienso y podría estar totalmente equivocado.

    Un saludo.

    Fernando Puche

  3. Gracias por tu respuesta, procuraré ser breve (y no lo conseguiré).

    La verdad es que el ejemplo de una carta de comida respalda más lo que dices tú que lo que intentaba explicar yo. Efectivamente, requiere talento para «crear imágenes sugerentes», como bien dices. Se trata de que la comida parezca apetecible porque de eso depende el negocio del restaurante. Hay que decir, no obstante, que el mérito es también del estilista que presenta y maquilla la comida, si no es el propio fotógrafo.

    Pongo otro ejemplo para ver si me explico mejor: las fotos de cámaras y objetivos hechas para los artículos de esta página. Son puramente informativas, sirven para que veamos el producto, no es fotografía publicitaria. Pero me parece que están muy bien hechas (sobre todo comparadas con lo que se ve por ahí). Por ejemplo, es fácil apreciar cosas como la textura de los materiales, pero sin caer en el tenebrismo.

    No acabo de entender por qué esa distinción entre arte y oficio es cosa del pasado. He trabajado muy a gusto con fotógrafos artistas, capaces de sorprendente en cada sesión. Y también con otros sin esa faceta creativa pero que hacían fotos técnicamente impecables, adecuadas al propósito del trabajo.

  4. Hola. Acepto el ejemplo. Cierto, mejor que el anterior. Quizá la distinción entre artista y artesano intentó liquidarse demasiado pronto, también porque la artesanía dejó de tener el “aura” que tuvo en tiempos pasados.

    Paralelamente, la palabra artista cogió tal fuerza que eso de ser artista empezó a significar pertenecer al club de los elegidos. En fin, los egos han existido siempre.

    Puede que se hayan disparado demasiado lejos. Las distinciones, al final, son etiquetas que ponemos a las cosas, a las experiencias y a las personas. Habrá fotógrafos artistas, nadie lo duda, y fotógrafos artesanos, como pasa con pintores, grabadores, escultores, bailarinas, cantantes, músicos…

    También podríamos evitarnos tantas etiquetas y decir que hay fotógrafos excepcionales, buenos y menos buenos. Para que nadie se ofenda. Es solo una cuestión de ahorro gramatical. Una tontería en el fondo.

    Un saludo y gracias.

    Fernando Puche

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