Al principio fue la imitación. Y no lo digo yo ni las escrituras sagradas; lo dicen los entendidos.

Aunque pueda parecer que una obra surge de la nada puesto que antes de su creación no existía, cualquier trabajo artístico depende de la biografía de su creador y hace referencia, consciente o inconscientemente, a otras creaciones propias o ajenas. Del vacío solo puede crecer el vacío. Pintar un cuadro, tomar una foto, modelar un trozo de barro o componer una canción significa elaborar algo que antes no existía a partir de experiencias, recuerdos, sensaciones o realidades que ya existían.

Los mitos perviven en la memoria colectiva y sobrevuelan todas y cada una de las escuelas habidas y por haber. La historia de la fotografía –y del arte– recorre cada aula, cada revisión de porfolios y cada sala de exposiciones. Esos mitos con nombres y apellidos son parte de nuestro inconsciente colectivo y su sombra se proyecta en cada enseñanza y con cada conferencia. Crear es llamar constantemente al timbre de ese imaginario social; así que hacer fotos es como ir abriendo puertas que el tiempo se encarga de abrir o cerrar según el carácter, nuestra insistencia y las ganas de trascender. Cada imagen supone la esperanza de lograr una obra bien hecha, atractiva, acorde con lo esperado y de la que podamos sentirnos orgullosos. No es sino el deseo de que se abran los accesos a ese paraíso constituido por todas las fotografías que nos gustaría realizar. Por eso nos pasamos buena parte de nuestra existencia golpeando las cancelas de esa tierra prometida: la de las fotos soñadas y los ídolos admirados.

En su libro Educar la visión artística, Elliot W. Eisner nos dice que ver es adquirir sentido visual a través de la experiencia. Es verdad que a fotografiar se aprende fotografiando, aunque nos repiten una y otra vez que debemos intentar adquirir una visión más profunda. Pero mientras llega ese momento de emancipación hay que buscar referencias en los más expertos, copiar a los mejores, seguir el ejemplo de quienes van por delante. Los fotógrafos, como el ser humano en general, somos seres miméticos, así que tendemos a reproducir mucho de lo que ya hemos visto, y es que todo original tiene algo de copia. Buscamos modelos y cada vez que encontramos uno que nos satisface lo hacemos nuestro porque necesitamos una guía, un mapa que nos permita dirigir nuestros pasos hacia algún sitio concreto y porque cada ejemplo supone una promesa de avance. Fotografiar también implica perseguir a aquellos que nos precedieron; a quienes pavimentaron los caminos por los que vamos y venimos.

Las fotos que hacemos nacen a partir de nuestra vida, la cual almacenamos en forma de recuerdos. Percibimos, pensamos y nos emocionamos desde y gracias a la memoria. Esto es así porque el futuro se constituye siempre desde el pasado, pues todas nuestras acciones tienen una historia detrás, una memoria. Los estudiosos del cerebro han descubierto que toda acción planeada para el futuro necesita el recuerdo de acciones realizadas con anterioridad. Además, todas las experiencias y aprendizajes que protagonizamos moldean el cerebro, de manera que las creaciones fotográficas que realizamos se forjan cuando los recuerdos pasados se unen al presente, a nuestras vidas actuales. La imaginación, según palabras del novelista Lobo Antunes, no es más que la memoria fermentada.

António Lobo Antunes en el Salón del libro de París en 2010, © Wikipedia
António Lobo Antunes en el Salón del libro de París en 2010 © Wikipedia

Tenemos entonces que los grandes fotógrafos de la historia nos muestran un camino, el suyo, que vislumbraron antes que nosotros y por eso mismo nos abren los ojos a un universo nuevo y seductor. A menudo nos enseñan mucho de lo que deseamos hacer y no sabemos cómo. Su obra es una vía de aprendizaje, progreso y fortalecimiento. El espejo donde nos miramos, la brújula que orienta muchas de nuestras decisiones como creadores de imágenes. Su sombra, alargada y protectora, guía nuestros pasos porque uno los mitos tienen una misión irreemplazable en nuestra formación y desarrollo: conducirnos hacia nuestro propio enriquecimiento y realización personal. Se podría decir que más que inventar, nos reinventamos constantemente.

Sin embargo, este comportamiento imitativo –natural en todo ser humano– ha de tener en cuenta los peligros que a la larga conlleva cierta cerrazón alrededor de un mismo modelo formal, técnico o conceptual. Y es que a veces ansiamos con tanto ahínco imitar a nuestros héroes, que nos olvidamos de ser nosotros mismos. Uno madura precisamente cuándo acepta que debe beber de sus maestros hasta entender que hay momentos para llenarse y otros para vaciarse. Evoluciona a partir del instante en que es capaz de saber cuándo hay que aumentar la carga y cuándo soltar lastre; cuándo hay que reaccionar y cuándo detenerse a discurrir. Averiguarlo no es sencillo, pero solo se puede salir de las rutas trilladas siendo conscientes de los tópicos que nos atan a ellas. Ahora bien, hay que estar dispuestos a reconocer las piedras del camino.

Y con toda esa carga visual almacenada en la mente, la relación del fotógrafo con la realidad termina siendo tremendamente simbólica en la medida en que basa gran parte de su trabajo con ella en las imágenes de los demás. Así pues, lo peor que nos puede pasar es que este archivo se vuelva invisible. Que las propias imágenes con que lo alimentamos se vuelvan, a su vez, invisibles. Que utilicemos la memoria para almacenar obras que ya no volvamos a examinar. Que las veamos como meros trofeos de caza y no como potenciales reveladores de los caminos recorridos, las miradas prestadas y los patrones repetidos. Es lo peor porque así no hay manera de aprender de ellas, de que nos susurren al oído sus secretos. Nuestras imágenes conocen todo lo que necesitamos saber acerca de nuestra evolución como fotógrafos. Olvidarnos de ellas es como volvernos ciegos porque la creatividad individual siempre se erige sobre el trabajo, las ideas y los logros de otras personas. Sobre los caminos, las miradas y los patrones de aquellos a quienes “perseguimos”.

Por eso es vital reconocer la importancia de quienes llegaron antes, porque solo así podremos comprender nuestro lugar en la historia. El inventor, además de ampliar los límites habituales de lo considerado como convencional, crea una nueva obra mediante la reestructuración de lo conocido. Esta idea está mucho mejor reconocida y estudiada en la música y la literatura, donde se asume de manera mucho más natural las influencias, los plagios y las copias. El escritor y cronista argentino Martín Caparrós, por ejemplo, nos dice (Lacrónica, Círculo de tiza, Madrid, 2015, pág. 20): “El lector avisado puede comprobar que en el principio de este primer texto (…) hay más que un eco de las Ciudades Invisibles del maestro Calvino. Sigue siendo, tantos años después, un libro que admiro; no recuerdo, tantos años después, si lo retomé con deliberación o se me impuso. Pero, en cualquiera de sus formas, la copia es, insisto, la única manera de empezar.”

Completemos ahora la afirmación que abre este artículo con una frase del novelista John Gardner (El arte de la ficción, Ediciones Fuentetaja, Madrid, 2001): “Los seres humanos, como los chimpancés, pueden hacer muy pocas cosas sin modelo”. Definitivamente la imitación forma parte de cualquier proceso creador.

Reconocer que todos copiamos es un primer paso para entender nuestro propio desarrollo creativo y poder averiguar de dónde proceden nuestras queridas fotos y nuestras maravillosas ideas.

4 Comentarios

  1. Magnífica reflexión Fernando y totalmente de acuerdo. Desde numerosas instancias se fomenta la “originalidad” como si fuese la panacea para cualquier artista que se precie. Este concepto es algo parecido al antiguo de las Musas que tienen que venir a visitarnos y susurrarnos al oído lo que tenemos que hacer en forma de inspiración divina. Nada más alejado de la realidad, al menos desde mi punto de vista.

    Yo también creo que la inspiración, por llamarlo de alguna manera, tiene que venir del conocimiento y por qué no, de la imitación. Este último aspecto está muy denostado en estos tiempos pero no debemos de dejar de observar otras actividades artísticas como la música y la literatura que, como bien dices, pueden servirnos de guía para empezar

    ¿Cómo se puede decir que partamos de cero? ¿Cómo podemos decir que nuestros trabajos no tienen ninguna influencia de otros? Sería de necios pensar esto. Yo siempre invito a mis estudiantes a que busquen a un autor o autora que les guste especialmente que les haga vibrar y que trabajen a partir de ellos.

    No pasa nada porque se puedan parecer; el objetivo es encontrar un camino a partir del cual desarrollar un trabajo, camino que ya abrió otro con sus propias influencias. A partir de ahí nuestras influencias, nuestra mochila de experiencias como les digo, tienen que empezar a construir su propio trabajo.
    A partir de ahí podremos hablar de originalidad y no de un supuesto vacío del que, como también dices, no puede salir nada.

  2. Hola Luis,

    Muchas gracias por tu comentario. Más aun viniendo de un profesor de fotografía universitario.

    Puede que sea porque la fotografía nació mucho más tarde, pero es cierto que ese debate de la imitación se ha esquivado un poco dentro del ámbito educativo, cuando en la pintura o la música, sin ir más lejos, es algo de lo más habitual. Los pintores crecen imitando y los músicos aprenden a base de repetir las piezas, los acordes y las melodías de sus artistas favoritos.

    Por eso es importante que los estudiantes entiendan que su propio proceso creativo comienza ahí: imitando. Y no pasa nada. Ningún grupo se ofende porque alguien diga que suenan como los Rolling Stones. Al revés, es un cumplido.

    Ya llegará el momento de tener un lenguaje propio, de liberarse de ciertas ataduras, de volar solos. O no; quién sabe. Totalmente de acuerdo en que decirle a alguien que parte de cero que ha de ser original es un disparate. Será original o no, y mientras tanto habrá de imitar, copiarse a sí mismo y copiar a los demás. Todos, repito todos, lo hemos hecho.

    Un saludo Luis.

    Fernando Puche.

  3. Antes, copiar era una buena forma de aprender: te gustaba una foto, tratabas de hacer algo parecido y no te salía: había que investigar y probar para saber por qué. Desde que la edición digital es parte del proceso, ya no es tan fácil aprender de esa manera.

    Pero vamos, estoy completamente de acuerdo con lo que expone el artículo y con los comentarios. Con la premisa de que distinto significa mejor, se ven auténticas barbaridades. El extremo opuesto son las técnicas que se ponen de moda y las repiten hasta la nausea, quizá pasa más en vídeo que en foto.

    Me ha gustado la referencia a Calvino, un señor que hacía fotos con palabras.

  4. Hola.

    Bueno, yo creo que incluso con la edición digital uno ha de levantar sobre su obra a partir de lo que le gusta, y eso incluye casi siempre a los autores que admiramos.

    Diría que incluso podemos copiar sus técnicas de edición digital (se pongan de moda o no). Pero es verdad que distinto no necesariamente es mejor. Y aun siendo distinto, siempre ha de partir de algún sitio.

    Un saludo y gracias por el comentario.

    Fernando Puche

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